miércoles, 17 julio 2024
Search
Close this search box.
Search
Close this search box.

Ideas, palabras, lenguaje y poesía

La arquitectura y disposición organizativa de las palabras en el espacio de la página no debería ser óbice para que el enunciado empalabrador y empalabrante diga aquello que está obligado o destinado a decir.

El solo título de este escrito bien pudiera resumirse en dos términos para dar cuenta de la reflexión que a continuación me propongo hacer a propósito del lugar de las ideas y de las palabras en el complejo proceso de fragua y forja del lenguaje literario en general y del poético en particular.

Como se cuenta que le dijo el poeta Stephan Mallarmé al artista plástico Edgar Degas, a propósito de la materia prima que ha de emplear el poeta para escribir el poema, era con palabras con que se escribía un poema y no con ideas. Me gustaría intentar “desmenuzar” este profundo enunciado del poeta galo. Ciertamente, en la “viña del Señor” hay de todo y para todos los gustos. Existen escritores, llámense poetas, narradores, cronistas o ensayistas que “nacieron” -es un decir, metafóricamente se entiende- con el tráfago farragoso de la frondosidad argumetal en el alma.

Son los escritores proclives al cultivo de la frase o el párrago abundoso, neobarroco, rococó, de exuberante prodigalidad verbal ostentatoria. Por doquier suele usted encontrar escritores que se prodigan en torrenteras de imparables e indetenibles aluviones y cascadas de verbosidades léxicas que privilegian y pivotan la(s) idea(s) en obvio detrimento de las palabras.

Evidentemente son biomáquinas que segregan excesivas ideas abstrusas, llenas de un asfixiante hermetismo y una indigesta pirotecnia sintáctica que ahogan las palabras naturalmente expresivas y en su lugar entronizan un delirante expresivismo rayano en el psicopatológico vaniloquio. Cuando las palabras son destituidas de su sagrado lugar dentro del contexto de la frase u oración para darle paso a la idea vacua e ininteligible y reiterativa entonces estamos en presencia del lamentable birlibirloque de mal gusto, del abusivo empleo infame del saltaperico semántico y de la fealdad sintáctico-gramatical. Cuando ello ocurre -no hay que escudriñar demasiado para darse cuenta de su proliferación en medios de opinión-, la palabra estética y llena de donaire expresivo, la palabra sabia y certeramente colocada en el lugar exacto donde debe ir cede su encanto y capacidad de seducción dando lugar al estridentismo y la engorrosidad discursiva vana y huera. Obvio, ahí justamente puede haber cualquier cosa menos poesía. Puede haber ruido, propaganda, ideología pero nunca belleza poética; pues el lenguaje lírico posee, intrínsecamente, equilibrio y ecuanimidad (morigeración) al tiempo que comporta una sobria dosis de eufonía creando una singular musicalidad de la expresión conocida como la música de las palabras.

La arquitectura y disposición organizativa de las palabras en el espacio de la página no debería ser óbice para que el enunciado empalabrador y empalabrante diga aquello que está obligado o destinado a decir en su estro locucionario. Es decir, la prosa o el poema, para que exprese su auténtica esencia, debe decirlo esforzándose al máximo posible en trascender los cartabones genéricos y los corsets formales a que el lenguaje tradicional tiene acostumbrados a los que utilizan la escritura como medio principal de expresión.

¡Más noticias!