martes, 23 julio 2024
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¿Horror banal?

De allí que la vida continúa sin sobresaltos, ni alertas ante los signos del terror como mecanismo de ideologización y de esos mitos revolucionarios que invocan los orígenes “naturales” de civilizaciones “idílicas” a las que hay que retornar.

@OttoJansen

La tranquilidad con la que nuestros pueblos y Estados -descubrimos que también les pasa a los más desarrollados- asumen riesgos y amenazas, resulta sorprendente. ¿Cómo puede entenderse en sana lógica que los mecanismos de defensa de las sociedades fallen? Se descuiden a extremos de conducir a matanzas masivas de inocentes de manos de la barbarie identificada y cuyos capítulos vergonzosos (tal es el nivel de horror que inspiran) luego procuramos diluir.

Pero las lecciones, incluso esas tan traumáticas, no se asimilan a profundidad según constatamos de la historia y al enfrentarnos a estos capítulos, comprobamos con dolor y estupor hasta donde es capaz de llegar la maldad. La discusión sobre lo acontecido con el ataque de los terroristas a Israel pudiera ser eterna en el reproche si no fuera porque es una conducta (esa de la tranquilidad y la contemplación) bastante extendida. Más en el caso de nuestros países latinoamericanos, con Venezuela a la cabeza, que ven cómo el cáncer del pensamiento totalitario se abre paso “banalmente” sin alertas que valgan. Y tan solo cuando las bestias han llegado al acto de las mortandades es que apelamos a los principios como manera de convencernos lo que ven nuestros ojos. El mal avanza, haciendo ágiles piruetas todos los días; ante eso las elites del mundo relativizan razones y teniendo como proclama la interpretación laxa y “divertida” de la condición humana, viven forjando constructos pintorescos que terminan dejando la libertad grande, en manos de enemigos sanguinarios, de los expertos de la post verdad y en los difusores de la minimización de la justicia. Leo del ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, en comparecencia ante los medios, en las horas duras para esa nación, que hace unos años “me detuvo el escalafón político” a la posibilidad de cerrar el capítulo con el grupo terrorista. En ese sentido dos cosas relacioné: una, las advertencias bien fundamentadas que hizo, hace ya décadas, la filósofa Hannah Arendtd sobre cómo el totalitarismo, el gran enemigo de la libertad y la civilidad, siempre está al acecho y no desaparece del todo. La otra relación es el caso de Venezuela con el proyecto revolucionario que ha seguido una ruta lineal de control de la sociedad, mientras las instancias que pueden producir decisiones significativas ante el evidente avance se ejercitan en eufemismos y juegos de palabras. Es decir, la tragedia se vuelve rutina, se agiganta hasta que en algún momento culmina en actos demoledores que no podrán impedirse.

“El enemigo potable”

Uno de los altos funcionarios judío reflexionaba sobre los errores y señalaba al “enemigo potable” con lo que los líderes o las instituciones llegaron asumir a los terroristas. Quitándole dimensión a sus posibles acciones, hasta que estas se convirtieron en violencia para víctimas confiadas y para la propia nación. Ese calificativo precisamente tiene años permeando la conciencia de los latinoamericanos que no piensan que sus sociedades pueden llegar a estremecerse por el infierno del sufrimiento infringido con premeditación. Suponen las dirigencias, la reserva moral y la población sencilla, que nada de lo que pase puede ser peor a lo que existe y por lo tanto podrá ser superado. De allí que la vida continúa sin sobresaltos, ni alertas ante los signos del terror como mecanismo de ideologización y de esos mitos revolucionarios que invocan los orígenes “naturales” de civilizaciones “idílicas” a las que hay que retornar. Pues bien, en Venezuela esto se ha pagado caro con la erosión de la identidad, abandono masivo del país, miseria extendida, pérdida de valores y la atrofia de la modernidad; no teniéndose seguro de qué modo será el desenlace del secuestro que el autoritarismo ha impuesto.

“Resulta, sin duda, muy inquietante el hecho de que el gobierno totalitario, no obstante su manifiesta criminalidad, se base en el apoyo de las masas. Por eso apenas es sorprendente que se nieguen a reconocerlo tanto los eruditos como los políticos, los primeros por creer en la magia de la propaganda y del lavado de cerebro, los últimos por negarlo simplemente, como, por ejemplo, hizo repetidas veces Adenauer. Una reciente publicación de los informes secretos sobre la opinión pública alemana durante la guerra (desde 1939 a 1944), realizados por el Servicio de Seguridad de las SS (Meldungen aus dem Reich. Auswahl aus den Geheimen Lageberichten des Sicherheitdienster der SS 1939-1944, editada por Heinz Boberach, Neuwied y Berlin, 1965), resulta muy reveladora al respecto. Muestra, en primer lugar, que la población se hallaba notablemente bien informada sobre los llamados secretos -las matanzas de judíos en Polonia, la preparación de un ataque a Rusia, etc.- y, en segundo lugar, el “grado hasta el que las víctimas de la propaganda han permanecido capaces de formar opiniones independientes” (pp. XVIII-XIX). Sin embargo, el punto de la cuestión es que esto no debilitó de ningún modo el apoyo general al régimen de Hitler. Es completamente obvio que el apoyo de las masas al totalitarismo no procede ni de la ignorancia ni del lavado de cerebro”. Anotación complementaria de Hannah Arentd en el Prólogo a la Tercera Parte: Totalitarismo. Junio 1966.

Los tiempos se han llenado de espejismos que van barnizando las emboscadas a la civilidad. No ceder, es obligación absoluta en la firmeza de valores y a una vida de humanidad. Los terribles hechos de estos días nos despiertan con el horror una vez más en piel ajena. Pero nadie está exento, incluso ya esos signos se viven por estas coordenadas; brota la semilla mimetizada con sed de control absoluto.