viernes, 23 febrero 2024
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Tongo en el “Oscar”

Por lo visto todo vale para revitalizar un espectáculo frívolo, decadente, insustancial, producto de un concurso no siempre imparcial, como ha quedado al descubierto en varios escándalos. Que cada día divierte menos y a menos gente.

Tongo es la controversia bufa, falsaria, simulada.

El combate o la contienda previamente pactada de manera tácita o de forma expresa. A cambio de dinero, publicidad, miedo, por la cochina política o por cualquier otra causa innoble. Las mujeres y hombres que amamos la sana competencia del músculo evitamos llamarlo por su nombre y si lo hacemos, antes nos santiguamos, aunque seamos ateos.

Los primeros tongos, bien documentados por la Historia, fueron los orquestados por los emperadores romanos, Cayo César Augusto Germánico Calígula y César Marco Aurelio Cómodo. Este último, según relata Dión Casio, “ganó” como gladiador, invicto a lo largo de 700 combates sucesivos (Putin no ha inventado nada, con sus exhibiciones de judoca para los fotógrafos). Igual o superior desempeño deportivo registró “Incitatus”, dilecto caballo de Calígula, como lo testimonian Tácito y Suetonio. Los demás competidores, en los tres casos citados, sabían a lo que se exponían de atreverse a terminar victoriosos.

Tongo fue la derrota arreglada, por dinero, de Jack Huracán Johnson ante Jess La Esperanza Blanca Willard, 1915, La Habana, Cuba. Cassius Clay o Muhammad Alí fue subproducto del “tongo”. En sus dos combates contra el Oso Feo Sonny Liston, este último, estaba comprado o amenazado, como Foreman en su pretendida epopeya contra Alí, en Kinshasa, a pesar de lo que escribió sobre la refriega Norman Mailer, en The Fight. Mailler protagonizó su propio tongo con el libro, pero es esa historia que relataremos otro día. La trifulca a finales del año pasado entre Canelo Álvarez y Caleb Plant, en la ceremonia previa al campeonato que se proponían disputar, fue un tongo publicitario, mal montado, porque no hay ninguno que se le escape al ojo u olfato del verdadero conocedor.

Cuando el actor Will Smith le encajó a Chris Rock su pescozón, en vivo por TV, en medio de la ceremonia de los premios Oscar de esta semana, a las divinidades griegas, tutelares del milenario pugilato, se les escuchó clamor de unánime reproche.

¿Es que el señor Smith, en el levantisco Philly, del oeste de Filadelfia, con sus legendarios enfrentamientos entre la policía y la agrupación MOVE, para no mencionar otras expresiones de violencia, no asimiló los rudimentos básicos, del arte de pegar y no dejarse pegar, indispensables para sobrevivir en ambientes hostiles?

¿Cómo es que un grandulón, de 90 kilogramos o más, le estampe un sonoro derechazo a quien tiene mucho menos contextura física y el agredido, en lugar de rodar por el suelo, devuelva una sonrisita? “Los puños de niña me saben a piña”, respondíamos los venezolanos de otro tiempo, a quienes como el señor Smith, no exhibían pegada fulminante ¿Cómo no ejercer esta última, con autoridad si la propia víctima, milésimas de segundos, antes de la hipotética agresión hizo genuflexión, como una geisha ante Smith y para mejor ángulo del fallido noqueador, colocó sus dos manos entrelazadas en la parte inferior de su espalda?

Por lo visto todo vale para revitalizar un espectáculo frívolo, decadente, insustancial, producto de un concurso no siempre imparcial, como ha quedado al descubierto en varios escándalos. Que cada día divierte menos y a menos gente.

Años atrás, otro certamen igual o peor de banal, pretendió similar treta publicitaria, con el ficticio error garrafal de un presentador que se prestó para la farsa.

Por lo pronto, plausible que el televidente del siglo XXI, se centre en la diversión formativa, pedagógica, menos intrascendente, con la consiguiente mejor inversión de su tiempo libre. Censurable, que cualquier show de TV para detener su declive en las mediciones, recurra a un fementido episodio de violencia entre dos famosos. Ahora pretenden abrir debate sobre la justificación del manotazo o de la broma pesada que supuestamente lo desencadenó.

El graderío se encrespa cuando se ultraja la noble disciplina de fistiana.

“¡Tongo, tongo, tongo!”.