martes, 28 de junio de 2022

Pablo Iglesias y su casta podemita

Un sujeto de esta calaña ha convertido la política de nuestra madre patria en un chiquero y en un galimatías. Esa suerte de mafia llamada Podemos a cuya cabeza está el capo del moño piche, es aliada de las dictaduras más sanguinarias.

En la prensa española la imagen más repetida es la de Pablo Iglesias, con su moño despeinado y sucio recogido con una liga. Un día sí y otro también, los close-up del vicepresidente segundo del gobierno de coalición entre el Partido Socialista Obrero Español y Podemos inundan las primeras planas de los periódicos españoles a los que tenemos acceso en la tiranía bolivariana, que bloquea medios nacionales e internacionales, discrecionalmente, en función de sus paranoias socialcomunistas.

Esa cara enmoñada, que corona un estilo desaliñado y mugroso, asalta por re o por fa estos portales, siendo portadora, normalmente, de malas nuevas y viejas malas. Porque tanta exposición mediática ha hecho que le metan la lupa a su ascendencia, que tiene en su abuelo a un personaje extremadamente polémico y ambiguo, que genera más dudas que certezas como su propio padre. El mismo que se ha querellado contra los que han desnudado un pasado cargado de acciones sino deleznables, al menos cuestionables y criticables. En este primer acercamiento al moñudo personaje, podemos decir que la cosa es de familia, como las taras.

Un sujeto de esta calaña ha convertido la política de nuestra madre patria en un chiquero y en un galimatías. Esa suerte de mafia llamada Podemos a cuya cabeza está el capo del moño piche, es aliada de las dictaduras más sanguinarias del planeta, Venezuela e Irán, entre otras. Las mismas que le han financiado sus campañas electorales y programas de televisión, como La Tuerka. En ese intercambio entre los peores, los podemitas han asesorado a los regímenes dictatoriales de nuestro continente, mediante empresas con nombres rimbombantes como “Neurona”, hoy investigadas por corrupción en España.

La cúpula podemita ha sido beneficiada -con extrema generosidad- por todo el sistema medial español desde que irrumpió en la escena política en 2015. Mimados, lisonjeados, alabados, adulados, ensalzados, aplaudidos en platós de televisión, en la prensa escrita, en las emisoras radiales, en las redes sociales, et al, supieron aprovechar todo cuanto esa gratuita obsecuencia les proporcionó. De suyo, aquello los situó en el imaginario colectivo de una audiencia primermundista, pero todavía proclive a arrodillarse ante caudillos providenciales socialcomunistas, como primitivos sudacas subdesarrollados y en guayuco.

El bipartidismo fue jamaqueado con la irrupción de este grupete de extrema izquierda y de un feminismo ultroso. Tanto que en una de las últimas elecciones fueron sorprendidos por una derrota que no esperaban. Las encuestas le daban un triunfo incontestable, pero se quedaron vestidos y alborotados, rumiando su dolor, lamiéndose las heridas, pero dispuestos a seguir en la pelea hasta morir o vencer. Para lo cual cuentan con el apoyo irrestricto de élites culturales, de cierta intelectualidad, de la casta universitaria, de medios y periodistas y de la izquierda caviar con todos sus disfraces.

Lo cierto es que, con los más desastrosos resultados electorales, Iglesias llegó al poder de la mano de otro nefasto personaje, como es Pedro Sánchez -falso, mentiroso y plagiario- que se ha rodeado de una cáfila de indeseables, iguales o peores que él. Instalado en el trono, tanto él como la oficinista-camarada-compañera, Irene Montero, y otros activistas de Unidas-Podemos, no tardaron en dejar claro que estaban allí para detonar explosivos C4 en las estructuras medulares de la democracia española. Se infiltraron para cumplir el mandato comunista de destruir -desde adentro- lo que tanto odian, aunque para ello tuvieran que sacrificarse como ministros y vicepresidente, así sea segundo.

El sacrificio ha sido enorme para la casta podemita. Sólo a manera de ejemplo, Pablo Iglesias se vio obligado a mudarse de la aristocrática Vallecas al suburbio chabolista de Galapagar, dejó de “enseñar” en La Complutense -teatro de operaciones del ñangarismo ibérico- para aposentarse en los sillones ergonómicos y aterciopelados de la vicepresidencia y la diputación, con un sueldito de hambre de 8 millones de euros y cien asesores a su exclusivo servicio. ¡Eso es como mucho con demasiado para un revolucionario de la estricta observancia, cuya tarea esencial es patear la calle de día y de noche!

Justo son esas calles las que están incendiadas en Madrid y Cataluña -por ahora- para defender hasta la muerte al tocayo del moñudo. Un rapero de nombre Pablo Hasel, que exalta con profunda convicción a ETA, a Al Qaeda y a todos los terroristas que asesinan en el mundo mundial. Suficiente para que la progresía socialcomunista se abroquele en torno al presunto artista, del que Diaz Ayuso afirma que “tiene tanto arte como cualquiera de nosotros en un karaoke y con unos palos encima”.

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