A las 5:30 de la mañana, sobre la montaña de escombros que dejó el desplome de las torres OPP 26 y 27 en Caribe, permanecen voluntarios en la búsqueda de vida y, también, con la tarea de rescatar los cuerpos de quienes fallecieron bajo los restos de sus hogares.
En estas estructuras habitaban aproximadamente 2.700 familias. Los parientes de los desaparecidos duermen en los alrededores; llevan más de nueve días removiendo el concreto, movidos por la esperanza de hallar sobrevivientes o, al menos, encontrar un cuerpo para darle sepultura digna.
Pasadas las 6:00 de la mañana, la rutina se activa. Los voluntarios que pernoctaron en el lugar descienden de la montaña de escombros para desayunar un pan relleno con jamón y queso, producto de las donaciones que miles de personas han hecho llegar a la zona.
A medida que avanza la mañana, más parientes se suman a la vigilia. Continúan gritando los nombres de sus seres queridos entre los escombros, esperando una señal de ellos. Buscan impulsados por una fe que no cede ante el cansancio.
Antes de comenzar sus labores, los operadores de maquinaria relatan que trabajan “con las uñas” y por pura hermandad. Insisten en la falta de ayuda estatal, un reclamo que choca de frente con las declaraciones oficiales de Delcy Rodríguez.
“Le doy gracias al gobierno que ha demostrado que son unos nefastos. No sirven para nada. Son una porquería”, sentencia Luis, un voluntario que también busca a sus propios parientes. Por su parte, Ignacio Olivares reclama que solo ven pasar caravanas de funcionarios: “Ves que pasan las máquinas, sacan a la persona que buscan y chao”, comenta. Agrega que, para la cantidad de edificios colapsados, la maquinaria es insuficiente. Lo más difícil, confiesa, es sacar un cuerpo y observar el dolor de la familia: “Eso desgarra el corazón”.
Con el transcurrir del día, circulan por la zona bomberos de la entidad, voluntarios de Cáritas Venezuela, la Cruz Roja de Colombia y cuerpos de rescate del interior del país. Los perros de rescate del sur de Florida también realizaron revisiones. Aunque inicialmente no detectaron signos de vida, lejos de declarar el sitio como “zona muerta”, pidieron a los rescatistas civiles avisar de inmediato si detectan cualquier pista, movimiento o ruido para proceder a triangular la señal.
A medida que avanza el día, se hace más frecuente la extracción de cuerpos. Ahora los trasladan en bolsas especiales, un contraste con los primeros días, cuando los fallecidos eran retirados envueltos en sábanas y cobijas.
Al caer la tarde, la desesperación aumenta. El 2 de julio no se logró rescatar a nadie con vida de las torres OPP 26. La gente se acerca a los medios con un solo clamor: “Hacen falta máquinas”, “necesitamos una planta eléctrica”, “tenemos fe”. Y es precisamente esa fe, esa tozudez de no abandonar los escombros, lo único que sostiene la búsqueda mientras la ayuda oficial sigue siendo una promesa ausente.









