sábado, 24 febrero 2024
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Hedor con “lucidez” en ciclo de la basura

Con la recolección de basura se pone en marcha un nuevo episodio de la ceguera roja que viene entronizándose en el país, mientras el pensamiento político y económico insiste en minimizar hechos y consecuencias.

@OttoJansen

Los lectores habrán seguido por las redes sociales y por las páginas de información lo que viene ocurriendo con la empresa de recolección de basura Fospuca, el arrendamiento del servicio por parte de la Alcaldía de Caroní, las tarifas que todos los sectores de la ciudad han considerado exorbitantes en apremiantes tiempos de desaparición de la moneda nacional y de los salarios. Habrán visto la activa y admirable actuación de los distintos factores de Ciudad Guayana: desde las comunidades, por lo general indiferentes a muchos dramas del municipio, gremios que se han reencontrado con nuevos aires de apoyo al reclamo social concreto, empresarios que insisten en ese diálogo casi abstracto y paternal, concejales y personeros políticos que, demás está decir, ya sellaron acuerdos para garantizar su supervivencia, sin que la protesta justa ocupe sus intereses. Esto entre otras y variadas facetas del episodio que el correr de los días (como viene pasando luego del asueto de carnaval) se encargarán de poner en claro.

El proceso atinente al servicio de recolección de basura, con sus obstáculos y dificultades, no es nuevo en las ciudades del estado Bolívar, como tampoco lo son las complejidades en mantenimiento y modernización de áreas involucradas; muchas buenas intenciones hacia una dinámica fiable y eficiente se las han llevado los hechos, lo que es bastante decir. Sin embargo, luego que la Corporación Venezolana de Guayana de Sucre Figarella, que proporcionó los mejores años del aseo a Caroní, dejara en manos de las municipalidades esta tarea, por la década de los años 90, hubo un cierto espacio de inercia que hizo se mantuviera en márgenes de regularidad. Esto se acabó, y desde la llegada del otrora inocente estudiante de la UDO, a la Alcaldía guayacitana, se convirtió junto con piezas que le integran (cierre del basurero de Cambalache, promesas e inversiones desaparecidas de la Gobernación en la era Rangel Gómez, lo del rellenos sanitario del sector Cañaveral, con equipos modernos que nunca aparecieron), en el desastre de innumerables promontorios de basura y aparición de increíbles bandas de zamuros que dieron apodo a la gestión local.

Lo de la contratación de la empresa referida, atendiendo a objetivos de la política nacional del modelo revolucionario, según han reseñado trabajos periodísticos; determinados desde alianzas con alcaldes “opositores” del área metropolitana de Caracas, y ahora con asociación a equipos rojos. Es un mecanismo que permite echarle tierra -en el caso Guayana- a presupuestos supuestamente ejecutados en materia de la basura por gestiones bolivarianas de la región, en el pasado reciente. Además de perfilar una formidable estrategia de recaudación de grandes sumas de divisas por la recolección que es una necesidad, es también el cierre de un ciclo, que difícilmente tendrá marcha atrás, a menos que los voceros de la sociedad civil en reclamo, asuman que la naturaleza de la lucha no tiene que ver con cálculos electorales, con la consecución de un dólar más para el comercio con impulso de liderazgos, o cosa por el estilo, y se tenga conciencia de la defensa férrea (sin extremismos o estridencias innecesarias) de los derechos democráticos: desde los más directos, caso de los servicios públicos, hasta aquellos que tienen que ver con la libertad y la democracia. 

“Ceguera roja”

Ciudad Guayana y el estado Bolívar son piezas fundamentales para el desarrollo de la modernidad, rescate e impulso de una nueva democracia en Venezuela. Esto se dice y se repite constantemente, pero la conciencia de esta realidad es endeble en vastos sectores de la población, sobre todo en voces de protagonistas que están en constante exposición en la opinión pública. La realidad es que, a pesar de los discursos sobre ciudadanía y civilidad, se encuentra instalada en la conducta generalizada el sentimiento de campamento minero, de provisionalidad y de ausencia de sentido de pertenencia que ha hecho que no exista memoria colectiva y valores que enfrenten con éxito al fariseísmo y a los piratas de la sabana, que por años han tomado su botín y se han ido como si nada de la región.

Con la recolección de basura se pone en marcha un nuevo episodio de la ceguera roja que viene entronizándose en el país, mientras el pensamiento político y económico insiste en minimizar hechos y consecuencias. La ceguera roja, como analogía a “la ceguera blanca” a la que se refirió el premio nobel lusitano, José Saramago, describiendo en su magistral obra una extraña enfermedad que fue arropando a todos los habitantes de una ciudad. Claro, en Guayana no ha sido el azar del destino inexplicable el que ha hecho de las empresas básicas un cementerio de ruinas.

No ha sido casualidad que la corrupción con tecnología de punta estableciera la venta de container de materia prima para beneficio de personeros del régimen. Las ganancias en divisas con empresas de maquillaje dependientes de la Gobernación del estado Bolívar (nunca investigadas), que finalmente fueron negocios rotundos para dirigentes y candidatos del socialismo del siglo XXI.

Así que la “ceguera” de la que hablamos tiene algo de auto infringida, sobre todo cuando existe la “posibilidad” de que alguna rendija favorezca a personalidades, dirigentes, y partidos políticos nuevos o viejos.

Así la población respire el hedor, y sufra además su bancarrota, no se sabrá a ciencia cierta, aun pagando si la basura se recogerá, porque la ceguera roja de continuar sencillamente no lo permitirá.