miércoles, 21 febrero 2024
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Volver a casa es ampliar la memoria

El hecho es que la diáspora por el mundo, circunstancia novedosa en la vida nacional y por responsabilidad del modelo revolucionario en el poder, se ha convertido para los venezolanos en una escara lacerante.

@OttoJansen

En el espacio de Instagram que llevo a cabo con reflexiones de las distintas voces vinculadas al estado Bolívar, intercambio con Manuel, un docente universitario guayanés radicado desde hace cuatro años en Concepción, Chile. El invitado se dedica (fuera del trabajo que le proporciona sustento) a la realización de conferencias motivacionales y a descubrir en la cotidianidad como inmigrante, aquellas temáticas del conglomerado venezolano que ocupa su entorno por distintas vías.

“Volver a casa” es el punto de una especie de debate actual y sobre lo cual Manuel opina, mediante herramientas de investigación: es un enfoque basado en la historia universal de las migraciones, mucha observación del acontecer de nuestro país y sobriedad para no dejar resquicios a la absoluta emocionalidad que tanto se manipula políticamente para mostrar escenarios, por lo general inexactos o ficticios. Dos imágenes con sus premisas correspondientes se asoman a mi perspectiva personal en el transcurso de la entrevista: la primera, que el tema puede resultar la otra cara de la moneda en esa campaña oficialista de que Venezuela se arregló. La segunda, la asociación de conceptos con el filósofo Tzvetan Todorov y sus planteamientos de la inmigración en el texto Miedo a los bárbaros, que se vincula con el discurso que emplea el venezolano en su disertación. Aun así, ambos puntos flotan en la conversación con los elementos que se desprenden del tema, proyectándose todavía más lejos al énfasis del conferencista: “No olvidemos que ser inmigrante no es una moda, y volver a casa, tampoco lo es. Volver a casa requiere de un plan que vaya más allá de un compartir en familia (…) Decisión e integración sea lo que sea y donde sea”, sostiene el conferencista bolivarense ahora residente en Chile.

El hecho tangible es que la diáspora, circunstancia novedosa en la vida nacional y por razones de asfixia económica, social y política del modelo revolucionario en el poder, se ha convertido para los venezolanos en una escara lacerante que, sobre penurias como los salarios y los servicios, no abandona el dolor permanentemente en nuestro territorio. De allí que la reflexión es pertinente. Pretende aprehender con firmeza el carácter de esa condición que no es fácil pero que no puede ser asumida con caprichos, voluntarismo y el lance inmediatista, como para muchos compatriotas lo fue al salir y lo será, probablemente, al regresar. Se trata de saber qué queremos para la vida personal y para el colectivo nacional -en opinión del entrevistado- en la perspectiva de quien se propone volver a casa, luego de la experiencia en otras latitudes que tanto enseñan.

El desafío de una nueva oportunidad 

Destaco unos comentarios en relación con la opinión sobre la práctica de la moral en la política que desde las vivencias en su natal Bulgaria, en la óptica del totalitarismo soviético, hace igualmente Tzvetan Todorov, y que aparecen en la revista española Lecturas Sumergidas. Párrafos que copian casi al carbón contextos que hoy se viven en la patria venezolana y particularmente en esta extensa Guayana: “Aparentemente el régimen reivindicaba determinados valores absolutos -igualdad, libertad, dignidad humana, desarrollo personal, paz y amistad entre los pueblos-, y se suponía que todas las medidas políticas concretas derivaban de estos nobles principios y nos conducían a ellos. Apuntaban a un fin sublime, al futuro radiante y a la sociedad comunista ideal. Pero enseguida entendimos que toda esta construcción no era más que una fachada destinada a camuflar el verdadero orden, que era muy diferente”, nos cuenta el autor. “La consecuencia de esta confusión era la grave erosión de todo el ámbito de la moral”, prosigue, dividiendo a la población en tres grupos, según su manera de responder a la situación: el círculo cercano a los dirigentes, familiares y amigos, que gozaban de todas las ventajas y privilegios; la parte de la población que se ajustó a los valores oficiales y ejerció la vigilancia sobre sus vecinos, compañeros de trabajo y allegados, denunciando a los que se apartaban del redil obligado, y los que optaron por una especie de exilio interior, viviendo de la manera más digna posible dentro de su ámbito privado, fuera de las normas del Partido Comunista, pero manteniendo las apariencias y aprendiendo a recurrir a evasivas a la hora de expresar sus opiniones”.

En la cultura nacional, producto de los procesos que estamos viviendo, quizás empiecen a asimilarse significados tales como sentido de pertenencia, memoria histórica, integración, estado de bienestar, calidad de vida, ciudadanía, civilidad, derechos humanos, carta magna, familia. Son pilares que pensábamos tenerlos y que la crisis nacional nos ha puesto a apreciar su valor y lo esquivo que pueden llegar a ser. Esas circunstancias abren la ruta (de manera muy específica a quienes les llega la hora del retorno) de ampliar la memoria y el conocimiento en función de la sociedad -la Venezuela- que queremos. Citamos de nuevo a Lecturas Sumergidas: “Lo más probable es que, frente a la opresión o a la injusticia, la tendencia natural de la mayoría de nosotros sea someterse y esperar a que pase la tormenta”. Acá, Todorov nos invita a seguir los itinerarios de sus ocho protagonistas, figuras que han transformado su virtud moral en instrumento de cambio, en distintas etapas de la historia reciente.

Es el desafío que a su modo propone el licenciado Manuel Peralta con el tema volver a casa. Hay que decidirse, añadimos, a construir el futuro; sobrepasar la inercia que desembocó en épicas de mentiras y protagonistas con pie de barro que hundiendo al país por acción u omisión, lanzan a la inmigración a millones de venezolanos.