domingo, 3 de julio de 2022

La muerte en pandemia y en socialismo

La prevención -instrumentalizada para la vigilancia y el castigo- es el comodín de la cúpula para que la obediencia sea sumisamente asumida, como indispensable por parte de todos nosotros.

En pandemia y en socialismo, la muerte ya no es lo que era. Sus causas, rituales, protocolos, expresión de sentimientos, manejo de la información son otros. Los códigos sociales impuestos por las élites dominantes atienden más a criterios crematísticos de costo-ganancia, que al imperativo de controlar la enfermedad y garantizar la salud de las mayorías. Muy lejos de esto último, se han dedicado a rentabilizar la pandemia, que también les ha dado patente de corso para que el confinamiento sea justificado con el argumento de preservar la vida de los pobladores. La prevención -instrumentalizada para la vigilancia y el castigo- es el comodín de la cúpula para que la obediencia sea sumisamente asumida, como indispensable por parte de todos nosotros.

El monopolio de la información del COVID-19 es exclusividad de quienes detentan el poder, y el resto está obligado a creer sus estadísticas diarias con número de muertos, contagiados, hospitalizados, etc. En pandemia sólo se escucha la voz del amo y la del gran hermano espetando montones de niara en cadena nacional. De las pruebas diagnósticas, tratamientos y medicinas tiene el control absoluto la cúpula, la misma que se arroga plenos poderes para disponer a discreción de millones de dólares amparados en la emergencia.

Como todo queda en familia, lo que pidan por esa boquita le será entregado sin dilación. Sin control y total opacidad dispondrán de ingentes cantidades de recursos, que como es sabido serán engullidos por los tentáculos de la corrupción socialcomunista. De las medicinas que no llegarán a los hospitales dirán que gastaron cientos de millones de dólares, lo que se repetirá con los elementos de bioseguridad para el personal sanitario, que día a día se expone para intentar salvar la vida de los pacientes. Está visto que no es suficiente el esfuerzo de los galenos, por lo que muchos mueren al no contar con diagnósticos oportunos para atajar las devastadoras consecuencias del coronavirus. Porque, a pesar de la cháchara mediática de los “hospitales centinelas”, la gente evita ingresar a esos nosocomios, porque sabe que escasean los medicamentos, la comida, muchos de los recursos para las unidades de cuidados intermedios e intensivos, y hasta el agua y la electricidad para garantizar la esterilización de instalaciones e instrumental sanitario. Para agravar la situación, han fallecido médicos y enfermeras en una proporción desmesurada, en un país cuya población descendió de los 30 hasta menos de 25 millones de habitantes.

En estos tiempos de pandemia y socialismo el número de muertes es un simple guarismo, con los dígitos que le convengan a las élites dominantes. Igual el obituario, con nombre y apellido, ha sido transformado en un privilegio exclusivo de los socialcomunistas en el poder. Porque si estás en la periferia -aún siendo fanático del régimen- sólo tu familia sabrá de tu defunción. Los velatorios están prohibidos y tus allegados y conocidos harán llegar el pésame en 140 caracteres. El entierro ya no es una procesión diurna hacia el cementerio sino un acto clandestino. Muchos al amparo de la noche controlados por autoridades, porque una fosa común será el destino final de gran parte de las víctimas del COVID-19. Otros serán incinerados en los crematorios -un muy rentable negocio- coronado con el virus chino de Wuhan.

En este socialismo del siglo XXI la escasez y el costo de ataúdes ha venido in crescendo. Por lo cual la gente se ha visto obligada a improvisar para sepultar a sus difuntos y a omitir la tradicional ritualidad propias de estas despedidas. Lo cierto es que hasta en la muerte las desigualdades se han profundizado revolucionariamente. Ellos, los de la cúpula, entierran a sus camaradas en ataúdes fabricados con la mejor madera y en cementerios exclusivos, que antes han sido velados en una costosa funeraria, y se les han rendido homenajes multitudinarios con familiares y amigos. Mientras que los demás -el resto- deben darse por bien pagados si pueden ver por breves minutos al familiar o al amigo que se ha ido para siempre.

Quiero cerrar con un extracto de Pregunta de la vida, de Fernando Savater, quien ha filosofado mucho sobre la muerte y ha llegado a conclusiones como estás: “…la muerte, mi muerte o la del otro, siempre lleva nombre y apellidos insustituibles. Por eso la muerte es lo más individualizador y a la vez lo más igualitario: en este trance nadie es más ni menos, sobre todo nadie puede ser otro del que es”.  

Agridulces

Coincido con Gonzalo Himiob cuando afirma que la libertad es siempre una buena noticia. Y estoy alegre por los presos políticos excarcelados. Todos inocentes, a quienes les violaron sus derechos humanos más elementales en las ergástulas de esta tiranía conspiranoica.

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