miércoles, 29 de junio de 2022

Vacunarse contra la pandemia de los corruptos

Hay que persistir en que la Venezuela y la Guayana del cambio únicamente son posibles con elecciones presidenciales y parlamentarias libres y justas. Lo demás es claudicar ante el ostracismo de la usurpación.

Hay que persistir en que la Venezuela y la Guayana del cambio únicamente son posibles con elecciones presidenciales y parlamentarias libres y justas. Lo demás es claudicar ante el ostracismo de la usurpación.

@OttoJansen 

Hay demasiada aprensión en la población: en las comunidades de la Guayana adentro, en los residentes de las ciudades. Cualquier mecanismo de consulta lo evidencia. En todos los venezolanos es arisca la actitud ante materias proclives a engaños, como lo son los temas que la revolución alude en el discurso de su catastrófico gobierno de 22 años. Como también son los mensajes, que se les ha ido embarrando de todo a un cierto ejercicio político opositor, hasta llegar a los engendros (“alacranes” y derivados) que ahora la sociedad contempla con repulsión.

Son momentos en que la crisis social y económica afianza sus torceduras (sin mencionar el horror de la COVID-19) en direcciones inimaginables, como la desaparición de salarios o el empleo decente. Estos no tienen posibilidad de corrección sin la reforma estructural que solo un proyecto político emanado de la libertad, el estado de derecho y de la confianza y mayoría ciudadana pudiera implementar. Aberraciones como el control de las ciudades y municipios que hoy están en manos de los diversos grupos del delito. De la violencia social que trasmuta en indicadores que la inacción y la impunidad impulsan desde la miseria generalizada de los guayaneses posicionándose en la infancia y en la mujer.

En tales circunstancias, la cúpula de la revolución, responsable directa de la crisis, confecciona mecanismos de sostenibilidad de su proyecto al intentar hacer creer a la sociedad hambrienta que es posible la eficiencia de la gestión pública con la misma gangrena de corrupción e indolencia que ha sido característica de sus largos años en el poder. “Volver al voto” para que las trampas mansamente den un supuesto piso legal a sus incondicionales y otorgue minucias a la “oposición” impuesta por ellos mismos. Es una operación (centrada en el reclutamiento de muchos jóvenes, por cierto) para beneficio de los grupos políticos tradicionales y “emergentes”, que han descubierto el manejo de volúmenes de divisas y el tipo de negocios que pueden operar en campañas electorales prefabricadas. Ya hay experiencia.

Ahora, este es un cuadro repetido, sobre todo en los últimos siete años. Lo esencial del hartazgo de Guayana es la evidencia (que las elites partidistas y del gobierno no ven) y que es lugar común de la percepción colectiva: el ciclo político de la revolución colapsó; está en su fase terminal. Pero igual agoniza el modelo partidista anclado en ideas de la inercia. Ese conservadurismo de aparatos electorales, devenidos en franquicias que son las actuales organizaciones políticas, sin vocación por la lucha social y esquiva a las batallas frente a la opresión. La conducta burocrática forjada por décadas, ahora trastocada en vedetismo o fórmula mercantil con la que algunos quieren ser gobernantes locales. El sector político no detecta su decadencia e intenta continuar en el poder o quiere ser gobierno, desde la colaboración con el régimen. Así se prolongan los estertores de una etapa que además de dolorosa, ha sido suficientemente larga con el protagonismo del pillaje, la decapitación de los derechos, la justicia y el desarrollo.

Alcaldías y gobernaciones para la modernidad

Si el tiempo del ejercicio político e institucional se encuentra acechado por la muerte de un ciclo, es obligatorio pensar la función del poder local con enfoques relevantes de transformación y cambios para el presente y el futuro. Por lo menos esta será la posición útil en quienes se asuman como demócratas convencidos del estado de derecho, la libertad y vinculación con la sociedad.

En el estado Bolívar, la Gobernación y las alcaldías son instancias huecas, con titulares invisibles y pintorescos que responden a los intereses propagandísticos del PSUV. No tienen la fortaleza que las leyes le otorgan en el ejercicio democrático y en el cuidado de las comunidades. Ni siquiera son aparatos clientelares (la quiebra del estado los eliminó). La perspectiva por lo tanto no es el rito de los discursos sobre los servicios, ornamentación o tributos que competen al poder municipal. Se trata de encontrar la ciudad con sus múltiples problemáticas y potenciales matices de progreso; logros de la modernidad en el mundo. Para los municipios grandes y pequeños de la región está planteado el salto hacia urbanismos integrales, sostenibilidad económica, proyectos ambientalistas, desarrollo e identidad cultural hiperlocal y amplios espacios para la convivencia y felicidad colectiva. Esto implica proyectos y alianzas de inversión significativa y en el tiempo. Rápida construcción de plataformas tecnológicas y tradicionales que impulsen gobiernos de contacto permanente con la ciudadanía. El requisito sine qua non lo determina la convocatoria renovada (con autoridad moral para hacerlo) a la sociedad regional con todos sus sectores. Solo, repetimos, un proyecto político que se deslinde del autoritarismo con claridad, que muestre visión inteligente y calificada; que se plante con fuerza y con compromiso con la Guayana de la prosperidad, será capaz de generar aspiraciones y logros concretos en ese sentido.

Ya no es posible aupar fantoches gastados o reclutas politiqueros que ocupen la Gobernación y alcaldías; potenciales agentes, además, del Estado comunal hacia donde apunta el régimen. Por eso hay que persistir en que la Venezuela y la Guayana del cambio únicamente son posibles con elecciones presidenciales y parlamentarias libres y justas. Lo demás es claudicar ante el ostracismo de la usurpación, pretendiendo un poder local ficticio y estimulador de la tragedia. ¡A vacunarse!

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