miércoles, 21 febrero 2024
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versus echonería: la búsqueda del equilibrio

Esa necesidad de figurar es una hambruna propiciada por la echonería generalizada. Se podría decir que la echonería es una invitación a la corrupción desde todo punto de vista.

@RinconesRosix 

El argumento más claro que he oído sobre por qué el socialismo es tan desastroso para la economía, viene de una fuente inimaginable, el doctor John Gray. John Gray es entrenador en relaciones de pareja y autor del libro Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus. Recientemente, conversando sobre las desavenencias maritales, Gray dijo: “no me sorprende que el socialismo acabe con la economía, los hombres se meten a flojos y las mujeres se andan jalando los pelos”. (Por supuesto, lo dijo en un estricto inglés que yo he traducido pensando en un receptor de español criollo)

Hay matices de socialismos también en países capitalistas. Sin negar la importancia de los beneficios públicos como herramienta de justicia, la cara más visible de las ayudas estatales es aquella que disminuye al individuo. Con ínfimas cantidades de dinero, acostumbran a la gente a depender del Estado y así someten a pensionados o a los desempleados. De allí viene el círculo vicioso del conformismo y de ese deporte fastidioso de echarles la culpa a los demás.

Es preferible tener más justicia, y dejar los beneficios públicos para quienes realmente lo requieren. Alguien decía hace años, en vez de darle transporte público gratuito a los estudiantes universitarios, ¿por qué no mejorar el transporte para toda la población?

El problema del capitalismo es otro, sobre todo en tiempos cuando se pueden comprar voluntades y la irracionalidad del capitalismo ha crecido al punto de menoscabar las democracias. No se puede tener un capitalismo funcional si los empleos disminuyen y los salarios se vuelven desayuno de insecto.

La izquierda lleva al individuo hacia la flojera, el victimismo y el revanchismo, coloca al individuo en un infantilismo trasnochado. La derecha, por otra parte, juega al darwinismo y a su tribalismo más insensible. Aun así, si me pidieran escoger, prefiero poner a la gente a trabajar y, por otra parte, controlar la competencia desmedida. Pero lo más vital es aupar los valores espirituales de la población y el respeto a leyes democráticas.

Mucha gente se pregunta por qué ambos, capitalismo y socialismo, han funcionado en Suecia y sus vecinos de la región, y aunque tampoco se pueda decir que son perfectos ni mucho menos, ese equilibrio de la izquierda y la derecha ha dado frutos. Pero ese equilibrio no es una imposición estatal, es una filosofía del equilibrio en la vida tanto privada como pública que les viene de siglos, una norma común llamada lagom.

Ellos, al igual que sus países vecinos son de quienes han abogado por mayor eficiencia y menos horas de trabajo. Arguyen que el preservarse en la vida personal y familiar, es más conveniente para la empresa. Una cosa no quita la otra. Esa misma mentalidad se refiere a todo, incluso a su ética y estética de la riqueza. Les gusta viajar, vivir con calidad, vivir bien, pero no tener más de lo necesario.

Ese equilibrio es muy evidente en su comportamiento y comunicaciones interpersonales. Si vas a hablar de ti sobre tus logros, que haya una justificación para esas palabras. Hablar de uno mismo solo por hacerlo crea una competencia innecesaria. Tanto, que para ellos la echonería está entre lo insensato y lo abominable.

Y yo agregaría que es riesgosa, plantea una competencia innecesaria, especialmente cuando la echonería es por camionetotas, prendas, casotas, lentotes, cuentotas, tarjetotas. No hace mucho uno de esos traidores a la Asamblea Nacional se pavoneaba con su recién adquirida camioneta y la periodista Elizabeth Fuentes, quien le estaba sacando la cuenta, decía a través de su cuenta de twitter: “Va a necesitar más, el dinero se le va a acabar”. Así sería su vacío que no perdió “oportunidad” de lanzarse a comprar y comprar con un hambre que lo sobrepasaba en peso. Las camionetotas se convierten en una extensión del yo. “Tengo la camioneta, después existo”. Esa necesidad de figurar es una hambruna propiciada por la echonería generalizada. Se podría decir que la echonería es una invitación a la corrupción desde todo punto de vista.

Sin embargo, la echonería tiene otra cara. En nuestro país, la gente puede estar sacando sus méritos y autoalabarse sólo para hacerle frente a los prejuicios que podrían jugar en su contra. De no hacerlo, sus allegados podrían pensar que no existe. Por ejemplo, si alguien no habla mucho de sus hijos, no se somete a esa escalada de autoalabanza, alguien podría especular sobre problemas. La autoalabanza se convierte en escudo.

Pero insisto en que la echonería es un disparador de envidias innecesarias, que además, promueven la corrupción. No sólo va contra la sensibilidad hacia los otros, sino que nos lleva a perder energías en competencias y valores falsos. Por eso el comentario de la periodista fue implacable: “va a necesitar más dinero”. Es decir, que el hambre no se le iba a acabar, y en eso sigue.

Por eso creo que ese equilibrio interesante de los escandinavos debe estudiarse desde el lagom. Y no es algo tampoco único de ellos. En algún momento hemos intuido esa mentalidad del equilibrio.

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