viernes, 23 febrero 2024
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Niegan sufrimientos e ignoran la Constitución

Se edulcora el padecimiento de los guayaneses y el planteamiento del rescate del orden constitucional parece insustancial cuando lo que se expresa en los hechos es apoyo a la violación a la Constitución.

@ottojansen

Maripa, capital del municipio Sucre, es una de las jurisdicciones del extenso estado Bolívar con mayor dispersión de población en sus cinco parroquias e innumerables caseríos. Con ruralidad entronizada en la pobreza por décadas, acrecentada por indolencia, corrupción y promesas incumplidas que ha dejado la revolución en estos veinte años de “gestión pública”, sin medios de comunicación y con una economía que ha dependido con más penas que glorias de la agricultura (ñame, plátano y yuca han sido sus productos de mayor siembra), ahora cuenta con el “patronato” -según versiones de vecinos de aquellos contornos- de la guerrilla, convertida en autoridad y orden.

La presencia de los grupos irregulares no es nada nuevo en las selvas que son parte del territorio del municipio, donde se encuentran ancladas balsas mineras, la gran mayoría de funcionamiento ilegal que roban terrenos y recursos naturales a las etnias indígenas. Lo novedoso es que a la pobre capital de Sucre, un pequeño pueblo de silencio espeso y sin más avatares que la lucha por la sobrevivencia (no tiene las dimensiones de Caicara del Orinoco, por ejemplo, que a pesar de su agónico movimiento económico, ofrece una dinámica muy superior), llegó la “guerrilla” a imponer mando.

Esta presencia ya tiene abolengo en Cedeño y, según se dice, ha estado acampando muy cerca de La Flor, pueblo a pocos minutos de Ciudad Bolívar. La versión se extiende en la jurisdicción del municipio Padre Pedo Chien, hacia el sureste de Guayana, en espacios colindantes con el estado Delta Amacuro. Allí también los irregulares tienen campamentos y autoridad. Si esto se concibe como leyendas urbanas de la región, tal como lo declara el régimen cada vez que ocurre algo que delata con claridad esos movimientos, solo hay que escuchar lo que relatan los mineros y habitantes de Guasipati, El Callao, Tumeremo y las Claritas, con episodios harto conocidos de asesinatos, denuncias a funcionarios militares y el control de los “sindicatos” armados.

La realidad lacerante de nuestros pueblos en Guayana demuestra lo que el ingeniero Arnoldo Gabaldón describió, a manera de paralelismo, hace un par de años en conferencia en Ciudad Guayana, sobre lo que llegó a pasar con la Republica de Colombia en los años 70: la pérdida de control del gobierno de significativa parte del territorio de la hermana nación, que quedó en manos de grupos anárquicos y de la narcoguerrilla. Pues bien, exactamente como el agua de las crecientes que mansamente van ocupando espacios hasta convertirse en fuerza arrolladora estamos en la mayoría de los municipios, cargados de miseria, en la involución más cruda de lo que fue poco o mucho desarrollo; sin control de la ley, las instituciones y con un Estado que ha sido suplantado por actores particulares que se hacen de las tierras, las comunidades y la vida de la gente. En ese horroroso contexto, algunos comerciantes de la política, aliados con el status quo socialista en el estado Bolívar, pretenden echar cuentos acerca de la necesidad de unas elecciones regionales (que no serán reconocidas interna o internacionalmente), como oferta de milagrosos desarrollos y prosperidad inmediata. ¡Otra barbaridad!

¡Solo la verdad os hará libres!

En Ciudad Bolívar, la capital del estado, el abandono no se detiene. En la parte alta de La Sabanita, como en gran parte de las parroquias, los vecinos hacen procesiones de madrugada para abastecerse de la poca agua que llega a las tuberías: es un mal crónico, una tortuosa pesadilla sin atención, ni solución. En Ciudad Guayana, las zonas de fallas y sequia son, a medida que pasan los meses, más numerosas. Toda la más dura cotidianidad de la región se pasa por alto cuando llega el momento de señalar la responsabilidad revolucionaria en algunas no tan inocentes iniciativas de movimientos nacionales (con apéndices en Bolívar), que hacen del “rescate del voto”, un propósito abstracto, que no asume las condiciones en la que el régimen rojo ha venido ensamblando sus instituciones y su estrategia, harto comprobada, para mantenerse en el poder.

Se niega o se edulcora el nivel de padecimiento general de los guayaneses y el planteamiento del rescate del orden constitucional parece insustancial cuando lo que se expresa en los hechos es el apoyo de la violación de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Sencillamente se corre la arruga de la permanencia de la usurpación, de establecer el fraude continuado con farsas electorales basadas en condiciones de absoluto control del poder revolucionario que asigna migajas a la “oposición” a su medida. ¿Puede generar desarrollo para la extensa Guayana, la eficaz gobernanza, la contención a la anarquía antisocial, unas elecciones manejadas de este modo?

El aventurerismo político desestima casi absolutamente la inteligencia y el aprendizaje de los venezolanos en la aspiración como nación y como patria chica. Habrá que observar las acciones de la comunidad internacional -que es otro capítulo- y de la nueva administración norteamericana en cuanto a si van a ir más allá de posiciones y comunicados que no han detenido los atropellos y desmantelamiento del país. En el estado Bolívar corresponde la indomable acción de llamar las cosas por su nombre, de contener que la metástasis social nos arrope la conciencia democrática. De tener claridad sobre los piratas de la comarca, siempre prestos a robar la esperanza de los guayaneses. Y no conceder nunca que el estado de derecho (establecido por nuestra carta magna) sea una caricatura inútil para el sometimiento ciudadano.