sábado, 24 febrero 2024
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Femicidio de la humanidad: ¿Un caso a la vez?

Desde los rincones más lejanos de esta Guayana, récord de muertes y agresiones de género; de toda Venezuela deshilachada en la “normalidad” impuesta, se hace obligación levantar la voz. | Foto cortesía

@ottojansen

Vuelve a sorprendernos un femicidio en Ciudad Guayana. El sitio del asesinato es de nuevo el Parque Cachamay, espacio de la naturaleza y de la vida convertido últimamente, con el pretexto de citas de entendimientos, en sendero siniestro. Ocurre con cierta normalidad, casi que el mismo día en que los tribunales emitían sentencia en el caso de la jovencita Ángela Aguirre, víctima renombrada en altas y sorprendentes estadísticas de estas agresiones.

La región, sabemos, se encuentra atosigada por la más inverosímil destrucción: no hay espacio que no toquen las penurias, las enormes dificultades que enfrentan todas las clases sociales en nuestras ciudades. Parece que no podemos sino padecer los problemas.

En ese sentido la inercia empuja las deformaciones sociales sin reacción particular, a menos que la tragedia toque directamente. En ese caso las semanas se encargarán de hacer olvidar a la opinión pública los episodios terribles y toca a las familias administrar su dolor. Pero para los ojos duchos, que ni siquiera son especialistas, la descomposición gota a gota pudre el cuerpo social y se puede apreciar con facilidad en medio del desmadre institucional de la revolución. Una parte de la guinda, con la destrucción de valores de la familia, está en la violencia a la mujer.

El poder político (que en el estado Bolívar controla lo visible y lo invisible), cargado de abundante retórica en sus primeros años, ahora ejecuta las maniobras, pone las fichas de su interés sin importar razones y, claro, no hay atención a la problemática social: extirparon la sensibilidad. No leen lo que está en la cotidianidad con los monstruos que crecen asumiendo sin escrúpulos el hecho sanguinario, ese que no les frena la madre, las hijas, la esposa o compañera. Al lado de la agresión, se encuentra la impunidad y los discursos técnicos de los funcionarios que no empeñan la justicia o impulsan la cultura de la tolerancia. Pero el proyecto de defensa de los derechos humanos, de las motivaciones de la modernidad en la condición femenina, no tiene expresión política organizada en Guayana. Aquí los partidos políticos denominados demócratas están ausentes y sin noción actualizada del basamento legal venezolano y sobre todo de las legislaciones de países que vienen escuchando las peticiones y el desenvolvimiento de sus sociedades. Al menos el silencio del tema en la opinión pública puede cortarse. Nuestro comportamiento político es intrascendente: la meta tan solo son elecciones para optar por un cargo en correspondencia con el guion de estabilización del régimen a los fines del dominio totalitario, y esas organizaciones, en su confort electoral particular, ni siquiera son capaces de mencionar la elemental paridad de género.

El horror del Estado talibán

Ahora lo sintomático para la existencia no es tan solo lo terrible de las cifras de femicidio en la jurisdicción guayanesa y el mayor crecimiento de la violencia contra la mujer en Venezuela. Hemos podido apreciar de nuestra experiencia nacional cómo los derechos se van haciendo trizas ante el cálculo empecinado de las fuerzas del atraso que encarna el proyecto chavista. Pues bien, ahora se nos agiganta el espejo de la aniquilación del ser humano con los terribles desarrollos de la escena afgana, que como dicta la historia, empiezan con el pretexto de la Mujer -sea por lo que fuere de acusación- y terminarán con la matanza de todos (agregando la cultura y el conocimiento) con alguna justificación todavía más descabellada. Es el brutal razonamiento donde no entran desarrollos, civilidad o la esencia sagrada de la libertad.

Las imágenes desoladoras de la histeria colectiva ante la arbitrariedad; las explicaciones infelices de los líderes del mundo, colocan el drama en la esfera de las convicciones de la sociedad global, a la que no le queda opción sino levantar su voz multiplicada desde sus valores de vida contra el desinterés y alza de hombros que pregona la cultura, tan de moda, de esa “sociedad líquida” que todo lo justifica en su hedonismo. En Venezuela ya conocemos cómo se extiende la gangrena revolucionaria con sus atroces conceptos que tuercen la justicia, la normalidad; la esencia crítica ciudadana, inyectada con el fanatismo que corroe y el estado de necesidad impuesto.

Desde los rincones más lejanos de esta Guayana con récord de muertes y agresiones de género; de toda la Venezuela deshilachada e imbuida en distorsiones que copan la “normalidad” impuesta, se hace obligación levantar la voz. Nunca será, ya nos consta en carne viva, un acto testimonial porque tiene la valoración de enfrentar la “ola” que con “sinuosidad” es parte de los graves comportamientos de violencia que en el patio local nos involucra a cada uno en distintas responsabilidades, acciones u omisiones. Tal vez el mejor modo de ejemplificar la firmeza está en dejar de lado el lema bueno y hasta terapéutico de “un caso a la vez”, porque correremos el riesgo de atrasar en demasía el esfuerzo de encontrar logros sustantivos de los derechos plenos de la mujer. Es momento de enfrentar y avanzar sobre esa otra tara que nos persigue.