domingo, 3 de julio de 2022

Papel aguanta todo

Tanto los votantes como los abstenidos expresaron, cada uno a su manera, un rechazo a los veintidós años de brutalidades, barbaridades, extralimitaciones y arbitrariedades padecidas por la nación en toda su geografía, actividades y sociedad. El voto castigó a la dictadura y la abstención probó que la gente no cree en ellos para nada.

Tanto los votantes como los abstenidos expresaron, cada uno a su manera, un rechazo a los veintidós años de brutalidades, barbaridades, extralimitaciones y arbitrariedades padecidas por la nación en toda su geografía, actividades y sociedad. El voto castigó a la dictadura y la abstención probó que la gente no cree en ellos para nada.

Se calmó la diatriba sobre la payasada electorera; y ya se hubiera olvidado si no estuviera de por medio la intervención del supremo desestabilizador del país repartiendo injusticia descaradamente. Es inútil disertar sobre el asunto, porque cualquier estudiante de la materia se da cuenta del exabrupto jurídico usado para defenestrar una situación que el pueblo soberano -despreciado según costumbre- definió de manera clara y espontánea.

De la infructuosa acción a la que fuimos llamados quedaron demostradas varias realidades muy penosas y nada estimulantes para ninguno de los afectados. No obstante, hay una cosa absolutamente translúcida e indiscutible: mientras esta gente esté en posesión ilegítima del predio, no hay ninguna posibilidad de sembrar nada que florezca o de frutos, salvo rastrojo.

Hay varias impresiones. La primera es que tanto los votantes como los abstenidos expresaron, cada uno a su manera, un rechazo a los veintidós años de brutalidades, barbaridades, extralimitaciones y arbitrariedades padecidas por la nación en toda su geografía, actividades y sociedad. El voto castigó a la dictadura y la abstención probó que la gente no cree en ellos para nada.

Lo segundo se traduce en el repudio expreso al tirano y su séquito que han ahondado las tropelías producidas por el fallecido, en los primeros nefastos años, hoy preñadas.

Los numerales uno y dos no son sorpresivos porque el pueblo, menos algunos enchufaditos y otros cándidos románticos manipulados por su ignorancia y falta de luces, han percibido que la narrativa y ejecución de estos resentidos vernáculos, y los demás foráneos, no nos conducen sino al atraso y a la esclavitud tanto mental como anímica.

La tercera lectura es de una importancia vital, y es, además, deprimente y escalofriante por sus consecuencias y, hasta ahora, resultados.

Las profundas divisiones y vanidades personales de la oposición han sido perniciosas e improductivas. Todos los dirigentes pretenden imponerse unos sobre otros, y la arrogancia, muy parecida a la del cucuteño, no les permite tener transparente el panorama que tienen por delante. Tampoco quieren reconocer, o reconocen, el peligro y el enemigo. Son blandengues y acomodaticios. No osan correr riesgos y carecen de un plan o propuesta alternativa seria al planteamiento socio-comunista; un asidero que sea atractivo y coherente para el pueblo.

La misma politiquería hueca, casi, usada por el gobierno dictador. Una pobreza o carencia de ideas que dan lástima, y pena ajena.

Desafortunadamente para todos los habitantes de esta tierra de gracia no hay a quien seguir ni escuchar. Los planteamientos son áridos o conceptuales principistas demasiado teóricos; muy sonoros pero imprácticos.

A lo menos, hay que volver al espíritu de diciembre de 2015 o a la pasión de 2016 cuando la gente se estimuló y entusiasmó. Esas oportunidades se desaprovecharon y se diluyeron en argumentos retóricos; y la población se decepcionó desengañada. No debe extrañar la ausencia de emoción por ejercer un derecho. La abstención no fue por apatía sino por realismo doloroso de saber el final. Sin embargo, toda regla tiene su excepción. Excepciones, mejor dicho.

Como dijo alguien conocido: solo importan quienes cuentan los votos. En democracia es diferente, porque hay respeto por la opinión de todos.

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