lunes, 4 de julio de 2022

La biblioteca en el fondo del río

Gran parte de nuestra biblioteca colonial guayanesa se encuentra en el fondo del río. Allí, en medio de peces y manglares, reposa nuestra memoria perdida.

Gran parte de nuestra biblioteca colonial guayanesa se encuentra en el fondo del río. Allí, en medio de peces y manglares, reposa nuestra memoria perdida.

@diegorojasajmad

Esta historia parece sacada de una película y por eso hay que contarla como tal.

Estamos en Angostura (actual Ciudad Bolívar), en el año de 1817. Mediados de julio. El combate entre patriotas y realistas se intensificaba y la muerte y el sufrimiento en ambos bandos crecía sin límites. La guerra se había vuelto tan cruenta que los angostureños tuvieron que tomar la decisión de abandonar la ciudad. Pero, ¿qué les había llevado a ello?

Angostura era una ciudad realista, del bando que apoyaba a la monarquía española, y desde inicios de ese mismo año 17 estaba sitiada por las fuerzas republicanas. Estos, los patriotas, tenían órdenes de que nada ni nadie entrara ni saliera de la ciudad. Por esa razón los alimentos comenzaron a escasear al punto de que la Junta de Guerra de Angostura, comandada por Miguel de la Torre, ordenó matar caballos y burros para alimentar a las tropas y al resto de los habitantes que así lo quisieran. Al terminarse los caballos y los burros, siguieron con el decreto de exterminio de perros, gatos, zamuros, lagartos y ratones, para con ellos saciar el hambre atroz que había convertido a los angostureños (hombres, mujeres y niños) en cadáveres ambulantes.

Ya para el mes de junio se había acabado todo y solo quedaba una opción: comerse el cuero de los muebles.

Tomás Surroca y de Montó, en su informe titulado Relación histórica de los sucesos políticos y militares de la provincia de Guayana, cuenta la preparación de aquel singular plato:

“Al principio se contentaban con tostarlo y pelarlo bien con navaja y después lo echaban a la olla que hacían con verdolaga, pira y otras hierbas, idearon modo para comer más y con mejor gusto, haciendo de él gran variedad de guisados, de modo que algunos de ellos eran tan olorosos que movían a la persona más inapetente a que los comiese. Para que no fuese dañino, y no hubiese reparo por el aseo, lo preparaban de este modo: lo tostaban bien en las llamas quemándole el pelo y carnosidad, resecándolo después hasta dejarlo blanco. Después lo ponían en agua por 24 horas, mudándosela tres veces. Cuando lo ponían a cocer le mudaban también el agua dos o tres ocasiones a los primeros hervores y luego lo dejaban hasta que estuviese bien cocido, echándole la salsa que a cada uno acomodaba, de modo que se hizo tan general que los comían los enfermos del hospital, y por las calles se vendía cuero con pira, cuero guisado, cuero con sopa, etc., etc.”.

La situación era insostenible y por ello Miguel de la Torre ordenó el 15 de julio abandonar la ciudad. Los angostureños, con premura, tomaron algunas pertenencias para llevar en su huida y los oficiales se encargaron de empacar los efectos del gobierno y de inutilizar el armamento pesado para que no fuese usado luego por los invasores.

A la mañana siguiente, la ciudad toda huyó en un convoy conformado por dos fragatas, cuatro bergatines, nueve goletas y un grupo de lanchas, flecheras y otras embarcaciones de menor tamaño.

La primera parada, después de dos días de viaje nada tranquilos, fue la Antigua Guayana. Allí la situación no era mejor que la que habían dejado en Angostura y, luego de algunos enfrentamientos con los patriotas, el 1 de agosto, en junta de guerra, decidieron evacuar la Antigua Guayana y tomar rumbo a la isla de Granada.

Cuarenta embarcaciones de variado tamaño salieron de Guayana y casi la mitad de ellas apenas logró llegar a su destino. Los enfrentamientos con las embarcaciones patriotas no cesaban durante el trayecto y estuvieron hostigándolos hasta el final.

Una de esas embarcaciones que terminaron destruidas, saqueadas y en el fondo del río fue el bergatín de Miguel Rodríguez. Según afirma Tomás Surroca, el capitán de ese bergatín, de nombre Francisco Tapia, estaba pasado de tragos y tomó rumbo por un caño sin salida. No hubo manera de dar la vuelta y la embarcación fue alcanzada después por naves patriotas.

La que se había perdido no era una embarcación más y el mismo Surroca nos cuenta el porqué:

“Y así fue que con todo el conocimiento de que era el buque más interesante de todo el convoy, porque en él venían todos los archivos del gobierno, el del Ayuntamiento, el de los misioneros capuchinos y sus alhajas de los templos, y además muchas familias con sus intereses de los principales comerciantes, y parte del hospital militar en que estaban enfermos muchos europeos, hubo de abandonarse”.

De esta manera, el archivo colonial, la crónica de nuestros primeros años, terminó destruido, saqueado y en el fondo del río. Aquel precioso archivo terminó convertido en una biblioteca imaginaria, que ya no es, y que ahora alimenta nuestra orfandad de memoria.

Las bibliotecas guayanesas y venezolanas de hoy no han corrido con mejor suerte. Abandonadas, sin presupuesto, vandalizadas, con instalaciones invadidas y usadas para otros fines, son el triste recuerdo de aquella biblioteca colonial que ahora reposa en el fondo del río.

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