







Un maestro, una maestra, deben ser fotones de humildad, paciencia y confianza. En caso contrario, deben aprender a cultivar árboles que resguarden a los caminantes.

Nadie disfruta ni celebra las consecuencias del ansia y la prisa. Actúan como los virus o las bacterias. Trabajan en equipo, como si atendieran criterios de productividad y excelencia.

La invitación que nos legó el papa Francisco es una puerta a la buena vida. Es el desafío impostergable para recuperar amoroso sentido de la realidad, hoy tan caro en los lugares donde se aprende a ser más persona: la escuela y la universidad. Esas dos continuaciones del hogar.

La sencillez la convertimos en madeja, maraña, dificultad forzada. Vivimos a la espera de grandes acontecimientos, pero sólo nos llegan los pequeños. Despreciamos el jardín, porque deseamos un bosque, una montaña.

Es ardua, difícil y compleja la tarea que tenemos los educadores y las educadoras. Mucho de lo que nos dijeron y aprendimos en las escuelas de Educación de las universidades debemos olvidarlo o actualizarlo.

Hubo un receso, una pausa, que coincidió con lo que llaman el recreo. Salimos al patio. No había juegos, risas, travesuras, intercambios de miradas; sólo celulares y ruidos de teclas y notificaciones.

No nos estafaron, nos estafamos. Ojalá aprendamos a renunciar a los verdugos. Esa tautología que nos llena de contradicciones y bajezas. Vamos siendo lo que vamos haciendo.

Zabaleta nos invitaba a ser descendientes del humus, seres de tierra y arraigo, apegados al suelo. Es decir, aprender a ser animales hablantes de respeto, cuidado y vigilia del otro.

Debemos volver a reconocernos como personas que nos hacemos a medida que nos declaramos necesitados de los demás. Porque nadie es sin los demás.

La escuela es un pacto, legal y legítimo, entre los ciudadanos. La escuela debe imponer la autoridad, los hábitos, valores y virtudes de toda cultura democrática. Suena pedante, pero educarse es aceptación y renuncia.