viernes, 27 de mayo de 2022

Al final dejé de preguntarme tantas cosas

Nora se dedicó a dar clases particulares de física, química, matemática e inglés en su comunidad, en Carúpano. Entre sus alumnos tuvo a los hijos de Zoila Hernández. Cuando se graduaron dejaron de tener noticias de Nora, hasta que Zoila volvió a su casa para tenderle una mano.

Nora se dedicó a dar clases particulares de física, química, matemática e inglés en su comunidad, en Carúpano. Entre sus alumnos tuvo a los hijos de Zoila Hernández. Cuando se graduaron dejaron de tener noticias de Nora, hasta que Zoila volvió a su casa para tenderle una mano.

Cuando estaba en tercer año de bachillerato, mi hijo mayor necesitaba clases particulares de física. Mi padre, profesor de matemática graduado en la Universidad Central de Venezuela, le explicaba lo que él no entendía, pero esas cuatro horas que pasaban repasando se les convertía en una tortura a ambos. En verdad, mis hijos nunca han sido malos estudiantes, pero como yo trabajaba todos los días de la semana, conseguí en los cursos y las actividades extraacadémicas la salvación para el tiempo que no podía estar con ellos. Por su necesidad de reforzar las lecciones de física, las mamás del colegio me recomendaron a una profesora que podría atenderlo y tenerle paciencia: se llamaba Nora.

Un buen día me acerqué a su casa. Le pregunté cuánto cobraba por la mensualidad y la inscripción. Se me quedó viendo, muy seria, y con su voz gruesa me dijo: “Aquí no se cobra inscripción. Deja al niño, y yo te mando a decir con él cuánto es el monto. Me lo pagas cuando puedas”. Ese mismo día me ofreció una rebaja en sus honorarios si además de física le daba también matemática e inglés. Me produjo suspicacia, por lo que al principio no acepté. Pero después descubrí que, sin embargo, le explicaba matemática e inglés a mi hijo, así que le empecé a pagar el paquete que me había propuesto inicialmente.

Nora no era profesora graduada, pero fue de las mejores estudiantes, y a sus alumnos les encantaba cómo explicaba. Alta, de contextura gruesa, usaba vestidos de corte recto, de botones, bien por debajo de las rodillas. Parecía de más de 80 años, pero no llegaba a los 70. Caminaba con dificultad, con un vaivén que hacía que su cuerpo se fuera de un lado a otro. Con frecuencia le dolían las piernas, quizá su altura y el sobrepeso le estaban pasando factura a sus pies y rodillas.

Como vivíamos cerca, a veces la veía en la calle cuando regresaba de llevar a su nieta al colegio. Yo le ofrecía la cola. Cansada, se montaba y si veía algún vecino, me pedía que le diera la cola también.

Supe que esa nieta era de su única hija, quien había muerto de cáncer en 2016. Fue en unas vacaciones cuando ocurrió. Recuerdo que mis hijos regresaron a sus clases luego de un período de vacaciones, y llegaron a casa preocupados, porque a Norita se le había muerto la hija. Me llamó la atención cómo se expresaban: era como si le hubiese pasado a alguien querido. Y debo decir que mis hijos eran como muchos adolescentes: vivían en su propio mundo, no les prestaban atención a “los dramas” de los demás.

Pero esta vez era diferente.

Nora siguió trabajando con una tristeza que no lograba ocultar. Ahí, en la sala de su casa, convertida en el sitio donde esos jóvenes tenían la oportunidad de entender lo que, por alguna razón, en el liceo no aprendían. Había quienes no recibían esas clases en el colegio. Otros decían que los profesores “les agarraban idea” y tenían que esforzarse por demostrar su inteligencia. Ese era el caso de mi hijo menor, quien también pasó por sus manos. Era su consentido. Fue al primero que le escuché decirle Norita a Nora. A veces le pedía el teléfono prestado para llamarme y pedirme que lo fuera a buscar si terminaba temprano. Y cuando no lo mandaba a donde Nora porque no le había podido pagar la mensualidad, él me decía: “Tranquila, que Nora no cobra”.

Cuando salió mi último hijo de bachillerato, en 2019, dejé de tener noticias de la señora Nora. Solo la veía cuando pasaba cerca de su casa, en la parroquia Santa Teresa de Carúpano, en las costas de Sucre.

En ese entonces empecé a coordinar un grupo de laicos comprometidos en actos de misericordia, y haciendo el censo para los asistidos, los colaboradores que vivían muy cerca de Nora refirieron su nombre como una “persona vulnerable”. Eso me llenó de angustia, pero no me extrañó: al desaparecer las clases presenciales se flexibilizaron las evaluaciones y muchos jóvenes dejaron de buscar su asesoría.

La incluimos en el censo de inmediato.

Supe que vivía con una hermana, una señora dos años mayor, que estaba enferma, necesitaba una operación urgente, y cuyo hijo había migrado a Perú. Dos mujeres entradas en años, enfermas y viviendo con una niña de 9 años.

Debía ser una situación muy difícil de sobrellevar.

La primera vez que volví, le llevé arroz chino. Le costó reconocerme. Al principio estaba dudosa de aceptarlo. Es difícil recibir ayuda cuando toda una vida se ha sido autosuficiente. Pero cuando le dije el nombre de mis hijos, recibió la comida. Recuerdo que le dijo a una vecina que tenía años que no comía arroz chino y que estaba rico. Solo por eso lo volví a preparar en varias oportunidades. Después no pude hacerlo más, porque salía muy costoso y las donaciones con las que contábamos poco a poco fueron disminuyendo.

