Con 1984 fue un visionario que anticipó los excesos en materia de controles -sobre los individuos, las conciencias y hasta el lenguaje- perpetrados por el Estado totalitario. De su autoría es el omnipresente “Gran hermano”.

Entre mis tesoros de papel conservo unos cuantos ejemplares de Letras Libres -heredera de Plural, revista fundada por el premio Nobel mexicano Octavio Paz- que dirige Enrique Krauze. La busco y la encuentro. Impoluta, sin hongos, en su terso glasé 80. A veces parece que es ella la que me encuentra y se hace visible para generarme más dudas, pero también para darme respuestas en unas reposadas relecturas en estos tiempos de pandemia. El pasado fin de semana volteé hacia un montón de impresos que reposan sobre una silla, y la cara de George Orwell me miró fijamente, mientras se dibujaba una leve sonrisa bajo unos delgados bigotes que tapaban su fino labio superior. El inferior apenas se asomaba en una vieja foto de tenues pinceladas sepia sobre un fondo negro. Es la portada del número 92 de Letras Libres de 2006.

Bajo el código de barras de esta publicación está impreso el día de mi cumpleaños, así que viví todo esto como una celebración de la vida, mientras el COVID-19, ese enemigo en la sombra, se comporta como Carlos el chacal. Esto es como un terrorista, que no sabemos cuando hará detonar la bomba que matará, sí o sí, a mucha gente.

Enrique Krauze nos introduce tanto en Orwell como en su ensayo, a propósito de una reunión del Pen Club en 1945. Cinco años más tarde, Orwell, moriría debido a los estragos de la tuberculosis, que contrajo mientras trabajaba en hospitales, minas y restaurantes de Paris y Londres. “Quería sufrir (literalmente) para entender el sufrimiento” enfatiza Krauze. Orwell (1903) es conocido en todo el orbe por Rebelión en la Granja y 1984. El primero recreó, como una fábula satírica, el ciclo de la Revolución Rusa. Con 1984 fue un visionario que anticipó los excesos en materia de controles -sobre los individuos, las conciencias y hasta el lenguaje- perpetrados por el Estado totalitario. De su autoría es el omnipresente “Gran hermano”.

El ensayo de Orwell es de una actualidad y de una pertinencia innegables, que nos permite entender lo que significa sobrevivir en totalitarismo, como el que sufrimos los venezolanos con el socialismo del siglo XXI. “Un Estado totalitario es una teocracia y, a fin de mantener su posición, su casta gobernante debe considerarse infalible”. También fue un adelantado cuando calibró la mentira como recurso esencial de estos regímenes. Escribió: “La práctica de los Estados totalitarios de mentir organizadamente no es un recurso temporal cuya naturaleza se parece a una táctica militar. Es algo que forma parte integral del totalitarismo, algo que continuaría aun si los campos de concentración y las fuerzas de la policía secreta hubieran dejado de ser necesarias”.

En este trabajo de 1946 el gran pensador inglés nos descubre cómo se manipula la historia y nos adelanta que en totalitarismo “la historia debe inventarse en vez de aprenderse”. En tono prospectivo avisa: “En una sociedad totalitaria que lograra perpetuarse… se establecería un sistema de pensamiento esquizofrénico, en el cual el político, el historiador y el sociólogo podrían descartar leyes del sentido común, que en la vida diaria y en las ciencias exactas se dan por buenas”.

En este ensayo titulado Los impedimentos de la literatura, de unas diez páginas, Orwell dejó para la posteridad su visión del periodista, del poeta, del historiador y del prosista en un régimen totalitario. Advierte que la perdida de la libertad es adversa para todas las formas literarias. A un año de haber finalizado la II guerra mundial, Orwell es categórico al afirmar que la literatura alemana casi desapareció durante el nazismo y ocurrió prácticamente lo mismo en Italia. De la rusa -con un Stalin exultante como héroe de la guerra que acababa de finalizar- el autor de Rebelión en la granja concluye “que se ha deteriorado…de manera notable a partir de los inicios de la Revolución”.

Orwell dispara misiles de largo alcance, como los que apuntan hacia “ciertos temas que no pueden celebrarse con la palabra y la tiranía es uno de ellos. Nadie ha escrito un buen libro sobre la inquisición”. Otro: “Cuando uno ve la indiferencia con la que los hombres de gran educación presencian la opresión o la persecución, hay que preguntarse qué despreciamos más, si su cinismo o su miopía”. También es contundente al señalar a Ilya Ehrenburg y a Alexei Tosltói como “escritores prostituidos que reciben enormes sumas de dinero, pero se les retira lo único que tiene auténtico valor para un escritor que se considere tal: su libertad de expresión”.

Agridulces

David Natera Febres fue objeto, nuevamente, de la represión de esta dictadura acosadora e inquisitorial. Allanamiento y detención contra este venezolano valiente y comprometido, a quien no han podido ni podrán doblegar. ¡Natera representa a la civilización y sus represores son la barbarie armada, pero desalmada!

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