jueves, 30 de junio de 2022

Entre el llamado y los fantasmas

El declive se inicia desde el momento en que se infringen las mejores leyes de la manada, y este colapso es visible y peligroso, cuando los iluminados de la nación son incapaces de contener el derrumbe moral.

El declive se inicia desde el momento en que se infringen las mejores leyes de la manada, y este colapso es visible y peligroso, cuando los iluminados de la nación son incapaces de contener el derrumbe moral.

Sobre los Estados Unidos tengo tiempo escuchando la frase de que a cada imperio le llega su fin. La noción del florecimiento o auge, el esplendor y la caída están ligadas al concepto lineal del tiempo, por una parte, y al poder y la influencia cultural por el otro. Pero si partimos de premisas más cercanas a la conciencia, es posible que esa línea sea más dinámica de lo que parece. Si se le pregunta a un conocedor de la historia de Egipto, Persia, Atenas, Roma, España, Francia o Inglaterra, en qué período hubiese preferido vivir, las respuestas serían más variopintas de lo esperado. La hermana Wendy Beckett, una conocida crítica de arte religioso, seguramente hubiese ubicado el ápice de Inglaterra en algún punto de la edad media, cuando la gente se despertaba al sonar de las campanas y entonaba los cantos espirituales que los unían en comunión.

Y no deja de tener sentido. Podría decirse igualmente que la violencia expansiva de una nación es su verdadera caída. Después de todo, y a pesar de que las invasiones fueron rutina en la Europa occidental, nada se compara con la práctica imperial, de la que Inglaterra no fue la excepción, de tolerar o entrenar a sus ciudadanos para cometer crímenes contra la vida y la humanidad de sus víctimas. La mancha queda. Y aun cuando una nación haya desarrollado el más excelso texto legal, se haya inspirado para forjar el bien común, por otro lado, estará marcada por la tentación de recurrir a la violencia y sacudirse la piel hasta hundirse en la bestialidad. El declive se inicia desde el momento en que se infringen las mejores leyes de la manada, y este colapso es visible y peligroso, cuando los iluminados de la nación son incapaces de contener el derrumbe moral. Los desenlaces pueden ser imprevisibles.

En los Estados Unidos, el gustico por la muerte regresó de los escombros de la Guerra de Secesión, en el siglo 19, con el propósito de acabar con la institucionalidad democrática. El movimiento MAGA persigue retomar el camino de los perdedores de la Guerra Civil y acabar con el sistema de libertades. La mancha de ese país no fue únicamente la esclavitud y la matanza de los aborígenes americanos, sino de haber aplastado a cualquier indio o negro* que se haya “atrevido” a ganar dinero o elecciones a cargos públicos. Po ejemplo, no conformes con haberles quitado las tierras a los indios y haberlos lanzado a tierras yermas como las de Oklahoma, cuando esa población lograba hacer fortunas con esas mismas tierras devenidas en pozos petroleros, el poder los fue asesinando hasta arrebatarles sus propiedades (ver Osage). Por no decir que el primer golpe de Estado premeditado, semejante a la intentona golpista del 6 de enero del 2021, tuvo lugar a finales del siglo 19. Ocurrió cuando supremacistas blancos armados asesinaron a representantes negros electos en Wilmington, Carolina del Norte, donde la población descendiente de esclavos vivía en paz y eran prósperos. Lo anterior, por cierto, es un mensaje para aquellos jala mecates venezolanos que andan creyendo en cuentos de superioridades.

Lo insólito y a lo que es difícil acostumbrarse, es que estos fantasmas regresen disfrazados de slogans que la gente se pone en las franelas o publican en pancartas. Así como lo es el fulano slogan MAGA para los gringos, así es la llamada “Revolución” de Venezuela. Un retroceso lamentable a la mancha venezolana de violencia, al caudillismo y las montoneras del siglo 19, a los cambios de constitución a capricho y al refrito de la economía socialista.

En el presente, son varios los imperios o eximperios, como se les quiera ver, que pueden verse en el espejo de la Rusia de Putin. Son países que pueden ver el precipicio que tienen frente a sí. Están ante la disyuntiva de soltar las cargas pesadas y escandalosas de su historia o aferrarse a ellas. Por ejemplo, la Gran Bretaña debe decidir qué hará con la complacencia grosera que ha tenido con las fortunas del entorno de Putin. Los ingleses apoyan a Ucrania, y están prestando atención a si su gobierno realmente va a asumir los costos de romper con el dinero ruso. Tomar una decisión implicaría renunciar a unas prácticas financieras que les han “prolongado” sus privilegios imperiales. A diferencia de los Estados Unidos donde está mucho más claro el panorama, en Inglaterra no. La gente desconfía del partido conservador, sabe de la corrupción, pero teme igualmente a las soluciones radicales planteadas por los laboristas. Mientras siguen con el juego trancado, el tiempo corre y la olla de los resentimientos e injusticias aumenta. Una decisión sobre a dónde dirigir el país, puede ocurrir por accidente y eso sería nefasto. No les queda mucho tiempo. Les toca reinventarse para retomar el rol que se espera de ellos, ser un verdadero muro de contención ante las amenazas de autócratas.

(*) Para los lectores en el exterior: la palabra negro no es una palabra peyorativa en el hablante venezolano. Como ocurre con las palabras en general, es el contexto el que determina la intención de uso

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