sábado, 2 de julio de 2022

¿Solo los políticos son culpables?

Los venezolanos hemos experimentado en carne viva que las dictaduras tienen otros códigos, que hacen evidente que la centralización y concentración del poder destruye toda institucionalidad.

Los políticos son culpables de todo lo malo, negativo, execrable y nefasto que ocurre en la sociedad. Son juzgados con extrema crueldad y no les asiste el derecho a réplica y mucho menos a la defensa. Sus acusadores son todos los miembros de la sociedad, quienes frente a cualquier problema, desaguisado, ineficiencia o falta de información solo tienen en mente al político como responsable. Este tribunal que funciona en cada esquina, casa, calle o bar dicta sentencia a ese sospechoso habitual, cuyo único delito es ser militante de un partido.

Puede concluirse que el político es el pagapeo en la dinámica de cualquier sistema social, en especial de la democracia. En este sentido, los venezolanos hemos experimentado en carne viva que las dictaduras tienen otros códigos, que hacen evidente que la centralización y concentración del poder destruye toda institucionalidad, arrasa las libertades y reprime y cercena la disidencia: elementos esenciales para que los partidos políticos puedan existir, organizarse y cumplir las funciones que les son inherentes.

Porque la política -y en esto hay coincidencia entre sus estudiosos- es una actividad superior, que asegura la cohesión y la unidad social, pese a la heterogeneidad o diversidad de intereses, y fija los objetivos generales y comunes de la sociedad. La política también afianza la unidad estatal y hace que los miembros de la sociedad vivan juntos, a pesar de los conflictos que puedan enfrentarlos.

Esto es así. Sin embargo, cualquier individuo que busque enarbolar su impoluta honestidad, inicia su intervención dejando en claro “que no es político, que no milita en ningún partido”. Es una declaración de honradez y pureza, nunca contaminada por algún coronavirus del impudor, agazapado en esa sentina de la politica y los partidos.

Cuando escucho a esos juzgamundos espetando sus veredictos inapelables suelo preguntarme ¿Qué harían esos implacables jueces si no existiesen los políticos? ¿A quién culparían? Estas interrogantes me las formulo al entender que el ciudadano común y corriente, el de a pie es también político cuando “interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo” (DRAE).

El ser humano que vive en democracia está siempre opinando, denunciado, cuestionando, criticando, acusando, exigiendo, tanto en su cotidianidad como a través de los medios de comunicación social, amplificadores de aquellos gerundios que expresan las acciones de una ciudadanía que ejerce como tal en las naciones libres. En dictadura, como lo sufrimos en Venezuela, no es posible ejercer a plenitud este rol ciudadano, al estar constreñidos por las amenazas de una elite dominante que reprime todas las libertades.

En estos regímenes totalitarios se ejerce una hegemonía absoluta, mediante la imposición del silencio a una población que está obligada a moverse de acuerdo con la voluntad de la cúpula, que la lleva y la trae según su necesidad de darse un baño de masas y mostrarle dientes y garras al enemigo. Cualquier crítica o cuestionamiento es penalizado por la macolla. Esa que usa la mentira y el miedo para acallar, adormecer y embrutecer a sus fanáticos y famélicos seguidores.

La élite, en el caso venezolano, igual convierte al político en culpable de todo lo negativo, funesto o pernicioso que ocurra. La macolla aterrajada -en el ejercicio totalitario y absoluto del poder- culpabiliza a la disidencia democrática de sus incompetencias, ineficiencias y fracasos. Son los mismos que destrozaron sueños, ilusiones y esperanzas de manera deliberada e igualmente destruyeron los logros tangibles de una democracia, que en 40 años alcanzó un desarrollo cultural, espiritual y material que otros países anhelaban.

En 21 años nos han despojado, incluso, de nuestra condición de ciudadanos. Inhabilitados, silenciados, empobrecidos y sumisos estamos perdiendo capacidades para expresar emociones básicas como la rabia y el dolor. Lo cual es consecuencia de los avances en la destrucción de nuestra condición de animales políticos, como calificó Aristóteles al género humano.

Agridulces

En tiempos de pandemia por el Covid-19 despliegan una nueva campaña publicitaria que busca colocar al interferón en el mercado de la emergencia. Desde 1981 existe este milagroso medicamento cubano, que cura el cáncer y otras patologías de igual gravedad. La ciencia mundial trabaja a marcha forzada para encontrar la vacuna contra el coronavirus, y aparece el epulón con esta panacea castrocomunista que todo lo cura.

Más del autor

¿Arrulla la pobreza?

Mariela Mendoza y los libros

Redes y universidades

¡Síguenos!

Notas relacionadas

spot_img