lunes, 26 febrero 2024
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Guayana: de los zamuros a la civilidad

Hay que enfrentar la maniobra roja con la convicción de que es absolutamente posible conquistar Venezuela con elecciones que realmente las sean: libres y competitivas; sin dar oportunidad a que nuestras menguadas fuerzas físicas nos empujen a rendirnos.

@OttoJansen

 

Al cielo encapotado del mes de julio, sin extrañezas porque en días precedentes llegaron algunas lluvias, se agregan con más visibilidad (tienen años merodeando) los zamuros que invaden las ciudades (caso de la cumpleañera Ciudad Guayana por los promontorios acumulados de basura). Es un presagio no de más tragedias que ya las tenemos en Venezuela tanto como pueda ser imaginable. Es más bien el de la hora más dura, que requerirá, todavía más, de un fuelle superior para no solo encarar la muerte colectiva desde la amenaza del COVID-19, sino el destino de la civilidad y de toda la República.

Es un camino que avanza, tal vez sin demasiada conciencia para la ciudadanía (atosigada por el desbordamiento continuo de las feroces realidades), hacia la etapa donde los cantos de sirenas y los espejismos que se evidencian como signos rotundos son antesala hacia definiciones soñadas pero ahora escondidas bajo enormes capas de escepticismo.

La resolución de la hecatombe institucional venezolana no es una simple fórmula de la política, donde exclusivamente los buenos modos, con sus angustiosos llamados de evadir la violencia, cuentan a los fines de entendimientos o de poder articular respuestas que involucren a todos los factores para empujar hacia la sanidad de la sociedad y restablecer el orden constitucional. Lamentablemente a esos buenos deseos y exhortaciones como el de hace unos días del obispo Baltazar Porras, se anteponen los hechos fabricados por la revolución y el asesor cubano en estos 20 años, que exigen a las voces representativas de la sociedad escudriñar las lecciones que propicien las rutas de la eficiencia en la construcción sólida de la alternativa democrática compenetrada con las expectativas del tiempo y la generación de hoy.

El sacerdote jesuita Luis Ovando, del sector educativo del municipio Caroní, en conversación informal sobre lo humano y lo divino, nos ilustraba con la frase: “Este es un libro que ya hemos leído”. De allí que cuando miramos la pantomima electoral parlamentaria que instala el régimen; esa especie de pesadilla recurrente, que no se va nunca y que se cuela entre las rendijas de la conciencia para parecer distinta, tenemos la certeza de que esos falsos comicios tendrán que ser enfrentados no solo con razones sino con la manifiesta determinación de los más penosos sacrificios, el impulso de estrategias con más vigor. Con disposición de rigor evaluativo, el contacto directo con las comunidades y por supuesto fomentando la comunicación mediante plataformas tecnológicas con fallas e intermitencias y hasta con mensajes de golpes de tambor.

Debemos enfrentar la maniobra roja con la convicción de que es absolutamente posible conquistar Venezuela con elecciones que realmente las sean: libres y competitivas; sin dar oportunidad a que nuestras menguadas fuerzas físicas nos empujen a rendirnos, mientras los zamuros que danzan sobre la república, incentivan la desesperanza con cánticos y hurras.

Vencer el desierto

El vasto e importante estado Bolívar es un desierto de orientaciones coherentes sobre el destino nacional. Los piratas de la política son los que van quedando, mientras da un paso al frente el surgimiento de otros actores y se distingue con claridad la identidad económica siglo XXI de la región. Estos tartufos muestran la “resiliencia” viva a los complejos procesos que le ha tocado a la oposición nacional y sus dramas que persisten, retratados en esta hora, cuando la Asamblea Nacional y Juan Guaidó resisten críticas y ataques de la usurpación y no pocas de su propio bando. Pero es la sobrevivencia que por beneficios obtenidos desde la gestión Rangel Gómez les sirve a estos grupos para las torceduras y la maniobra, donde el sufrimiento popular no tiene cabida. Por eso en este momento esos fantasmas se prepararán a acompañar a la revolución en comicios inútiles, haciendo galimatías acerca del voto y la “pérdida” de los espacios. Tal condición, determina, como antes lo referimos, a la obligación de recrear el enfoque de las luchas locales, que nos corresponden de forma directa. No será posible la transformación de las instituciones, el funcionamiento del Estado de derecho, la representatividad y el ejercicio democrático con anclajes sin ética y, por el contrario, viciados. O en otros casos, que sean expresiones de un pasado congelado y en el afán de la nostalgia. No habrá así modernidad para una región con tanto potencial de desarrollo y crecimiento.

Pero que la victoria democrática sea tangible exige lidiar con la dureza de la política concreta; mucho más en una coyuntura complicada y siniestra. Es menester alertar y descartar del menú los lances voluntariosos, formalistas o románticos que sirven de parabán a los bandidos de nuestras regiones; es imprescindible detectar la hechicería sin hierbas que algunos intentan desde atajos supuestamente teóricos o invadidos por prejuicios sobre los aliados de la comunidad internacional. Además de los juicios descontextualizados acerca de no pocos episodios del liderazgo democrático.

Es la hora de pisar tierra con firmeza. La vista hacia el cielo oscurecido no puede permitir que la carroña termine de enterrar la democracia y a nuestra Guayana con ella. La lucha es por rescatar la libertad, derechos y desarrollo, conquistando elecciones limpias que impongan definitivamente el poder del voto.