jueves, 30 mayo 2024
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Ese lago que lo maravilló siendo niño

La pérdida de muchos documentos científicos, así como el riesgo que corrían otros tantos, llevaron a Pablo Emilio Colmenares y a un grupo de especialistas a crear un repositorio digital con más de 75 mil títulos relacionados con el lago de Maracaibo y su cuenca hidrográfica.

Pablo Emilio no conocía más allá de las imponentes montañas de su Táchira natal, hasta que, a sus 12 años, al terminar eximido el cuarto grado del colegio, sus padres le dieron un premio:

– Prepárate, hijo. Te vas de viaje con tu tía Emma a Caracas.

– ¡Gracias, gracias! -respondió Pablo, y comenzó a brincar.

Transcurría una mañana despejada de agosto de 1948 cuando Pablo y su tía Enmma llegaron hasta el aeropuerto en San Antonio del Táchira para desde ahí comenzar una travesía.

– ¡Ya casi no se ven montañas, ¿vio?! ¿Vio esos árboles gigantes, todo ese bosque? ¡Qué cosa tan bonita! -decía.

– Sí, sí -le respondía Emma, acaso conmovida con la emoción del sobrino.

– ¡Mire tooooda esa agua!, ¡mire toda esa aguaaaa! -se exaltó Pablo aún más, cuando comenzaron a sobrevolar la cuenca del lago de Maracaibo.

Fue como si su mundo se estuviera abriendo de pronto.

Era la primera vez que veía el lago que solo había visto en los libros de geografía.

En ese viaje no hubo nada más que lo hiciera alucinar.

El lago de Maracaibo es tan grande que podría contener a Maracaibo 30 veces. Es el mayor de Sudamérica, y uno de los más grandes del mundo con comunicación al mar a través del golfo de Venezuela. La cuenca del lago abarca un área de casi 122 mil kilómetros cuadrados compartidos con Táchira, Mérida, Trujillo y el Departamento Norte de Santander, en Colombia, aunque en él también drenan las descargas de aguas domésticas e industriales de Lara y Falcón.

Debido a las actividades que tienen lugar en sus aguas y a la negligencia del Estado, atraviesa un proceso de contaminación por hidrocarburos, sustancias tóxicas, plaguicidas y metales pesados, además de la salinización, erosión, sedimentación y exceso de nutrientes.

Cautivado por aquel viejo recuerdo infantil, y entusiasmado por su facilidad para aprender aritmética, Pablo Emilio Colmenares se graduó de ingeniero civil y se especializó en vías de comunicación en la Universidad del Zulia (LUZ). Y como un hijo adoptado, trabajó en el sur del lago de Maracaibo, construyendo y manteniendo diques, carreteras y drenajes, y canalizando ríos. Ahí estuvo hasta que 14 años después fue nombrado jefe de la Oficina Hidráulica y autoridad única de la zona.

Venezuela crecía y su ascenso profesional no se detenía.

En 1977 fue uno de los fundadores del Ministerio del Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables (de los primeros del mundo en su estilo), y se convirtió en su máxima autoridad en Zulia hasta 1983. En aquel entonces, su instrucción era clara: si los funcionarios asistían a una reunión y hablaban de política, hasta ahí llegaba el encuentro. Debían retirarse. Eran, y debían ser, solo técnicos ambientales. Era lo único que importaba.

Siete años después, Pablo Emilio asumió la presidencia del Instituto para el Control y la Conservación de la Cuenca del Lago de Maracaibo (Iclam), que había ayudado a fundar una década antes. En el Zulia, las instituciones ambientales eran respetadas. A sus funcionarios se les reconocía por sus altas competencias técnicas, desempeño y vocación de servicio. Eran buenos tiempos. Llegaban los más grandes expertos a la región. Se hacían grandes obras. Pablo Emilio, por ejemplo, fue uno de los artífices del saneamiento de 330 mil hectáreas de las 630 mil totales del programa de desarrollo de la zona sur del lago.

