martes, 5 marzo 2024
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Un puente entre Upata y Tokio

A un upatense ejemplar, llamado Carlos Rodríguez Jiménez, se le ocurrió la idea de estrechar vínculos culturales entre Hispanoamérica y Japón en la primera mitad del siglo XX.

@diegorojasajmad

Las relaciones entre Japón e Hispanoamérica se presentan de forma recurrente en las historias de la literatura.

Se menciona, por ejemplo, al mexicano José Juan Tablada (1871-1945) como el introductor del haikú y la poesía visual en nuestras letras. Con ello, se dice, hubo una renovación de la literatura y se dio el impulso necesario para que las vanguardias empleasen nuevos formatos y lenguajes en su afán por la innovación y la originalidad.

Tablada no fue el único. También lo había intentado Rubén Darío (1867-1916), con sus exotismos y “japonerías”, al igual que el resto de los modernistas, anteriores y posteriores al nicaragüense, para quienes el Oriente representaba el nuevo escenario de su imaginación.

Sin embargo, en esta labor de construir puentes entre uno y otro continente poco se menciona al upatense Carlos Rodríguez Jiménez (1899-1995).

Rodríguez Jiménez, luego de un largo viaje que duró un mes, pudo llegar a Japón en 1931 para ejercer funciones como cónsul general de Venezuela.

Ya en Japón, y a la par de su labor de promoción de relaciones comerciales entre ambos países, puso también empeño en el fomento del arte y de las letras hispanoamericanas en la región asiática.

Por ese motivo se propuso fundar una revista llamada Asia-América, cuyo primer número apareció en 1935. Según Norbert Molina Medina, en su libro Historia de las relaciones diplomáticas Venezuela-Japón (1938-2008), la revista Asia-América era gratuita, ilustrada, alcanzó los 35 números y en ella se publicaban textos en español, inglés, japonés y portugués, “brindando de esta manera durante cuatro años la más variada publicidad e información sobre temas comerciales, estadísticos y culturales”.

No solo fue una revista. Carlos Rodríguez Jiménez amplió este proyecto fundando además una colección de libros, “Ediciones Asia América”, con la intención de proyectar la literatura hispanoamericana en Japón. La colección incluía los géneros de novela, cuento, ensayo, teatro y poesía.

Llegó a publicar varios títulos, entre ellos:

Guía de la joven poesía ecuatoriana, de Jorge Carrera Andrade.

Campanero y Yocoima y otros poemas, de Carlos Rodríguez Jiménez.

Orestes y yo (drama en tres actos) y Antropofagia, del escritor chileno Juan Marín.

– Canciones del litoral (poemas), de Gregorio Castañeda Aragón.

Este proyecto tuvo tan buena acogida entre los escritores hispanoamericanos que se formó una lista de futuras publicaciones, entre las que se contaban: Sismo (poemas), de Augusto Sacoto Arias; Descubrimiento del alba (poemas), de Xavier Abril; Tiempo al tiempo (ensayo), de José Luís Sánchez Trincado; Dibujos del Japón y Corea (colección de 24 dibujos originales en colores, por el artista español don Euda Ido Serra Güell, en reproducción litográfica y en bloques de madera al estilo japonés. Con introducción por don Jorge Carrera Andrade); Dramas (colección completa), por María Cova Fernández; Escala de la renunciación (versos), de R. Olivares Figueroa; Canaima (ensayo crítico), de J.M. Siso Martínez; y Microgramas (precedidos de un ensayo sobre el micrograma y seguidos de una selección de haikús japoneses), de Jorge Carrera Andrade.

Sin embargo, termina diciendo Norbert Molina, “al comenzar en 1941 la Segunda Guerra Mundial, quedaron inéditas”.

Ese año sucedió el ataque de Japón contra los Estados Unidos, el conocido episodio de Pearl Harbor, y Venezuela rompió relaciones diplomáticas con el país oriental. Carlos Rodríguez Jiménez logró salir gracias a un canje de prisioneros, y dio la vuelta al mundo para estar de nuevo en Venezuela en el segundo semestre de 1942. Pero esa es otra historia.

Hace varios años tuve la ocasión de revisar en la Biblioteca Nacional de Venezuela, en el archivo de la Casa Amarilla y en la Academia Nacional de la Historia, algunos ejemplares de esa colección de Ediciones Asia-América.

Eran libros con portadas sobrias, formato pequeño y diseño elegante.

De la revista, que he buscado en varios archivos, no he podido ver ni siquiera una reproducción facsímil de alguna de sus portadas.

Recuerdo a Leopoldo Villalobos, periodista y cronista de esta ciudad, siempre interesado en hallar esa publicación periódica hecha por Rodríguez Jiménez, invitándome a hacer lo mismo.

Leopoldo no tuvo la ocasión de cumplir con su deseo.

Yo sigo en la búsqueda.

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