







Para la legislación venezolana, los derechos de los niños, niñas y adolescentes, son prioridad absoluta, requieren atención especial, que no se repitan casos como los que ocurrieron en el deslave de Vargas, niños y niñas que fueron secuestrados.

Antes que producir el desalojo de las instalaciones militares cuya inutilidad es evidente y que resultan suficientes para paliar a los damnificados y atender a los heridos, optan por la ocupación mediante la fuerza de los terrenos y establecimiento privados, los muy pocos que restan sobre la geografía.

El país que caminaba a trompicones hacia fases establecidas por el Departamento de Estado de Estados Unidos, con el dramático cuadro que ilustran los hechos de la tragedia se fue de bruces y entramos en una espiral de peligrosas amenazas.

La mentira es lo que sostiene a este régimen incapaz e incompetente. Insensible e inhumano, que desprecia y odia a los venezolanos. Cuya desidia e indolencia es cada vez más grande, mientras la corrupción le ha robado la salud, la educación, la seguridad, la paz y el bienestar a quienes se niegan a renunciar a su país.

Hoy, cuando resurgen las alertas sobre el riesgo de trata y desaparición de menores, la historia de Vargas deja de ser un recuerdo para convertirse en una advertencia.

Ojalá que esta sacudida nos ayude a unirnos como hermanos que somos. Ojos abiertos para ver los dramas, y también para valorar la generosidad de los venezolanos.

La Venezuela que es nación y existe, ante la desaparición de su república, eleva su oración por nuestras pérdidas y se redescubre. Nos redescubrimos, todos, vinculados a los demás, en la fraternidad que ahoga enconos y hace entender que “nadie se salva solo”.

El control del territorio venezolano que es un panorama tenebroso de asiento de la criminalidad, es más profundo y delicado de lo que se observa públicamente; los entramados son amplios y tocan significativamente el tejido económico y social de las ciudades y regiones.

Veintisiete años de destrucción institucional no producen únicamente pobreza o emigración. También producen esto: un país donde un terremoto no solo derrumba edificios, sino que deja al descubierto los escombros de un Estado que hace mucho tiempo dejó de cumplir su función esencial: proteger a sus ciudadanos.

Este periódico sigue siendo un faro de luz en medio de la oscuridad. Impuesta por quienes se adueñaron del país, con una narrativa que no admite la pluralidad de las ideas, algo que es inherente a la libertad de expresión y de pensamiento, soporte esencial de la democracia.