viernes, 19 julio 2024
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Odio, hambre y miedo

Como el odio oficial no envenenó la mente de los venezolanos a su imagen y semejanza, entonces el psiquiatra decidió legislar. Es así que desde la AN nos propinan un tabanazo estatutario, denominado: Ley contra el odio, por la convivencia pacífica y la tolerancia (2017).

Cuando todavía el odio no había sido motivo para perpetrar una ley, fuimos silentes espectadores de cómo era la pimienta y la sal de toda soflama revolucionaria, espetada desde los aparatos fonadores de la élite dominante. Esa que cumple al pie de la letra las directrices de los capos que tienen la sartén por el mango en esta nación. Narcotizada por el castrocomunismo, ahíta -al inicio- de petrodólares y fanatizada por los panegíricos y sermones de un histrión con incontinencia verbal. Miles de horas en cadena nacional intentaron sembrar en el alma nacional la peligrosa semilla del odio más venenoso que sirviera de estupefaciente para naricear a los venezolanos y convertirlos en recuas, para manejarlos a su antojo.

Después de un cuarto de siglo y al haber tenido la posibilidad de monitorear lo que ha pasado en este tiempo, me arriesgo a decir que la cúpula fracasó en su estrategia perversa de llenar de odio la psiquis de nuestros compatriotas. Con el hambre -otra pérfida maniobra de control- lograron expulsar a más de nueve millones de venezolanos, que hoy se distribuyen en 90 países de este planeta. Eso es evaluado en las entrañas del socialcomunismo como un éxito, pues emula lo que pasó en la URSS a partir de 1917, en China y, claro, en la metrópoli cubana. De donde han sido expulsados millones de seres humanos en 65 años de revolución.

Otro elemento administrado por la macolla, y del que se ha servido para llevar adelante sus más criminales maldades es el miedo. Al que ha recurrido -incluso desde los primeros tiempos, en plena luna de miel- cuando una población hipnotizada, obnubilada y embelesada se dejaba llevar como una veleta por los caprichos del mandón. El miedo fue usado desde el primer momento para inhibir el disenso, la discrepancia, la diferencia, la crítica, y así evitar la controversia. Esa que tanto molesta al “unanimismo”, indispensable para las satrapías izquierdópatas.  

En la medida que el socialismo del siglo XXI se enquistaba, el miedo se acentuó. Del hostigamiento se pasó a la persecución por parte de los organismos de seguridad. Que se multiplicaron -colonizados y escrupulosamente tutelados por el G2 cubano- que sabe de cabello, porque es su especialidad. La paranoia cupular acosa a cualquiera que le resulte sospechoso, la represión está desatada y a las cárceles van a parar venezolanos inocentes, algunos de su mismo bando.

Un régimen que administra el hambre y/o el miedo para controlar y castigar está haciendo uso de su odio más enconado contra el pueblo, en nombre de quien dice gobernar. Porque “el odio es una emoción que expresa gran aversión y hostilidad y en sus formas más graves y permanentes llega a ser completamente irracional. Es destructivo y agresivo”. Se trata de una definición psicológica, que retrata de cuerpo entero hasta dónde el odio ha marcado la acción de esta tiranía contra los habitantes de este país.

Cuando el Estado tiene consagrado el monopolio de la violencia también cuenta con la más absoluta discrecionalidad para su ejecución, algo que constituye un serio peligro si está en las garras de tiranos. Todos odiadores del género humano. Al que engañan, humillan, desprecian e instrumentalizan para asaltar el poder, montados sobre sus necesidades y esperanzas. Una vez logrado su objetivo, el poderoso encumbrado, vierte el odio en todas sus formas y manifestaciones, como: aborrecimiento, abominación, resentimiento, animadversión, rencor, encono, rabia, inquina, saña, acrimonia y hasta repugnancia.  

Como el odio oficial no envenenó la mente de los venezolanos a su imagen y semejanza, entonces el psiquiatra decidió legislar. Es así que desde la AN nos propinan un tabanazo estatutario, denominado: Ley contra el odio, por la convivencia pacífica y la tolerancia (2017). “Un mamotreto legal calcado de las leyes nazis alemanas y de las comunistas de Cuba”, tal como lo afirma Gehard Cartay.

Cuando la estampa del fiscal se asoma en los medios o en las redes, lo que sale de su boca es el delito de incitación al odio, que al parecer es más grave que el homicidio o el asesinato. Es como atrapar en flagrancia a un individuo, quien es esposado, sometido y encarcelado. Lo desaparecen y le niegan el derecho a la defensa y ni siquiera permiten que lo vean sus familiares. Ni los asesinos más crueles ni los más desalmados corruptos son tratados de esa manera.

Agridulces

El alacranato firmó el acuerdo del CNE. Estaban obligados. No así Edmundo González Urrutia ni Enrique Márquez Pérez, quienes no son parte de la comparsa, tienen criterios y han mostrado su autonomía para enfrentar a la dictadura socialcomunista.