Seguí visitándola una vez a la semana. Se sentía más en confianza. Hasta me pedía ayuda en otras cosas. Una vez me dijo que la ayudara a conseguir una camisa para su nieta, que ya tenía que regresar al colegio de forma presencial. La niña, a sus 10 años, era altísima. El período escolar anterior había sido a distancia, por la pandemia de COVID-19. Y cuando le pusieron la camisa vieja del uniforme para el retorno a las aulas, no le sirvió.

Me costó conseguirla. Yo no podía comprarla, soy profesora universitaria y, como el resto de los colaboradores, estaba pasando por una difícil situación. Sin embargo, encontré una: era usada, pero estaba en buen estado. Se la entregué y, como siempre, al final, me regaló una gran sonrisa.

Debía llevar un registro del voluntariado: tomar fotos a quienes recibían los donativos, guardar facturas de las compras que hacía. Fotografiar a Nora era para mí casi imposible: sentía que era como romper su confianza. En muy pocas oportunidades lo hice y no me arrepiento.

Ahora atesoro esas imágenes. Unas imágenes pequeñas, difusas, impublicables, pero que son eso: un tesoro.

Solemos hacer nuestras entregas los días jueves. Si conseguimos gasolina vamos en carro; si no, embalamos las comidas en bolsos con rueda y caminamos. Una mañana de octubre de 2021, al bajarme de mi carro, me encontré con una vecina de Nora a quien llamaban La Morocha. Tenía un nebulizador en mano. “No avances más por esta calle, hay muchos enfermos, Nora tiene la enfermedad, dame las comidas que yo las entrego”, me dijo.

Habían pasado casi dos años desde el inicio de la pandemia. Yo hacía las entregas en las puertas de sus casas, o en la calle, siempre al aire libre. Íbamos con doble tapaboca, caretas, guantes, nos echábamos mucho alcohol. Pero esta vez me paralicé, no avancé y le entregué las comidas para que las repartiera ella.

Le pregunté a La Morocha qué medicinas le hacían falta a Nora, con la esperanza de tenerlas entre las donaciones. Y, al parecer, como no tenía síntomas graves, un médico que vivía en la cuadra le había mandado ibuprofeno y aspirina. Eso encendió mis alarmas. En casa habíamos sufrido el virus, mis suegros y una cuñada estuvieron al borde de la muerte, de modo que conocía el protocolo a seguir. Por eso me extrañó que, a pesar de su avanzada edad, le recetaran solo ibuprofeno y aspirina. Aun así, al día siguiente le llevé un anticoagulante que me habían donado. Era de un enfermo que había muerto.

Me sentía bien por poder ayudarla en algo, pero me decían que estaba empeorando y que habían ajustado su tratamiento con más medicamentos.

Buscaban una bombona de oxígeno.

No pude conseguirla.

Les pedí una a las pocas personas que sabía que tenían una, pero no me la prestaron, porque les daba miedo necesitarla luego y ya no tenerla. Al final, alguien encontró una y Nora pudo usarla. A la semana presentó una leve mejoría. Pero pronto algunas de sus vecinas me escribieron diciéndome que la iban a llevar al hospital.

A las dos horas murió.

Era el 2 de noviembre de 2021.

No he podido regresar a su casa a llevarle donaciones a su hermana. Solo cumplí con ella y con su nieta, en la iglesia. Esa semana no repartimos ayuda. Caridad Carúpano, la organización con la que distribuíamos donaciones, estaba de luto. Era la tercera persona asistida que se nos moría. Sentíamos que con nuestra labor no las podíamos ayudar.

No dejaba de recordar la penúltima vez que fui a llevarle comida a Nora, la semana anterior a la que La Morocha me detuvo en mi recorrido. Esa vez quien salió a mi encuentro fue su hermana. Ahora lo entiendo: Norita ya estaba enferma en ese momento.

Me he preguntado cómo se habrá contagiado. ¿Será que no se quiso vacunar? ¿Quizá por no tener quien la llevara? ¿Por qué no me lo pidió? ¿Por qué no le pregunté? Tal vez el miedo, o la desinformación, no le permitieron ver la necesidad.

Al final dejé de preguntarme tantas cosas, porque sé que Nora está con Dios, con su hija. Al menos sé que su nieta ya está con sus otros abuelitos, quienes no habían sido muy cercanos a ella porque vivían en otra ciudad. Antes de irse, la niña le dejó a La Morocha sus juguetes para que se los regalara a otros niños. Eso me hizo muy feliz.

En medio del duelo, llegué a pensar que lo que hacemos no es suficiente. Me quedé sumergida en casa, sin moverme. Pero a los días me encontré a Pedrito, una persona a la que le damos donativos. Es ciego, sin hogar. Pasaba por la iglesia a la que asisto y me gritó:

– ¿Qué pasó que no viniste la semana pasada? Le comenté al obispo que me dejaste embarcado…

Entonces me di cuenta de que, aunque sea poco, lo que hacíamos podía ser importante para estas personas vulnerables.

Por eso agradezco a Dios.

Y a Nora. A Norita le agradezco por tantos niños y jóvenes que aprendieron con ella. Por recibir a sus vecinos para “echarles una explicadita”. Por haberse hecho cargo de su nieta, por ayudar a su hermana, por ayudarme a mí.

Esto me ha hecho entender que debo seguir con mi misión, así a veces me desespere por no poder hacer más.

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