En 1994 lo promovieron a otro cargo y debió mudarse a Caracas. Eso lo estremeció un poco. En esa ciudad que no conocía bien estaba solo, lejos de su esposa y de sus siete hijos. Apenas los fines de semana podía viajar para reencontrarse con ellos.

Además le preocupaba el futuro, sobre todo tras el intento fallido de golpe de Estado dos años antes: tenía el pálpito de que las cosas iban a cambiar. Allí fue ocupando varios cargos, hasta llegar a ser el de director general sectorial de infraestructura ambiental.

El ascenso meteórico de Hugo Chávez se consumó cinco años después, el 2 de febrero de 1999, cuando fue juramentado como presidente de Venezuela pregonando el ideal bolivariano. En el centro de Caracas, a metros del Ministerio del Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables, donde Pablo Emilio trabajaba, Chávez lideraba actos masivos en los que anunciaba decretos, cambios y reformas.

Las calles de Caracas hervían.

La historia estaba dando un giro.

Para sorpresa de Pablo Emilio, y contraviniendo la tradicional profesionalización que había caracterizado a esta institución, Chávez juramentó como ministra del Ambiente a Atala Uriana, una poeta, ensayista y activista indígena nacida en Maracaibo. Permaneció en el cargo solo unos meses, y fue el preámbulo de la inestabilidad que se avecinaba: en 22 años, durante cinco gobiernos de la llamada cuarta República, Venezuela tuvo 10 ministros del Ambiente, mientras que en los 24 años de los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro han sido designados 15.

Ese mismo año, a Pablo Emilio le informaron que había sido jubilado.

El 19 de marzo, él llegó a su oficina a las 7:30 de la mañana como casi todos los días. Comenzó a recoger sus cosas para irse y no volver. En su despacho había una biblioteca con documentos técnicos que eran para él un tesoro, pero esa mañana aceptó que, como aquello había sido comprado con dinero del Estado, eran patrimonio de la institución que debía dejar ahí. Pasadas las 11:00 de la mañana firmó el acta de entrega.

Sentía que se derrumbaba cuando se despidió de sus compañeros por quienes sentía respeto y admiración.

Cabizbajo se fue.

Así casi finalizaron más de 36 años de carrera ininterrumpida.

Al mes entregó el otro cargo que mantenía, el de coordinador técnico del Acueducto Regional del Centro segunda etapa, y confirmó que, aunque aún se sentía capaz de seguir en el ministerio, los cambios eran irreversibles.

Atrás quedaba parte de su legado (como por ejemplo la unión del archipiélago de Los Monjes, en el golfo de Venezuela, centro de una antigua disputa fronteriza con Colombia en los años 50). Estaban terminando una etapa de 40 años en la que se había construido más del 90 por ciento de las obras hidráulicas existentes hoy en el país, como los embalses.

Jubilado y de regreso a Maracaibo, Pablo Emilio sintió calma con su familia. Tanto los había extrañado en esos años de distancia que se sintió en paz. Se convirtió en asesor de una empresa, hasta que en 2006 esta cesó sus operaciones.

Un día, en medio de la frustración, una semilla comenzó a germinar en su interior.

Le preocupaba que el Iclam, aquel en el que había trabajado por siete años antes de irse a Caracas, había bajado el nivel de su investigación y casi no ejecutaban obras. Que la defensa del ambiente había quedado en el limbo. Y que allí, como en muchas instituciones científicas del Estado, aumentaba la politización y la fuga de talentos.

Así las cosas, junto a unos amigos y excompañeros de trabajo del Iclam, que también estaban angustiados por ese panorama, se reunieron y revivieron un viejo proyecto que tenían en mente. El 24 de agosto de 2004 Pablo Emilio y otros académicos y jubilados crearon Aclama, una asociación civil para contribuir con la conservación y el rescate de la cuenca del lago de Maracaibo.

Con el paso de los años se percataron de que la documentación técnico-ambiental sobre el lago de Maracaibo y su cuenca hidrográfica también estaba en riesgo. Lo supieron porque una vez intentaron donar libros en algunas bibliotecas de LUZ, pero las encontraron vandalizadas, cerradas y solas. Justamente, esos espacios donde reposaban miles de estudios que profesores y estudiantes habían hecho.

