miércoles, 17 abril 2024
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Humanistas: La izquierda ingenua

La mentalidad del comunista es que sus líderes son infalibles como el Papa. Otorgarle tanta confianza a un líder lo convierte en un monstruo. La mentalidad de un demócrata es que sus líderes son falibles y por eso la gente debe participar en las decisiones de gobierno.

El pasado mes de octubre viajé en tren a Oslo para votar en las elecciones primarias de Venezuela. Al subir al vagón en Katrineholm, empecé a buscar un asiento y quizás un buen compañero de viaje. Vi a una señora sueca mayor que yo, con unos jeans y una blusa conservadora linda que me recordó mis días de adolescente. Era esbelta y por eso la jovialidad de su ropa le sentaba bien. Estaba sentada con las piernas extendidas mientras tejía un gorrito y pensé que era una mujer resuelta con su informalidad. Su imagen en conjunto, y eso lo capté en segundos, era la de alguien de la “izquierda bonita”. Decidí sentarme en los asientos vacíos frente a ella, porque además de parecer amigable, había una mesita en el medio y suficiente espacio. El cuadro quedó así, soy una venezolana criolla y ella era una rubia sueca abierta a saludar en tono de paz. Y fue amable, me dijo que en el vagón de al lado podía servirme café gratuito, y lo disfruté mientras estuvo disponible.

Les digo lo anterior porque al poco rato le comenté sobre la situación venezolana y yo sabía que el tema de la influencia cubana iba a ser espinoso para ella. Porque hay que ubicarse en su contexto, en los años 70 el primer ministro de Suecia, Olof Palme, era un admirador de Fidel Castro y del régimen cubano. Si a ello agregamos que Suecia le abrió las puertas a los chilenos socialistas que huían tras el aparatoso golpe de Estado contra Salvador Allende, los ingredientes estaban servidos para nuestra conversación: no podía yo interrumpir su cuento de hadas.

Si alguien hoy en día apoya a los Castro es porque lleva la propaganda comunista en algunos de sus tejidos. Sus argumentos son una copia de la propaganda castrista: Cuba no tiene agricultura y hay que ayudarla porque todo es culpa de los Estados Unidos. Los fusilamientos a los “traidores” son justificables porque hay que matar a los gusanos, es decir, a la oposición. El Che no era un matón sino un justiciero. Cuba es un ejemplo de cristianismo verdadero, porque los pobres viven bien, y el Papa de semejante milagro es Fidel Castro. Con esa letanía la violencia estaba blanqueada y la mentira plantada, y no sólo para los cubanos. Hay una izquierda sedienta de logros que no cuestiona la estela inmoral que deja tras de sí. Sedienta de dioses omnipotentes, incuestionados, son curiosas sus críticas a la creencia en Dios. Cerrados en un solo discurso, esta letanía castrista la escuché una y mil veces de mis amistades comunistas en Caracas. Y si la propaganda continúa es sólo porque necesitan avivar la mentira.

La conversación entre mi compañera de viaje y yo se mantuvo cordial durante el trayecto, pero que no queden dudas, en su fuero interno ella seguía siendo una izquierdista cándida. Ella entendía mis resquemores y no se atrevía a cuestionar mis argumentos. Ya había suficiente tensión entre ambas y el “no seguir la cuerda” nos mantenía a raya. Guardaba su espacio de reserva en el silencio de no saber, no repreguntar ni hurgar, y así seguía siendo una sueca de buenas costumbres. Por otro lado, le pregunté por sus gustos literarios, no sólo como una fuente genuina de sensaciones, sino porque la poesía invita a no caer en engaños.

De este viaje le conté a alguien quien, a manera de chanza, criticó mi escogencia de asiento: “Tú que necesitas financiamiento y fuentes de ingresos, pudiste haberte acercado al vagón de la gente de negocios, pero no, preferiste perder el tiempo con una humanista ingenua”.

En su obra Cándido, Voltaire cuenta sobre la inocencia del intelectual que no puede reconocer al déspota que tiene frente a sí. Desde su inocencia, el cándido ve la paz, la justicia y la igualdad entre los seres humanos desde su estrecho entorno. Sin embargo, aunque ese es un rasgo posible en cualquier mentalidad, el peligro es otro: al creerse poseedor de una moralidad superior, puede apoyar a un criminal y defenderlo como si fuese un Dios.

La mentalidad del comunista es que sus líderes son infalibles como el Papa. Otorgarle tanta confianza a un líder lo convierte en un monstruo. La mentalidad de un demócrata es que sus líderes son falibles y por eso la gente debe participar en las decisiones de gobierno. Prefiero la difícil realidad de la mentalidad democrática, pero debo agregar una nota sobre los cuentos de hadas: A los bien leídos profesores de literatura: esos cuentos tienen un piquete al revés, una sombra que debe develarse. Requiere de sacarle punta al lápiz, esmerarse. No lo olviden.