







“No temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo” es el llamado actual de León XIV, con ferviente espíritu de agustino, al advertir las “nuevas formas de deshumanización”, bajo las que puede verse eclipsada la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial.

La legitimidad es el rostro y la enseñanza que nos lega Carmen Navas. Es la síntesis genuina de los sueños de quienes, sintiendo en sus ojos entrecerrados los rayos de la libertad y el cese del oscurantismo, están abandonando nuestras cárceles y el exilio.

La lucha contra la corrupción ha de ser polivalente y multi frontal, pero sólo es posible con voluntad política, según Federici. Bajo un liderazgo confiable, agregaría, susceptible de modelar comportamientos.

La ONU ha constatado la ejecución de crímenes de lesa humanidad en Venezuela a lo largo de las últimas dos décadas, a manos de sus actuales autoridades, mientras permanecen abúlicas la Fiscalía y la Corte Penal Internacional.

Sin la interferencia de jueces ni de policías, Venezuela forja hoy su legitimidad como nación alrededor de una visión compartida y de futuro, única susceptible de normalizar las relaciones sociales y de pacificarnos como Tierra de Gracia.

El hombre que, antes bien, se advierte y es consciente de sus falencias, al reconocer su dignidad inmanente e intrínseca avanza, tal como lo demuestra la misma experiencia, por sobre el camino de su perfeccionamiento.

La realidad del ostracismo social es lo que sostiene en su fuerza y vigencia el empeño de María Corina y la urgencia que le pone a la cuestión institucional; a la de la transición hacia un ambiente de democratización cierta y estable, confiable y propicio al regreso del mayor número de venezolanos al país, y no sólo de sus actores políticos.

La permanencia visible de los actores reales del entramado represor que se estructurara a lo largo de casi tres décadas le da un claro sentido a la alerta de María Corina ante CERA Week, la asamblea del poder petrolero y energético mundial.

Tras la crisis terminal del viejo orden y el choque de capas tectónicas entre los “repartidores supremos de poder”, vuelve por sus fueros la Doctrina Monroe en su “corolario de Trump”. No es otro que el de poner a China y a Rusia manos afuera.

No habrá paz sin democracia, sin libertad, es lo que le ha recordado Oslo al conjunto de Occidente al inaugurarse el año presente, renovándole su memoria, para que se reencuentre con sus huellas extraviadas y se cure de falsas utopías.