lunes, 23 de mayo de 2022

Alimentar la esperanza 

¿De dónde saca uno fuerzas para continuar? ¿En dónde encuentra uno señales para alimentar la esperanza? Pues mirando con los dos ojos: el que ve el drama y el que ve las luces en medio del apagón.

¿De dónde saca uno fuerzas para continuar? ¿En dónde encuentra uno señales para alimentar la esperanza? Pues mirando con los dos ojos: el que ve el drama y el que ve las luces en medio del apagón.

@luisaconpaz

Una maestra de educación inicial que comienza por enseñar los sonidos de las letras a los pequeños, para que luego aprendan a leer, no se pregunta si cada niño lo logrará. Simplemente lo hace y tiene la esperanza de que todos lo lograrán. Como dice Benjamín González Buelta, jesuita y poeta, “¿Cómo se arriesgará/ a sembrar el campesino/ sin ver el trigal apretado/ lleno de semillas?”. Y así va cada año la maestra, sembrando semillas y cuidándola, y con la esperanza de que den frutos.

Sí, no está fácil tener esperanza en un país con tantos problemas, en medio de una emergencia humanitaria compleja, con todo lo que ya sabemos que está suponiendo, y en medio también de una pandemia a la cual no se le ve final cercano. Sin embargo, precisamente por esta situación, que no debe ni esconderse, ni negarse, ni disfrazarse, es que uno más valora esas “semillas del reino”, como dice el poeta jesuita citado.

¿De dónde saca uno fuerzas para continuar? ¿En dónde encuentra uno señales para alimentar la esperanza?  Pues mirando con los dos ojos: el que ve el drama y el que ve las luces en medio del apagón.

Yo me admiro, por ejemplo, cuando sé de esas señoras que voluntariamente cooperan con las parroquias católicas en montones de pequeñas tareas a favor de los más necesitados de la comunidad; me da esperanza saber de las actividades de organizaciones como Convite, que salen de un hospital para entrar en un ancianato proporcionando insumos, alimentos…; me da esperanza ver la valentía y la perseverancia de los que trabajan en la defensa de los derechos humanos de otros; me da fuerza cuando veo organizaciones como Prepara Familia, que asisten a los niños hospitalizados en el J.M. de los Ríos, y que a pesar del dolor que les genera la muerte de un niño, siguen trabajando y apostando por la vida de los otros; me inspiran los proyectos, cada vez más de Esperanza Activa, liderados por un artista plástico en Barquisimeto, y que parece no cansarse de inventar iniciativas a favor de niños y niñas de entornos vulnerables…

Se puede educar con desesperanza y generar más desesperanza. Y se puede educar con esperanza y sembrando esperanza, como es la opción del movimiento Fe y Alegría, pues sabemos que la esperanza es un motor que impulsa la acción. La desesperanza en cambio te paraliza, es lo que se promueve con ese discurso tipo: “¡Los venezolanos somos unos flojos!” o “¡Aquí nadie hace nada!” o “¡Aquí no hay nada que hacer!”. Discurso desesperanzador que, además, no es cierto: los venezolanos no somos flojos, aunque haya flojos, que es distinto, aquí hay mucha gente haciendo cosas positivas por otros y emprendiendo a pesar de las dificultades, y aquí hay mucho que hacer.

Y sigo con la opción de Fe y Alegría. Una escuela debe ser un lugar de formación de personas, donde aprendan a convivir en paz, a respetarse; un lugar para que los estudiantes descubran sus potencialidades y las desarrollen. Y el personal, desde el portero hasta el equipo directivo, pueden y deben contribuir a ello, con el ejemplo, con sus palabras, con su trato amable que se contagia, con su saludo diario cercano que acompaña.

A mí me entusiasma ver la perseverancia, la creatividad de tanto maestro en Fe y Alegría, de todos los obstáculos que deben saltar para continuar, de la alegría que contagian a otros con sus mensajes. En Fe y Alegría sabemos que la esperanza impulsa y se alimenta con el trabajo diario y la sistematización de buenas prácticas. Por eso sabemos, por ejemplo, que cuando las madres de alumnos “difíciles”, esos violentos, hacen el curso de Madres promotoras de paz, cambian su manera de relacionarse con sus hijos y ellos cambian también; sistematizando buenas prácticas sabemos que escuelas con entornos violentos pueden educar para la paz, por ejemplo, y eso va alimentando la esperanza. Recoger aprendizajes de estos tiempos de pandemia también siembra esperanza porque sabemos que podemos hacer las cosas mejor, al igual que el trabajo en equipo, porque aprender en grupo da esperanza.

Y así podría seguir dando ejemplos de esa opción de nuestros 177 colegios, los 5 institutos universitarios, los 81 centros de capacitación, las 23 emisoras de radio y sus centros de orientación de educación para jóvenes y adultos… ¡Mucha esperanza qué sembrar y mucho terreno esperando por la siembra!

Termino con otras estrofas de Benjamín: “¿Cómo entregarse / por lo pequeño/ sin ver con ojos nuevos/ la utopía del Reino/ en el brote germinal/ que apenas rompe/ la cáscara del miedo?” y esta otra de su poema Espera: “Esperaré a que crezca/ el árbol/ y me de sombra/ pero abonaré la espera/ con mis hojas secas// Esperaré a que llegue/ lo que no se y me sorprenda/ pero vaciaré mi casa de todo lo enquistado// Y al abonar el árbol/ sacudir la noche/ y vaciar mi casa/ la tierra y el lamento / se abrirán a la esperanza”.

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