sábado, 28 de mayo de 2022

Las preguntas que cuentan

La frustración que hay con la iglesia proviene de la parquedad de sus análisis y sus respuestas. Si se guiaran por la historia de los apóstoles, intentarían escuchar a varios tipos de mujeres, y se darían cuenta que todo está conectado.

@RinconesRosix

Hace varios años una amiga comentó que los hombres tendían a pelear y hasta caerse a golpes en los funerales. “Les cuesta hablar de sus emociones y cuando lo hacen se llenan de rabia”, dijo.

En días recientes estuve leyendo sobre el odio que ha venido hilvanando fascismos, actos terroristas, desconocimiento y saboteo de prácticas democráticas, y pensé: “El mundo se parece a ese funeral”.

Ya no es sólo asunto de hombres, claro. La hemorragia se ha extendido y todavía no se entiende del todo. De este desmadre se han inculpado a los medios, porque les han dado una velocidad exponencial a los comentarios incendiarios. En esa lista de verdugos de la paz y la democracia siguen todos los otros sospechosos habituales: las injusticias, el desempleo, y los enemigos de rigor.

El mundo cambia vertiginosamente y la gente ha visto sus derechos palidecer y encogerse. Aquí, como en otros países, la gente se ha organizado para avanzar en sus luchas y se han encontrado con los mayores obstáculos. Sea corrupción o intereses transnacionales, las causas de los conflictos siguen siendo las mismas del ayer. No obstante, es a una generación particular a quien le toca mirarlas y resolver sus vidas.

Es el turno de una generación el decidir el juego de cartas, las piezas del tablero y construir la historia presente. Pero no parece muy alentador el prospecto cuando hay líderes con un espíritu tan enano que dependen de la corrupción para hacerse alguna ilusión de vida. No ven más allá de la barriga y las elefanteásicas camionetas. Y aunque hay quienes pudiesen enderezar el entuerto, éstos se dejan arrastrar por la comodidad, la cobardía, la miopía, y así no pasa nada.

Se me ocurre que no nos estamos haciendo las preguntas que cuentan, las que se ocultan por extrañas al lenguaje público.

Atando cabos: uno de los orígenes del odio

Un caso de quiebre es lo que llama Carlos Fraga “La guerra de los sexos”. El odio en política es un plato que está servido en la mesa de las relaciones de género. Los medios se han hecho eco de conceptos pescados en seminarios y libros sobre la revolución femenina, el patriarcado, la masculinidad y los derechos de la mujer que van desde el sufragio hasta el aborto. Y a ellos se agrega la roncha.

La versión de los medios es que los hombres están cada vez más abusivos y depredadores de los derechos de las mujeres, desde los espacios de trabajo hasta el debido consentimiento en los acercamientos sexuales. Por otra parte, las mujeres son acusadas de ser hostiles hacia los hombres, de ser provocadoras (típico), de victimismo y de negar su propia maternidad.

En 1959, la psicoanalista Marie Louise Von Franz predijo la tendencia a la inmadurez o regresión infantil tanto en varones como en hembras. Sus predicciones han sido acertadas especialmente con los hombres de las sociedades occidentales. La llamada regresión se debe a la ausencia de rituales en el adolescente varón, aunado a las características de la sociedad moderna. En el pasado, las sociedades poseían rituales de paso para los adolescentes varones, pero ya éstos no existen hoy en día. Quedan algunas reminiscencias infelices, pero la tarea de darles plenitud y fuerza de espíritu a los varones, con el debido acompañamiento de Padres Culturales, esa bisagra hacia la vida adulta se esfumó. Es una mala noticia porque tampoco es un ritual sustituible dentro de la familia. Un hombre sobreviviente de esa castración cultural y espiritual, padre responsable, guía, luchador, dispuesto a dar la vida por su familia, no sabría transferir esa experiencia porque tampoco sabe sobre esos pasadizos de la iniciación del hombre. ¿Qué les queda a familias donde el padre no es ese guía, o que simplemente no está?

Estos vacíos terminan afectando a las hembras, quienes también comparten una realidad similar. Las mujeres esperamos de los hombres alguna similitud a nuestros padres o a un ideal que no llega. Con el tiempo aprendemos que si deseamos trabajar para sostenernos, como toca y es nuestro derecho, tenemos que competir con los hombres, algunas veces en desventaja. Hasta ahora, todo muy comprensible, solo que las rivalidades han traído una cadena de errores. Algunas mujeres empiezan a imitar al hombre en su estilo de poder y con eso niegan su feminidad. Sus objetivos son blindarse ante los abusos, defenderse; sin embargo, es tanto el furor que la carrera ha escalado. Han llegado a atacar violentamente a instituciones que consideran políticamente rivales, y además pronuncian discursos siguiendo el modelo de los hombres. Parecieran dos partidos políticos. Pero hay un detalle.

Hay preguntas que no se hacen públicamente por dolorosas. Los hombres están buscando mujeres inocentes, soportes incondicionales, cuasi madres, y ellas ya no están para eso. Algunos de ellos se guindan a ver películas porno y después salen a la calle pensando que todas las mujeres están esperando que se arrojen sobre ellas. Por otra parte, a las mujeres que andan por allí gritando y destruyendo iglesias, se les sale la saliva de la rabia cuando hablan: parecieran estar llorando por dentro. Despotrican desde su resentimiento, pues ya el hombre amante y protector no existe. Y hay algo más, hasta cuando así parecen, desconfían.

El aborto es apenas un síntoma del desmadre de una sociedad que se hunde en el desempleo, la falta de vivienda y en el derrotero de la sexualidad vacía. El debate debería ser sobre estas espantosas soledades. La ley de aborto se crea como respuesta a una realidad, y aunque se esté en desacuerdo con ella, ponerse principista no resuelve el problema. Sin embargo, estoy en desacuerdo con que se haga fiesta de su promulgación: ¿qué se está celebrando realmente? ¿Que no vale la pena venir al mundo?

La frustración que hay con la iglesia proviene de la parquedad de sus análisis y sus respuestas. Si se guiaran por la historia de los apóstoles, intentarían escuchar a varios tipos de mujeres, y se darían cuenta que todo está conectado. Existen prominentes doctores de la iglesia quienes tienen cómo hurgar y responder y no es excusa decir que les faltan feligreses. Cuando la iglesia se deje de comodidades y simplismos y le hable directamente a la gente, la gente conversará con ellos.

Ambas, masculinidad y feminidad, son conceptos no sólo biológicos, sino también culturales y espirituales. Son interpretaciones de la realidad, códigos, un conjunto de valores que trascienden a lo místico. Sabemos que funcionan porque nos permiten la coexistencia en medio de nuestras diferencias. Pregúntenle a los poemas. La modernidad ha auspiciado avances y ha castrado otros, y el quiebre de hoy es uno de ellos.

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