martes, 9 de agosto de 2022

Una analogía cortazariana de la pandemia

El escritor argentino Julio Cortázar (de cuyo nacimiento se conmemoraron 106 años el 26 de agosto) interpreta en el cuento La autopista del sur la conducta humana ante las crisis y concluye que la organización y la empatía son las claves para salir de ellas.

El ser humano, por naturaleza, es un ser social. Además, somos seres políticos, es decir, necesitamos una organización, directrices y normas bajo las cuales regirnos. Julio Cortázar toca estas ideas, en forma de aforismos, en su cuento largo La autopista del Sur que forma parte del libro Todos los fuegos el fuego, publicado en 1966.

El relato de menos de veinte páginas cuenta (ceñido a la tercera persona, pero destacando las impresiones de un ingeniero que funge como protagonista) los acontecimientos desencadenados por un embotellamiento que tuvo lugar a las afueras de París un domingo por la tarde. La trama gira en torno de los conductores de ocho automóviles que el infortunio puso en esa autopista y que verán truncado su objetivo de llegar a París antes del lunes. Confundidos y cansados, optarán inicialmente por no bajar de sus autos e ignorar a los desconocidos que los rodean, diciéndose a sí mismos que la policía aparecerá y controlará la situación. Pero no será así, ya que el atasco se extenderá por días. En este contexto, el escritor argentino hace una brillante interpretación de la conducta humana y de las paradojas de la vida.

En una entrevista, el autor (de cuyo nacimiento se conmemoraron 106 años el 26 de agosto) mencionó que le parecía divertido cómo muchas veces los avances y descubrimientos tecnológicos, que están para ayudarnos, pueden darnos problemas. Esta conclusión explica la frustración de los personajes, quienes habían decidido ignorarse, pero luego, uno a uno, comienzan a bajar de sus autos. Para descubrir que dentro de sus pares no solo hay conductores, sino personas. Con problemas, sentimientos y angustias que fueron extraídas de las rutinas cotidianas y lanzadas a la desesperación de una pausa prolongada. Sin conocer sus nombres y dirigiéndose unos a otros por las marcas de sus autos, logran formar una comunidad que enfrentará, en una escala micro, los típicos problemas de gobierno.

Muchas veces la buena narrativa es aquella que opta por la ficción, los grandes dramas amorosos o los intrincados y profundísimos problemas de la vida. Me es una grata sorpresa encontrarme con historias tan simples, vívidas, reales. Con personajes que casi parecen personas y que disertan la magnificencia de la cotidianidad bajo una circunstancia que puede parecer anodina.

Un embotellamiento nos trunca. Obstaculiza no solo nuestro paso físico sino la fluidez de los pensamientos que reflejan mil y una ocupaciones. Cuando se piensa en el término, evocamos un mar de vehículos con bocinas sonando y castigados por el calor. Pero nuestra sociedad pasa hoy por el embotellamiento más grande que hemos vivido la mayoría de las generaciones que la componemos: una pandemia. En marzo nuestras vidas se detuvieron. Quienes estaban de viaje ahora están retenidos en un lugar donde quizás solo planeaban estar tres días. Otros atascados en sus casas sin bajarse del auto ni hablar con los conductores de al lado. Y otros nos vimos presas de un semestre virtual que no sabíamos que estábamos pagando.

La historia de Cortázar fue publicada en 1966, pero me parece extrapolable al 2020. Me recuerda a esos primeros días en los que nadie salía de su casa, que no queríamos ni ver al vecino y solo esperábamos en nuestra comodidad que el régimen anunciara que la situación fue controlada. En este atasco, somos el auto sin provisiones. Venezuela es el conductor al que nadie quiere hablarle porque tiene mala fama y que no compró suministros para el viaje. La diferencia es que en nuestro auto hay millones de personas. Nuestro panorama es muy poco convencional.

Nos relacionamos sin saber nuestros nombres, pasamos por el lado de muchas personas y ya ni tenemos una visión más o menos precisa de sus rostros porque solo alcanzamos a ver los tapabocas que pasan de manera célere a nuestro alrededor. Después de leer su libro, creo que Cortázar diría que la única solución válida para un embotellamiento es la unión social. Parece mentira. Nos reímos de esos anuncios que rezan “Estamos juntos en esto”, pero si bien el anunciante lo crea o no, cada uno de nosotros es responsable de cuidarse a sí mismo para poder preservar la salud de los otros.

Recordé esos primeros días de la pandemia en los que el objetivo era comprar hasta el último potecito de alcohol en gel. Para luego pasar por el papel sanitario y las cajitas de Atamel. Éramos capaces de pelear con cualquiera que se interpusiera en nuestro camino. En esos momentos no nos detenemos a pensar en que si acaparamos todos los antibacteriales del país, se los estaremos quitando a otras personas que luego podrían contagiarnos y que ante muchos infectados el alcohol en spray es bastante débil. No seamos el señor del Caravelle que decide acabar con todo. Ni los muchachos del Simca que roban provisiones. No seamos los usuarios del Porsche que revenden los productos de primera necesidad.

Página a página encontré más analogías. Sin duda, vivimos en un embotellamiento global. Podemos ser participantes activos y responsables o escorias. Saber desenvolverse es lo que hará este período de nuestras vidas fácil o difícil de sobrellevar. Si algo aprendí de la historia, es que la empatía es fundamental en estas situaciones de emergencia. Soy afortunada porque la enfermedad y la emergencia sanitaria no me han arrebatado a nadie, pero alrededor de nosotros no hay solo casas, no hay solo cuerpos en movimiento: hay personas. Personas como nosotros. Con miedo, angustias y que no tuvieron la mínima intención de vivir esta situación, pero que la vida puso a las afueras de París un domingo por la tarde. Aquí estamos. Y aunque no lo creamos, necesitamos del otro. Necesitamos del médico que se levanta todas las mañanas arriesgando su vida, de las enfermeras, de los vendedores de comida, de las farmacias abiertas. En fin, en esta situación, es cuando podemos comprender que, aunque nos sentimos dueños y señores del mundo, llenos de independencia y libertad, la verdad necesitamos del otro.

Leí una buena historia, con buenos recursos y personajes que sin saber su nombre se han quedado en mi memoria, pero esos hallazgos los he hecho otras veces. El milagro no es solo leer un buen libro, es leerlo en el momento exacto. Ahora que las madres se unen para no enviar a sus hijos ante la posibilidad de retomar clases presenciales. Ahora que los médicos arriesgan sus vidas y que las colectas para recaudar dinero a través de las redes sociales para un enfermo no paran de llegar. Es en este momento cuando más creo que podemos aprender de La autopista del Sur. No solo de sus situaciones, sino de las reacciones humanas que Cortázar pudo predecir a la perfección.

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