lunes, 23 de mayo de 2022

El difícil arte de hacer artículos de opinión

Esta columna sobre literatura alcanza su entrega número 100 y lo único que tengo claro, después de tantas palabras, es que escribir artículos de opinión es un arte que roba tiempo, que exige constancia, sacrificio, oídos atentos a los lectores y ojos abiertos a la novedad, sin perder de vista a la tradición.

Esta columna sobre literatura alcanza su entrega número 100 y lo único que tengo claro, después de tantas palabras, es que escribir artículos de opinión es un arte que roba tiempo, que exige constancia, sacrificio, oídos atentos a los lectores y ojos abiertos a la novedad, sin perder de vista a la tradición.

@diegorojasajmad

Hace casi dos años pensé que sería una buena idea publicar una columna semanal sobre literatura. No veía inconvenientes en ello: es un tema que me apasiona desde mi juventud, que me ha hecho estudiar sin aburrimiento ni descanso y además tengo la fortuna de contar con una biblioteca que me surte continuamente de ideas.

Después sabría en lo que me estaba metiendo.

La columna llevaría por título Marcalibros y en ella intentaría captar la atención hacia temas relacionados con la literatura desde su más amplia acepción: libros, autores, premios, polémicas, crítica, la edición, librerías… La intención de la columna sería que la literatura retornara a la vida y que abandonara su disfraz de materia escolar en suspenso. Sería una forma de promocionar la lectura y la apreciación literaria trasvasada a los formatos de un artículo de opinión. Sin embargo, allí precisamente surgió el inconveniente.

¿Cómo podía hacer para atrapar el interés de los lectores desde los linderos de un artículo de opinión? ¿Cómo robar una pizca de la atención que engullen las redes sociales? ¿Cómo hacer que un texto de 800 o 1.000 palabras compita con Tik-Tok o un selfi?

Lo primero que pensé fue en echar mano de un consejo que los redactores de contenidos de hoy enarbolan como una novedad, aunque los antiguos retóricos lo habían advertido desde hacía ya mucho tiempo: “escribe para los lectores”. Nada de tecnicismos. Nada de enredadas frases ni de ejemplos alejados de nuestra experiencia. Al contrario; desde lo conocido, atisbar lo que está más allá, estimulando de esa manera la curiosidad. Por eso, desde esta columna he buscado la manera de hablarle no solo al experto o al crítico, sino también al lector casual, a quienes ven a la literatura como algo ajeno a sus vidas. También, guiado por esa premisa, he intentado relacionar la literatura con otras expresiones artísticas (como la música, el cine, la pintura), además de unirlas a las otras experiencias de la vida, mostrando con ello el mágico e invisible hilo que las unen.

Otra estrategia que adopté fue la de jugar con el género del artículo de opinión y mezclarlo con otros discursos ajenos al periodismo. Así, en estos dos años de Marcalibros pueden encontrarse textos elaborados desde formatos tomados de las cartas, de los cuestionarios, de los aforismos, de los relatos, de los concursos de conocimiento… Unos con más aciertos que otros, pero esa experimentación me ha permitido tensar los límites del artículo de opinión para seguir en la búsqueda de ese deseado equilibrio entre el decir algo y el decirlo con corrección y amenidad.

Este es el Marcalibros número cien que publico y lo único que tengo claro, después de tantas páginas, es que escribir artículos de opinión es un arte que roba tiempo, que exige constancia, sacrificio, oídos atentos a los lectores y ojos abiertos a la novedad, sin perder de vista a la tradición.

En este nuevo año 2022 seguirán los Marcalibros y mi deseo es que ustedes continúen allí, acompañándome en esta tarea de darle a los libros un poco más de espacio en nuestras vidas.

Otras páginas

 La lenta agonía: Ya lo he dicho en otras ocasiones: las librerías venezolanas están desapareciendo. En Maturín, donde hasta hace pocos años aún podía encontrarse una decena de ellas, desperdigadas por la ciudad, hoy solo queda una. En Ciudad Guayana no es distinta la situación y ni se diga en el resto del país. Algunos argumentan que ese no es un problema crucial pues antes deberíamos solucionar las crisis de alimentación y de salud para luego pensar en los libros (o la cultura). Quienes así dicen, están confundiendo el efecto y la causa. A la par que se intenta resolver “lo básico”, podríamos mejorar el acceso a los libros, fomentar la lectura, y así enmendaríamos con mayor eficacia los demás problemas. Debemos prestar atención a la lenta agonía de las librerías antes de que sea demasiado tarde.

Los muebles interiores: “Para mí la literatura es una manera de irse descubriendo uno mismo por dentro, es como irse ‘amoblando’ por dentro”. José Balza

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