viernes, 1 de julio de 2022

Guayana y la fiebre del oro

Puede decirse que en las zonas mineras de Guayana existe una minoría de inhumanos explotadores y una mayoría explotada de manera inmisericorde. Conformada por un inmenso contingente de pobres, que el socialismo del siglo XXI expulsa todos los días de las ciudades.

Puede decirse que en las zonas mineras de Guayana existe una minoría de inhumanos explotadores y una mayoría explotada de manera inmisericorde. Conformada por un inmenso contingente de pobres, que el socialismo del siglo XXI expulsa todos los días de las ciudades.

La fiebre del oro se ceba en los cuerpos sociales con una economía inmunodeprimida, pues este metal se transforma en el único recurso al que acude tanto una población menesterosa como las mafias corruptas, que siguen engordando sus alforjas con la sangre y el sudor de un pueblo empobrecido, que es cómplice sin saberlo, y claro, con la connivencia criminal de las cúpulas podridas. El oro destapa las insaciables agallas de poderosos, cortesanos, rastreros y lacayos, al tiempo que aniquila la vida de millones de seres humanos que ven en algunas gramas la comida y la medicina para sus familias.

El oro siempre ha subido la temperatura de la ambición en cualquier momento de la historia. Poseerlo es un indicador de poder. Ha alimentado y sostenido imperios y potencias en todos los lugares del planeta. Al Tahuantinsuyo no tuvo que llegar el conquistador español para mostrarle el valor del oro, pues ya lo sabían. Los Incas se bañaban con el metal amarillo para brillar tanto como el sol. La leyenda negra de la conquista abunda en detalles de cómo se erigió el imperio español, sostenido en las remesas de metales preciosos que llegaban desde el nuevo continente.

Otra fiebre del oro la ubicamos en San Francisco, como un periodo de masiva y apresurada migración hacia aquella zona de California, adonde llegó gente de Europa, América latina, Australia y de Asia. También se produjo un enorme desplazamiento de los nativos de otros estados de Norteamérica hacia la bulla minera, que no dejaba de convocar con sus promesas de súbito enriquecimiento. Escondido en la veta de la roca, que también podía aparecer en las formas caprichosas que toma el cochano en la suruca del gambusino, que con trabajar seis meses podía vivir tranquilo durante seis años.

Eso sí, San Francisco pasó de ser una minúscula aldea a convertirse en una ciudad con escuelas, carreteras, iglesias con un sistema legal y de gobierno. Esta urbe es hoy una de las más importantes de USA, con su monumental Golden Gate es uno de los mayores puertos del Pacifico. Es también un centro industrial y financiero, sede de la Universidad de Berkeley. Con el descubrimiento del oro (1848) experimento un espectacular crecimiento urbano, que fue destruido casi en su totalidad por el terremoto de 1906.

Esta metrópoli que superó su febricitante condición se mantiene, y siempre va más allá, gracias a que ha sido capaz de reinventarse y adecuarse a las exigencias más punteras de la modernidad. Tengo la impresión, en este sentido, que San Francisco es un caso excepcional, si lo comparo con lo que ha ocurrido en Venezuela, en particular en es el estado Bolívar, donde la fiebre del oro solo ha traído desgracias al grueso de la población nacional.

Nuestros pueblos de vocación agrícola y pecuaria han sido infectados con la incurable patología de la avaricia. Esta última se manifiesta con variadas intensidades de acuerdo con el grado, las charreteras o la cercanía a la cúpula. Los que tienen más soles cuentan con licencia total para enriquecerse hasta la obscenidad, con el uso de los recursos del propio Estado. Lo cual les permite esclavizar a mineros pobres, destruir los ecosistemas donde se explota el oro, expulsar a los aborígenes de las tierras que les pertenecen y mercadear con las necesidades de quienes llegan a esos territorios.

Puede decirse que en las zonas mineras de Guayana existe una minoría de inhumanos explotadores y una mayoría explotada de manera inmisericorde. Conformada por un inmenso contingente de pobres, que el socialismo del siglo XXI expulsa todos los días de las ciudades, de sus trabajos, de sus casas para que vayan a servirles a los dueños y señores de la corrupción, a los que la dictadura les ha abierto las puertas de la riqueza y de la opulencia.

Además de la mano de obra esclava, allí se han instalado organizaciones paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes y terroristas, que intercambian servicios de seguridad y beneficios pecuniarios con los que, oficialmente, son los amos de estas tierras, donde la única ley huele a pólvora. Selva adentro se impone el miedo y el terror, pero muchos venezolanos no tienen otra salida que someterse a la explotación de la élite, que se ha adueñado del oro y de otros minerales que se encuentran en la corteza terrestre de esa zona de Guayana.

Agridulces

En socialismo quiebran hasta los bancos de sangre. Los donantes no pueden hacer sus depósitos porque no hay bolsas para preservar tan preciado líquido, esencial para salvar la vida de tanta gente que la necesita en esta miserable Venezuela.

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