lunes, 4 de julio de 2022

La libertad irrenunciable

Isaiah Berlin era muy crítico con el filósofo Hegel, quien era de la opinión que toda persona racional querría hacer lo correcto, lo que se ajusta al Estado, pero esto no es más que retorcer la lógica de las cosas.

Este año marca el 110 aniversario del nacimiento de Isaiah Berlin, politólogo e historiador de las ideas oriundo de Riga, Letonia y posteriormente ciudadano británico, quien se destacó como uno de los principales pensadores liberales del siglo XX.

Su familia se residenció en principio en la ciudad de Petrogrado, en la Rusia zarista, donde Isaiah Berlin, siendo un niño, fue testigo presencial de la revolución comunista de 1917. Posteriormente y, dadas las terribles circunstancias que rodearon la irrupción del socialismo marxista en Rusia, liderado por Lenin, Stalin y otros comunistas, su familia pudo emigrar a Inglaterra en 1921, donde luego obtuvo la nacionalidad británica, adoptando más tarde la norteamericana. En Inglaterra se educó en The Saint Paul School, de Londres y luego en el Corpus Christi College, de Oxford. En esta institución se dedicó al estudio de las litterae humaniores, centrado principalmente en las lenguas clásicas, la historia antigua y la filosofía. Obtuvo la distinción de cum laude al graduarse obteniendo el premio John Locke de filosofía. Seguidamente se dedicó a la docencia y la investigación. Escribió varias obras entre las que destacan sus Cuatro Ensayos sobre la Libertad.

Henry Hardy, quien fuera editor de los ensayos del gran historiador de las ideas comenta en un trabajo sobre las “claves” para entender el pensamiento de Berlin: “Era un hombre conciliador, y le encantaba perderse en sus largas conversaciones. Cuando se le pedía la firma para defender algo en un periódico, se negaba, lo consideraba un gesto vacío. Prefería hablar con quienes sostenían una posición distinta a la suya para ver si los podía persuadir y que cambiaran de opinión. Disfrutaba con cualquier tarea intelectual. Su definición de intelectual es la de alguien que quiere hacer la ideas lo más interesantes posibles”.

Sobre sus vivencias de la revolución comunista en Rusia, Hardy comenta: “Berlin tenía siete años y estaba caminando con su institutriz por Petrogrado, cuando vio cómo una multitud se abalanzaba sobre un hombre de la policía zarista y lo arrastraba: lo iban a matar. Este episodio creó en él un rechazo de cualquier forma de violencia. Cuando regresó en 1945 a la misma ciudad, que entonces era Leningrado, se encontró con Boris Pasternak y Anna Ajmátova, entre otros, y pudo comprobar de primera mano cómo el Estado soviético había machacado el espíritu de los intelectuales”. En suma, se topó de frente con el mal llamado humanismo socialista.

Para Berlin la libertad es un bien irrenunciable e inajenable para el hombre. Habla de dos tipos de libertad: la negativa y la positiva. La negativa es aquella que nos permite ser libre de algo, superar cualquier interferencia que quieran imponer otros individuos o colectivos o el mismo Estado: la libertad ‘de’. Esta tiene que ver con el número de puertas que cada persona puede abrir para atravesarlas. Luego, la libertad positiva tiene que ver con la pregunta: ¿quién está al frente? Y la respuesta correcta debería ser que manda yo, valga decir, cada uno de nosotros. Es la libertad ‘para’. En tal sentido, Berlin aspiraba que los hombres fueran los autores de sus propias vidas”.

En ese orden de ideas, este pensador enfatiza en que esa libertad positiva podría obligar a ajustarse a la voluntad del Estado y, por consiguiente, al final sería una forma de esclavitud. En ese particular, Berlin era muy crítico con el filósofo Hegel, quien era de la opinión que toda persona racional querría hacer lo correcto, lo que se ajusta al Estado, pero esto no es más que retorcer la lógica de las cosas y por eso lo encontramos de frente y radicalmente a los totalitarismos contemporáneos: el comunismo, el nazismo y el fascismo. Siete de sus familiares fallecieron a manos de los nazis durante las purgas llevadas a cabo en su tierra natal. Sin contar los efectos posteriores de la imposición del comunismo soviético de la posguerra

Por su parte, la autora Isabel Ferrer escribe sobre Berlin y dice: “En cierto modo, su defensa de la libertad y del libre albedrío, que le convierten en figura central del siglo XX, se derivan de su experiencia vital. Incluso su apoyo a la causa sionista y al Estado de Israel tenía dicho acento. Siempre subrayó que debía crearse un régimen de democracia liberal”. A lo expresado, Ferrer agrega: “En realidad, Berlin ocupaba el espacio intermedio entre la filosofía y la historia. Sus escritos en este último campo eran un vehículo para verter sus teorías sobre el pluralismo y el liberalismo”. Para Berlin la libertad y la igualdad no corren siempre parejas y por eso afirma que ante un conflicto hay que elegir, siendo la mejor salida la libertad política.

En el centenario de su nacimiento, el autor José María Lasalle, expresó: “Entrado el siglo XXI, una nueva versión de aquello que Kant denominó el ‘fuste torcido de la humanidad’ puede ponerse en circulación. Una versión inédita que, junto a la revolución rusa y sus secuelas, las tiranías de derechas e izquierdas y las explosiones de nacionalismo, racismo y en algunos lugares de fanatismo religioso, podría convertirse en otra más de esas tormentas ideológicas que han alterado la vida de prácticamente toda la humanidad.” A lo expuesto añade: “La defensa cerrada que Berlin hizo a lo largo de toda su vida de la decencia de la democracia es una vía de aproximación idónea para entender su liberalismo. De esta forma, el liberalismo igualitario de Berlin es, en este sentido, un antídoto de enorme fuerza antitotalitaria y un punto en común sobre el que fortalecer nuestra convivencia democrática.” La libertad, en el concepto de Berlin, es una mirada interrogativa hacia el otro. Su liberalismo se proyecta hacia la estructura moral de las democracias y sobre los riesgos y ventajas del pluralismo que las sustentan.

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