sábado, 25 de junio de 2022

Edipo guardameta

¿Qué haría un brasileño con una máquina del tiempo? De seguro viajaría al 16 de julio de 1950 para impedir que la peor de las tristezas logre apoderarse del país.

¿Qué haría un brasileño con una máquina del tiempo? De seguro viajaría al 16 de julio de 1950 para impedir que la peor de las tristezas logre apoderarse del país.

@diegorojasajmad

¿Quién no ha oído hablar del Maracanazo, de aquel dramático y fascinante episodio ocurrido el 16 de julio de 1950 y que dejó una marca indeleble en la historia del fútbol?

Se jugaba la final de la Copa Mundial de Fútbol en Brasil, en el recién estrenado estadio Maracaná, el más grande del mundo para aquel entonces. Para esa final se enfrentaban los equipos de Brasil y Uruguay. El favorito era Brasil; sin embargo, Uruguay logró ganar el partido dos a uno, anotando el gol de la victoria faltando solo 10 minutos para terminar el juego.

El estadio y el país todo enmudecieron. Nadie esperaba este resultado, las calles permanecieron solitarias y todos los festejos y desfiles, organizados desde hacía semanas, fueron suspendidos. Algunos brasileños llegaron a optar por el suicidio al conocer la derrota. El Maracanazo había sumido al Brasil en la más grande tristeza de su historia.

El país le echó la culpa de la pérdida del campeonato mundial a Moacir Barbosa, el portero del equipo brasileño. Luego de ese partido, Barbosa fue tratado como un paria, un traidor a la patria. Bastaba que entrara a un bar para que la gente que estaba allí se fuera como si hubieran visto a un leproso; si se subía a un transporte público, el que estuviera a su lado se levantaba indignado para buscar otro asiento lejano. Barbosa hasta tuvo que mudarse de residencia ya que sus vecinos protestaron por su presencia en el barrio. Como el Mio Cid durante el destierro, nadie le hablaba ni le miraba.

Años después, la Confederación Brasileña de Fútbol, apiadándose de su pobreza, le ofreció el puesto de cuidador de grama en el Maracaná. Durante años el viejo portero vivió en un estrecho cuarto del estadio. Por las noches recreaba aquella fatídica jugada de 1950, se ponía su antiguo suéter de estambre negro que usó aquella tarde del campeonato y casi siempre amanecía abrazado al primer palo de la portería del estadio.

Moacir Barbosa trabajó durante más de veinte años en el estadio Maracaná y cuando fueron a remodelar el campo el administrador le ofreció los palos del arco donde Uruguay había marcado el gol de la victoria. Barbosa, con los pocos amigos que le quedaban, prendió fuego a los palos de la portería, quizás como una forma de exorcismo, aunque eso no logró desvanecer la tristeza tatuada en su alma.

Barbosa fue uno de los mejores arqueros de la historia de Brasil y ello no bastó para impedir que terminara en la pobreza y en el olvido. El error del Maracanazo era imperdonable. Falleció el 7 de abril de 2000 y a su entierro asistieron muy pocas personas, entre familiares y amigos. No lo acompañó ninguna figura ni dirigente del fútbol.

Estas historias de sujetos con destinos trágicos son las fuentes de las que se aprovechan las artes para representar el sinuoso vaivén de la existencia. En ellas hallamos el viaje inconcluso del héroe que todo lo tenía, fama, amor, fortuna, y en un segundo, al enfrentar su destino, todo lo pierde. Así como Edipo, como Hamlet, como Don Quijote, como el doctor Frankenstein, como Werther…

El trágico destino de Moacir Barbosa ha sido usado como motivo en diversas artes. En la música, por ejemplo, el cantautor uruguayo Tabaré Cardozo escribió una canción sobre el desdichado portero de la selección brasileña. La canción, llamada Barbosa, pertenece al disco El murguero oriental, editado en el 2008, e inicia con la narración original del juego en el cual Uruguay realiza su segundo gol ante la portería brasileña.

En el cine también encontramos obras inspiradas en el tristemente célebre portero brasileño. En 1988, Ana Luíza Azevedo, Giba Assis Brasil y Jorge Furtado realizaron Barbosa, un cortometraje de ciencia ficción protagonizado por Antônio Fagundes, en el cual un hombre que vivió durante su niñez la tristeza del Maracanazo decide usar una máquina del tiempo para tratar de cambiar el destino de Barbosa, y con ello el de un país y el suyo propio.

También la literatura se ha servido de este Edipo guardameta para hilar fascinantes historias. Eduardo Sacheri, en su relato Una sonrisa exactamente así (del libro Un viejo que se pone de pie y otros cuentos, de 2007), Juan Villoro, en su crónica titulada El hombre que murió dos veces (de Dios es redondo, 2006) o Eduardo Galeano, con Barbosa (del libro El fútbol a sol y sombra, de 1995), son algunos de los nombres que destacan de esa larga lista de escritores latinoamericanos que han echado mano del tema.

Luego de la muerte de Moacir Barbosa comenzó a oírse acerca de extrañas apariciones y manifestaciones en el estadio de Maracaná. Muchos juran que el estadio está encantado debido al fantasma de Barbosa, quien aún repasa sus jugadas en la solitaria portería.

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La otra voz: “Clasificar a los poetas por su sexo no es menos ilusorio que clasificar a los caballos de carrera por el color de sus ojos. Sí, el sexo es una circunstancia determinante como lo son la lengua del poeta, la época y la sociedad en que vive, la familia de donde viene, los sueños que soñó de niño… Pero la poesía es el arte de transformar las circunstancias determinantes en una obra autónoma y que escapa a esas circunstancias. El poema tiene una vida independiente del poeta y del sexo del poeta. La poesía es la otra voz. La voz que viene de allá, un allá que siempre es aquí. Octavio Paz

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