viernes, 12 de agosto de 2022

La democracia: un ejercicio continuo

La democracia se convierte en una realidad tangible más allá del juego discursivo que la desfigura en demagogia, cuando se sustenta dentro de la sociedad en un marco de educación política y ciudadana.

Durante el pasado siglo XX y en el presente, la democracia ha sido asumida y utilizada de múltiples formas para justificar todo lo contrario a su real significado. En estos tiempos, hasta los autócratas y totalitarios de nuevo cuño se llenan la boca calificando como demócratas sus regímenes.

Otro tanto lo hacen los populistas de derechas e izquierdas que se han convertido en una suerte de prestidigitadores de una retórica pseudodemocrática que esconde su verdadero rostro autoritario. Así manipulada, la democracia se ha tornado en el lugar común de un doble discurso hipócrita que juega y apuesta a la destrucción de la misma. Deberían entender los traficantes de la política las palabras del filósofo Albert Camus: “La democracia es un ejercicio de humildad social: aceptar que todos somos necesarios”.

La democracia se convierte en una realidad tangible más allá del juego discursivo que la desfigura en demagogia, cuando se sustenta dentro de la sociedad en un marco de educación política y ciudadana. De esa forma, la democracia se convertirá en un hecho concreto. Como bien lo expresa Amy Guttman, en la democracia no hay gobernantes predestinados, cuestión que sí ocurre en los regímenes de corte antidemocrático. Sostiene esta autora que lo que caracteriza a la democracia es que en ella no hay especialistas en mandar y especialistas en obedecer sino que en conjunto, gobernantes y gobernados, conciudadanos todos, deberán ejercer tales poderes y ser relevados los primeros por los segundos cuando sus ejecutorias no se correspondan con las porciones de poder otorgadas y confiadas a ellos mediante la vía electoral. John Locke, filósofo inglés del siglo XVII habla de estas situaciones en su Segundo Tratado del Gobierno Civil. Una democracia sin alternabilidad es su negación absoluta.

La democracia, temida, odiada, desprestigiada y vilipendiada por los autoritarios devenidos por conveniencia en falsos demócratas no es una ideología ni menos un partido político aunque en su seno deben saber convivir las ideologías y los partidos respetándose. La democracia no es un arma para atacar ni sojuzgar a nadie. La democracia es una herramienta para llegar a acuerdos consensuados.

Al respecto, Norbert Bilbeny, profesor de Filosofía Moral de la Universidad de Barcelona, España, plantea lo que sigue en su libro Democracia para la diversidad: “El régimen colectivo para hacer que la vida sea más llevadera y hasta deseable es el régimen democrático. Su razón de ser va más allá de la política. Nos mueve a querer la democracia el evitar la coacción de unos sobre otros y repartir nuestras responsabilidades”. Todo ello dentro del amplio contexto de la libertad y de las libertades públicas. Con mucha razón Locke dijo: “La libertad más valiosa es la que está al servicio de la verdadera felicidad”.

De acuerdo a Bilbeny, el ejercicio de la democracia implica desarrollar el método “para resolver disputas y escoger dirigentes en el que concuerda con los valores democráticos y solo con éstos. Sería grotesco que afrontáramos los fines democráticos con medios que no lo son, o que al contrario, pusiéramos medios democráticos al servicio de fines autoritarios. Aunque, de hecho, se han dado las dos cosas. Pero es una incongruencia que nadie en su sano juicio aceptaría. Democracia y dictadura no coinciden en nada. Ni en su forma ni en su contenido”. En ese orden de ideas, el investigador citado es de la opinión que la democracia “sirve para hacer las cosas que la mayoría quiere para vivir bien. E incluso para que la minoría pueda también vivir así. La democracia no es la dictadura de la mayoría: aunque no gobierna, la minoría es respetada y tenida en cuenta”. En una auténtica democracia la minoría no debe ser perseguida, ni acorralada ni hostigada, esa es una conducta antidemocrática.

El acto de elegir es lo propio dentro de la democracia real, no una mera palabra vacía. En ese sentido plantea Bilbeny que “solo el voto democrático nos dirá que es lo más deseado por la mayoría de la gente. No es un instrumento neutro, porque se usa en definitiva para respetar la opinión de cada ciudadano”.

La democracia se asienta en un marco axiológico, es decir, un contexto de valores que contribuyen en su ejercicio por gobernantes y ciudadanos a fortalecerla. Los valores de la democracia son aquellas cualidades que se deben poner en práctica en cada grupo social para establecer y mantener el orden, el progreso y la buena relación entre las personas. Los valores de la democracia constituyen fundamentalmente un conjunto de valores éticos y sociales fundamentados en una serie de creencias, conductas, métodos, ideas y comprensión política.

Los principios de la democracia fomentan sus valores, el reconocimiento de una constitución, de la dignidad humana, la libertad de pensamiento y de expresión, la igualdad de derechos y deberes, la limitación y control del poder, entre otros. En suma, la democracia en un sistema de gobierno que se fundamenta en valores básicos como son la libertad, la justicia, la fraternidad, la igualdad, la participación, el pluralismo, la solidaridad, el respeto, el diálogo y la tolerancia. Para concluir, una cita del dramaturgo, poeta y novelista español Antonio Gala: “La dictadura se presenta acorazada porque ha de vencer. La democracia se presenta desnuda porque ha de convencer”. Valgan estas reflexiones en uno de los momentos más duros, más difíciles y más oscuros que ha vivido Venezuela durante toda su historia republicana.

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