@OttoJansen
“Capturan en la frontera entre Venezuela y Brasil al presunto homicida del adolescente de 16 años, Josué Mata”, líneas de la nota periodística en torno al caso del asesinato del estudiante mencionado que provocó la atención de Ciudad Guayana e impactó en todos sus detalles hasta el muy lamentable desenlace en el transcurso de estos días.
La foto, que acompaña la referencia noticiosa de la detención parece hecha desde un video, al menos la que vimos. Y es desde lo que podemos apreciar de esa imagen, que hacemos un enfoque ligero del trasfondo de la descomposición social indetenible en las comunidades más necesitadas de la ciudad que igual hay que decir es el mismo cuadro de necesidades e inversión de valores que corroe el tejido venezolano en sus ciudades y pueblos. Desintegración enfrentada con la fuerza persistente de la decencia, honestidad y principios que no se rinde pero que pierde seres valiosos para mejores tiempos nacionales, tal como sucedió con el muchacho asesinado.
El implicado -Agustín Flores, alias el Mocho-, relatan los medios de comunicación, es otro joven, al menos de apariencia. Está sentado en una silla de ruedas, tiene el pelo abundante y de corte actual; una pierna sobre la otra y parece resignado o preocupado mirando hacia algún punto, mientras juega con la punta de los dedos, clara señal de la incertidumbre que lo embarga. Ahora, su serenidad o su frialdad es pasmosa tratándose de un sujeto al que apuntan las averiguaciones policiales directamente como uno de los que malogró al deportista del Core 8. Esconde, tras una apariencia normal y la discapacidad, invisible en la gráfica (solo delatada por la silla de ruedas que conduce alguien que aparentemente es un agente policial) su lado siniestro y retorcido; sabrá quién, las razones por las que entró y aprendió el oficio, las motivaciones por las que se hundió en el mundo del vicio (traficante de drogas en las comunidades apuntan los rumores), hasta llegar al grado de quitarle la vida a otros de menor edad que, por la imagen de él, repetimos, no semeja ser mucho mayor.
El caso es doloroso de una situación social de Guayana y el país, entrampada en su futuro si la dinámica del país continúa siendo la de los discursos normalizadores, las versiones edulcoradas de la realidad y las manifestaciones de fe basadas en las mitologías revolucionarias en los conceptos manipulados de la justicia, los derechos y la libertad. Entrampado el futuro, por cuánto, siendo las generaciones que se levantan las que fundamentalmente no tienen referentes de condiciones y salvaguarda de la calidad de vida, y por el contrario es la premisa del Estado socialista, sálvese quien pueda, la que se ofrece o se favorece, en un caos de normativas impuestas desde el control social, los resultados en lógica son estas tragedias (que quedan en la memoria familiar y se diluyen en la colectiva), esas vidas o trayectorias truncadas y las que continúan, quedan condenadas a la incertidumbre.
Perder un hijo es un acto siempre desgarrador (Dios o la vida no lo permitan a ninguno) y Venezuela ha venido transitando esa ruta bien sea por los jóvenes que intentando cruzar la selva buscando otros destinos no lo consiguieron. Por detenciones arbitrarias, desapariciones o asesinatos de los cuerpos de seguridad. Por los que en otros países han encontrado la muerte y no sueños de realización; por los que se han suicidado ante la falta de horizontes y aquellos que la violencia y la degradación del país, los ha llevado, en mala hora, a emboscadas fatales.
Chicharrones de pollo
La experiencia social, económica, política e institucional del país, de este proceso de 26 años de modelo revolucionario bolivariano, ha de ser asimilada en todos sus significados y todos sus planos por la sociedad venezolana que prevalecerá y la que se forjará hacia el porvenir. Es un cliché, ciertamente, pero obligatorio de nunca dejar de repetir.
Ante el fracaso y el desgaste de una visión política que no ha sido, sino un fiasco demoledor de muchas vidas; cuando se abren las puertas a definiciones significativas, importantes e inminentes, según todo indica; la conseja mayúscula es la de derrotar la inercia, el vuelo pequeño, en las aspiraciones de cambio. Vencer, también junto a la farsa de gestión pública, la tentación de conformarnos con logros elementales. Cada ciudadano venezolano en el frente que se encuentre, desde el área que cultive, tiene que hacer los esfuerzos supremos llamados a impulsar el contrato moderno de la VIDA, bienestar, la ética como guía, las normas de civilidad enlazadas con los deberes y derechos que protejan a los hijos de la nación. Hijos, hasta y por el momento arrinconados en los antivalores y fuera de la felicidad racional y posible. La educación y las disciplinas de las ciencias sociales no pueden conformarse con la acción de barniz a nuestras limitaciones o problemas por generaciones. No pueden, sobre todo estas últimas, ser tan solo testigos o animadores de procesos impecablemente técnicos, sin apego al sentir social, tienen que irrumpir con firmeza hacia una sociedad sana, imbuida del afán por el conocimiento, de vocación humanística, de coraje en la creación y si se quiere, de obsesión por la transcendencia provechosa.
Es el mejor homenaje a la memoria de las víctimas inocentes de esta hora en que el delito acosa o es ejecutado por jóvenes. Episodios de asesinatos, contemplados por los guayaneses, no pueden quedar en el olvido, inconexos de un panorama social, económico y político en el que las madres alimentan a la familia con chicharrón de pollo, por ejemplo. ¿Por qué? Porque no puede haber menú más variado. Y no hay debido a la destrucción del salario y a la extinción del trabajo decente, amparados por el autoritarismo. A la par el delito se instala a sus anchas, corrompiendo y rompiendo el destino de la sociedad; allí los normalizadores de la revolución y sus socios juegan con explicaciones acrobáticas a una paz imposible.










