martes, 23 abril 2024
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La justicia como arma y como defensa

Es un armatoste que sólo protege a la élite dominante, mientras las mayorías escarnecidas son objeto de los más terribles atropellos, que deben soportar estoicamente.

La justicia es un artefacto que los regímenes totalitarios de izquierda usan de acuerdo a su conveniencia. Es una máquina que tritura todo aquello que se interponga en su camino. Es un aparato que perpetra justificaciones para sacar de circulación a quienes se atrevan a hilvanar incómodas discrepancias. Es un artilugio que baña de legalidad cualquier crimen que se cometa desde la cúpula. Es un armatoste que sólo protege a la élite dominante, mientras las mayorías escarnecidas son objeto de los más terribles atropellos, que deben soportar estoicamente. Es un artificio que enciende la mecha del miedo en la sensibilidad colectiva, para mantener a raya a propios y extraños. Vale decir todos aquellos que puedan levantar la voz frente a ultrajes, abusos, vejaciones y agravios, que son lugar común allí donde el zurdaje se ha impuesto como fuerza de ocupación.

El humano de a pie que subsiste en estos ecosistemas respira un aire contaminado de pánico, temor, aprehensión y un susto en el cuerpo, del que no puede escapar ni cuando duerme. Porque los allanamientos se producen bajo el amparo de la nocturnidad. En noches oscuras “trabajan mejor”, tanto los todopoderosos que acusan desde la comodidad de sus mullidas poltronas y con el tintineo de un escocés, como los esbirros que ejecutan el trabajo sucio. El insomnio también asedia a los dueños del poder. Esos que no confían ni en su sombra y duermen con un ojo abierto.

Un ecosistema con estas características no se “construye” de un día para otro. Es producto de la protervia y nequicia de ciertos sujetos, agrupados en el centro del poder, al que llegaron sin boleto de salida. Pero desde el primer momento pusieron las cartas sobre la mesa. Tarea encomendada al destacado pensador Eliecer Otaiza -en ese momento cursante de estudios de postgrado en la USB- quien sentenció que “todos estamos en estado general de sospecha”. Frase que luego conecté con otra que leí en una entrevista realizada a Carlos El Chacal, en la que afirmó categórico “que no hay víctima inocente”. 

Una lectura volandera nos adentra en el riesgoso territorio de las culpabilidades, sólo por el hecho de respirar estos aires que también tienen dueños. Esos que malician, recelan y desconfían hasta de los cómplices de su devastadora travesía. Esa que se ha prolongado por 25 años y que les ha obligado a mostrar lo que verdaderamente son y lo que realmente les importa. Vale decir el poder y la riqueza.

Sospechosos somos todos para la cúpula. Primera condición para aplicar eso que llaman todo el peso de la ley, contra aquellos que le inspiren desconfianza. Para lo cual, la élite dominante activa su engranaje al señalar o espetar el nombre y apellido del enemigo. Acto seguido se inician acosos, persecuciones, hostigamientos hasta que el sospechoso -en el mejor de los casos- va a parar a las ergástulas helicoidales, que el régimen le tiene como destino a incómodos discrepantes y disidentes.

La justicia es el arma con el que el poder somete, silencia, subyuga, avasalla, humilla, inhabilita y encadena al grueso de un pueblo, a priori calificado como sospechoso. La élite no tiene que probar los “delitos” que les imputa a los que persigue y encarcela. Lo único que se requiere es que el fiscal, desde su pódium, lea la pieza oratoria que ha salido de su chirumen. Y caso cerrado con la santa palabra del otrora defensor de los derechos humanos.

Poder judicial no es sinónimo de justicia. El primero está en las garras del zurderío que lo utiliza de acuerdo con su conveniencia e intereses. Por eso el pueblo acude a la palabra justicia como alegato para defenderse de arbitrariedades, abusos y vulneraciones de sus más elementales derechos. La gente cree que al invocar la justicia puede protegerse de quienes detentan el poder. Porque la ven como una tabla de salvación, a la que recurren para intentar salvarse de los abusos, urdidos por la macolla enquistada en el poder.

Pero todos sabemos que apelar a la justicia en las tiranías socialcomunistas es un grito en el desierto, un brindis al sol, una manotada de ahogado. Pero es lo único que tiene el sospechoso, el indiciado o el condenado para intentar defenderse de la ignominia y la infamia propia de estos regímenes. Que han sustituido el estado de derecho por un terrorismo de Estado.

Agridulces

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