domingo, 25 febrero 2024
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María Corina Machado, en contexto

Últimamente he echado de menos esa puntería inicial de esta venezolana quien, vamos a estar claros, a sol y lluvia ha recorrido pueblos olvidados de este país y ha sufrido no pocos ataques a su vida.

@RinconesRosix

En una escena de Indiana Jones, una mujer gana una apuesta de bar contra un hombre y sin más se lleva todo el efectivo que hay sobre la mesa. Desde ese instante el espectador sabe que si hay algo que tiene la mujer es hígado, lo que en el lenguaje del mito equivale a valentía, a la capacidad para dominar el miedo. Ciertamente, la magia de cualquier historia está en sorprender con una fuerza insospechada.

La entrada de María Corina a la médula del escenario político ocurrió después de haberle dicho a Hugo Chávez en su cara que “expropiar era robar”. Era impensable para la gente de a pie que alguien se atreviese a criticar estos supuestos de odio, tan machacados a través de la televisora nacional. Y ella, sin embargo, rompió el hechizo.

Últimamente he echado de menos esa puntería inicial de esta venezolana quien, vamos a estar claros, a sol y lluvia ha recorrido pueblos olvidados de este país y ha sufrido no pocos ataques a su vida. Sus más aguerridos rivales dentro de la oposición de cuando en vez reconocen su fortaleza y sus aciertos, aunque prefieran reservarse los elogios. Y no es para menos.

Entre quienes acompañan a María Corina se encuentran varios políticos que han sido tan perseguidos y amenazados como ella. Como grupo, son una piedra de tranca ante cualquier trato formal con el régimen. Han dado una pelea sin cuartel sobre cualquier tufo de “cohabitación” con el narcoestado, y es comprensible. Sin embargo, es preocupante la rapidez con que a veces despachan a cualquier mediador, sea porque podría estar comprado o porque quizás sufra de síndrome de Estocolmo. Su punto de honor para conformar una mesa de diálogo es que los escogidos por el régimen deben estar libres de prontuario, y que de no ser así, se estaría cediendo ante un secuestro. Debo admitir que fuera de ese grupo he leído gente respetable, que está tan convencida como ellos sobre lo fatal del escenario.

Pienso que sus rivales (o blancos de ataque) lo saben, y si no, hay sensatos observadores que se los recuerda, al igual que una camada de ruidosos oportunistas. El terreno está minado, sin duda, pero la señal que impera es entrar a detonar las minas y despejar el camino. Un reto identificar los peligros con nombre, apellido y número. A la mesa opositora le vendría bien una mascota como la ilustre Magawa, una rata detectora de minas de Camboya, quien ha salvado a miles.

A pesar de esas premisas tan inamovibles, uno puede comprender estas posturas radicales de asegurarse un terreno limpio antes de sentarse a dialogar, pero el problema mayor que veo en varios políticos es más bien de actitud. El miedo los lleva a sobreestimar la estabilidad del régimen. Lo curioso es que esa misma mentalidad carcome también a los cómodos e ilusos co-habitacionistas o “alacranes”, sólo que estos últimos prefieren rendirse antes que luchar. Evaluar una contienda desde una óptica determinista no es cónsono con una situación de resistencia, de aguante, y de edificar un resultado. Ahora bien, lo preocupante es que los opositores reales escuchan las palabras del círculo de Maduro como si estuviesen esculpidas en piedra. Con esa actitud refuerzan sus mensajes, le hacen el juego. Muchos errores de juicio parten de ese fantasma como, por ejemplo, decir que todas las mesas de diálogo han de terminar igual, o la de pelearse inútilmente con el presidente interino.

Sucumben ante la provocación del gobierno de facto, a quienes les basta con “hacer caer” que se reunieron con algún factor de oposición para así desacreditar a quien sea. Ahora le está tocando el turno a los recién liberados presos políticos, a quienes le dan el visto bueno sólo para exponerlos al ojo del huracán opositor. Actúan como quien soba al gallo antes de exponerlo a la crueldad y la sangre. Y estas tácticas no son de ningún G2 cubano ni nada, sino de la gallera de Furreal, ¡poner a pelear a la oposición como si se tratase de esos pobres animalitos!

Es más, me atrevería decir, que esta debe ser la parte más divertida para ellos, se acarician el ego solo de pensar que han podido vacilarse a políticos prominentes, profesionales excepcionales. Porque no lo olvidemos, ellos solamente trabajan para atornillarse en su cargo. Que no haya cosecha en los campos, o que no haya gasolina para trasladar las hortalizas desde los andes, que se estén despedazando los hospitales, que haya niños de dos años con el peso de un bebé de seis meses, que a la gente se le dañen las neveras por los cortes de luz, que las bombonas de gas exploten y maten familias… nada de eso les quita el sueño. Y cuando van a montar la pantalla de estar preocupados, el show les sirve para chantajear a la gente. Su ineficiencia es impuesta, porque ellos de verdad creen que es culpa del país y jamás admitirían ninguna responsabilidad. Ni se turban cuando se cae un puente peatonal y causa fatalidades porque, he aquí su lema: “cálatela, lo que importa es la revolución”. Formalizada la holgazanearía, disponen de tiempo para vengarse, es decir, para amargarle la vida a todos los venezolanos. Llámenle ceguera ideológica, superficialidad, psicopatía del poder, nada de esto es nuevo.

El oxígeno de este régimen es tener a una oposición con un mensaje disperso y su peor pesadilla es que ella los deje peleando solos. Es un pedido a voces, que la oposición se ponga de acuerdo, ¿pero de qué manera? Yo abogo por que la oposición logre acuerdos mínimos imprescindibles, cónsonos con estrategias y mensajes coherentes. Una coalición real es posible mientras se venzan los miedos interiores, mientras se despeje la neblina del trauma de estos largos años. Es posible mientras haya convicción de qué nos trajo aquí inicialmente: el desprecio y la informalidad para con las leyes. Y por supuesto, será posible bajo la guía y fortaleza de una oposición real y genuina.

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