martes, 16 julio 2024
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Si echar una cana al aire fuera un crimen…

Ni porque el par de enamorados sean negros, ni porque una cana al aire sea un delito grave. Es que, siempre, desde que el mundo es mundo, los platos rotos los han pagado ¡los pendejos!

La fiscal jefe del condado de Fulton, Georgia, EE UU, se encuentra en la picota por el supuesto amorío con uno de sus asistentes.

Fani Willis, que así se llama la muy honorable matrona, es la implacable representante de la vindicta pública en el proceso criminal que se le sigue en una corte de esa localidad al expresidente Donald J. Trump y a 18 de sus conmilitones políticos, por tratar de revertir las elecciones presidenciales celebradas en noviembre de 2020.

En los comienzos de lo que ya es un gran escándalo por ese supuesto noviazgo, la señora Willis, se guareció tras el consabido, “¡No coments, no coments!”. Hasta que días atrás, apenas, asediada por las jaurías de los medios de comunicación, respondió con algunos venablos que iban de soslayo, contra su rubicundo acusado:

– (Traducción literal del inglés de la referida réplica de la señora Willis): “Me cuestionan a mí y al señor Wade -su presunto galán- porque somos negros”.

– (Paratraducción o traducción libre del suscrito articulista): “Si echar una canita al aire fuera un crimen, medio Estados Unidos estaría en la cárcel”.

Expresó, alguna vez, el maestro Francesco Carrara: “Cuando la política se entromete en los tribunales, la justicia huye despavorida por uno de los ventanales del Templo de la Diosa Temis”. Lo que no aclaró, el egregio profesor de la Universidad de Pisa, es lo que ocurre si la intrusión es en el sentido inverso. Quiere decir, cuando en lugar de la discusión civilizada, del respeto al diferente, del acatamiento a la voluntad popular expresada en elecciones pulquérrimas, se judicializa la política y con los subsecuentes, radicalismo y polarización. Pero antes de seguir me tomo la libertad de resumir una fábula de F. M. Samaniego que puede ayudar a manejar el tema:

Los animales para liberarse de la peste que diezmaba la población de la selva decidieron en una plenaria de emergencia que uno a uno confesara públicamente sus pecados, pidiera perdón a Dios y de inmediato cumpliera la correspondiente penitencia.

Admitió el Rey León haber devorado corderos, vacas, terneros; le siguieron en estricto orden la zorra, el tigre, el oso, la onza, el cocodrilo, el zamuro, quienes asumieron sus responsabilidades individuales por atrocidades aún peores. Sin embargo, nada censurable encontraron en todo aquello los asambleístas, lo que animó al manso, modesto, al más laborioso de aquellos brutos -lo último que quisiera es que nadie, en particular, se dé por aludido (a)- a versificar, muy compungido: “Me acuso que al pasar por un trigo este verano/ yo, hambriento y él, lozano/ sin guarda ni testigo/ caí en la tentación: comí del trigo”.

El martes pasado el señor Trump arrasó en las primarias de su partido celebradas en el estado de New Hampshire. Las investigaciones en su contra han marchado a paso de morrocoy. Además, a sus simpatizantes les ha importado un rábano que a los 13 cargos criminales que le ha formulado la señora Willis, se agreguen 78 cargos adicionales, tan o más graves, repartidos en varios juzgados de EE UU.

Por el contrario, las acusaciones contra la señora Wallis han avanzado a la velocidad del rayo, mientras todo apunta a que la dama será removida de la respectiva Barra de Abogados, perderá su empleo y quizás irá a parar a la cárcel al igual que su galán, por algo leve comparado con las felonías atribuidas a quien en este momento luce embalado a la Presidencia de su país.

“¡Del trigo! ¿Y un jumento? ¡Horrible atrevimiento!”, acusó la hiena. Los cortesanos clamaron: “Este, éste/ irrita al cielo que nos da la peste”/ Pronuncia el rey de muerte la sentencia/ y “ejecútala, el lobo, en su presencia”.

Ni porque el par de enamorados sean negros, ni porque una cana al aire sea un delito grave. Es que, siempre, desde que el mundo es mundo, los platos rotos los han pagado ¡los pendejos!