Se trataba de libros y documentos que, sin las condiciones adecuadas de humedad, temperatura e iluminación, estaban expuestos a perderse.

Y aunque las autoridades ambientales del Zulia no lo decían públicamente, el hecho es que la biblioteca del Ministerio del Ambiente (hoy de Ecosocialismo) estaba -y continuaría estando- cerrada, así como el centro de documentación del Iclam (del cual aún hoy algunos trabajadores dudan de su existencia). Los archivos digitales de varios medios de comunicación de la región también desaparecieron, y no era raro ver documentos históricos en casas abandonadas.

Es cierto que cuando se pierde la memoria documental, se rompen los vínculos. La inminente desaparición de gran parte de la documentación técnico-ambiental sobre el lago de Maracaibo y su cuenca hidrográfica mantenían en vilo a Pablo Emilio y a sus compañeros de Aclama. Varios de ellos eran los autores de las primeras investigaciones científicas que se habían hecho en la región, y querían evitar que todo ese legado se perdiera.

A partir de 2019 comenzaron a buscar los documentos y a contactar a los propietarios o familiares de los autores que habían fallecido o que habían migrado, para pedirles que donaran la literatura que tenían y evitar que se perdiera entre el moho y el olvido.

Luego buscaron un lugar adecuado para conservarlos y, tras visitar varias instituciones, llegaron a la Biblioteca Pública del Zulia María Calcaño.

No lo dudaron. Ese era el lugar soñado. A finales de 2022, Aclama planteó la necesidad de tener un espacio físico donde la ciudadanía accediera a los documentos académicos, científicos y educativos que resguardaron con esmero. La presidenta de la biblioteca, Ixora Gómez, dio el visto bueno a José Gregorio Fernández, director de calidad, quien se encargó del concepto bibliotecológico.

Unidos en la tarea, Aclama y la Biblioteca María Calcaño comenzaron a recibir y a buscar más libros y documentos, para que el Departamento de Procesos Técnicos hiciera los tratamientos, catalogación y clasificación del material. Al cabo de un año completaron un repositorio digital con más de 75 mil títulos de origen nacional e internacional relacionados con el lago de Maracaibo y su cuenca hidrográfica.

Su ahínco fue más allá y construyeron una sala que ofrecerá 14 piezas en un mundo virtual: los asistentes se conectarán utilizando dispositivos que les harán sentir que están dentro de él, interactuando con todos sus elementos.

El Centro de Documentación Ambiental Lago de Maracaibo nacía con el objetivo de brindar a estudiantes, investigadores e interesados en general, la oportunidad de acceder a un acervo de libros, investigaciones y otros documentos académicos, científicos, tecnológicos, culturales y artísticos. Un espacio para socializar el conocimiento, fomentar la cultura e inspirar.

Hicieron todo ese trabajo ad honorem.

El Centro de Documentación sería inaugurado el 27 de enero de 2024. Pero Pablo, que había pasado la noche con mucha tos y malestar, y temía enfermar a los demás, decidió no ir. Llamó a Cipriano, uno de sus amigos y directivo de Aclama, para que se encargara de encabezar el acto.

A las 11:00 de la mañana comenzó la inauguración. Solo, en su casa, Pablo miró el papel con el discurso que tenía preparado. Se puso a recordar cómo había comenzado todo y cómo habían logrado reunir aquellos documentos que ahora otras personas podían disfrutar.

– Es un honor tener esta oportunidad, como Pablo Emilio lo hubiera sentido -dijo Cipriano al dar el discurso-. Nos sentimos satisfechos y agradecidos. Ya es realidad este sueño que una vez tuvimos.

A sus 87 años, Pablo Emilio Colmenares mira con el corazón arrugado aquel lago de Maracaibo que lo maravilló cuando era un niño, pero que hoy está más salinizado y contaminado. Ya dio otro paso. Él y los demás saben que si se preserva la memoria el futuro puede cambiar.

Esta historia de La Vida de Nos forma parte de su Programa de Formación de Periodistas LVNI5, y fue cedida para su republicación.