martes, 23 abril 2024
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¿Esperar a los verdugos?

Cuando el Estado es quien te vigila y te quita la libertad ciudadana irrespetando el estado de derecho, no pueden formas oxidadas de acción cívica y del acostumbrado “juego político” las que sirvan de defensas a estos embates.

La sociedad democrática venezolana, la que no integran las organizaciones políticas que hoy conocemos: partidos que necesariamente debemos referirnos permanentemente para dejar registro de sus condiciones gastadas y llenas de todas las formas burocráticas que esconden su falta de compromiso social. Pero no son de esas figuras de las que hablamos; es de la sociedad conformada por el imaginario del habitante de las comunidades, pueblos y ciudades del país, colectivamente representada en la justicia, el bienestar, el estado de derecho. Incluso más allá de los elementos jurídicos formales, las corrientes del pensamiento, derechos humanos; esa, cobijada en los sueños de desarrollo, tranquilidad económica y felicidad. Es el sentimiento y la conciencia venezolana extendida por la geografía del país que al contemplar la destrucción, padecer las penurias y presenciar la persecución y el cinismo gobernante de la revolución contra las voces que les señalan las aberraciones, viene quedando a merced del vacío de normativas, amparos de protección o de cualquier instancia de la autoridad; queda constreñida a su propia defensa, a lidiar y a procurarse para poder sobrevivir a las iniciativas dictadas por su pulso y convicción.

Admirablemente por circunstancias de los recursos morales de la decencia y hasta por la providencia divina, en medio de la más completa orfandad, surgen expresiones que pasando por la solidaridad, por la espontaneidad del apoyo ante hechos despreciables o por ejemplo lo que tiene que ver con las condiciones de alimentación y techo, terminan en mecanismos de organización (incipientes tal vez) de la acción cívica y de la resistencia ante los abusos. Esas corrientes pequeñas, endebles, domésticas, arropan el tejido social de la vida urbana y de los municipios distantes del territorio nacional, produciendo el “milagro” de mantener la identidad libertaria ante los atropellos del modelo bolivariano con falta de justicia, y las manipulaciones, cada vez más “enseñoreado” (como lo calificó la periodista Sebastiana Barráez) contra quienes puedan significar obstáculos para sus intereses. Ahora bien, si esta modalidad del órgano vivo del país ha logrado mantener la esperanza de rescate democrático y agigantar luchas contra el régimen como lo es hoy el asombroso efecto María Corina Machado, también es cierto que le queda camino pendiente cuando se trata de instrumentar  dinámicas que se adelanten a las felonías que implementa el Estado revolucionario y que son necesarias porque en estas emboscadas (tipo desaparición de la doctora Rocío San Miguel y su grupo familiar, por citar solo este caso) se nos va la vida como nación y se entroniza la posibilidad que la opresión chavista se perpetúe indefinidamente como pretenden.

Antídoto contra la persecución

Cuando el Estado es quien te vigila y te quita la libertad ciudadana irrespetando el estado de derecho, no pueden formas oxidadas de acción cívica y del acostumbrado “juego político” las que sirvan de defensas a estos embates. Es de trámite dejar constancia de los abusos y las arbitrariedades ante instancias de una justicia cuestionada. Pero se sabe, conociendo una experiencia de 25 años que ha costado la vida a cantidades de inocentes, que las resoluciones formales de estas instituciones cooptadas por la revolución no van a dar dictámenes favorables a la ciudadanía. Es por esto que la organización del sentimiento democrático que se defiende solo, tiene que asumir con prontitud (desoyendo los consejos de la visión postrada o ritual), formas eficaces de impedir que sus recursos humanos más calificados sean objetivos de imputaciones falsas y encarcelamientos.

No es perogrullada, en momentos que miles ya han abandonado a Venezuela buscando asilo. La organización pasa por las redes ciudadanas que no son figuras para la manida “fiesta electoral” o las reuniones de sancochos como se sigue practicando desde la visión caduca tradicional. La candidata María Corina Machado ha hablado de los comandos familiares y de los comanditos que la inercia u ortodoxia organizacional quiere solo interpretar como “alistar estructuras”, “1×10” o la movilización de calles, todas inútiles para evitar el asedio y en muchos casos, como sucedió con protestas sin nortes claros, fácilmente infiltradas por los cuerpos de seguridad.

Son efectivamente otros los mecanismos para que se haga efectiva la comunicación y pueda centrarse en lo eficaz, sin esa relevancia, por cierto, que se endilga a cadenas de WhatsApp que solo son grupos de compañía sin conexión con directrices de protección y alertas ante la feroz cacería del régimen. El profesor de ciencias políticas y filosofía, José Rafael Herrera, de la Universidad Central de Venezuela, escribe en su columna por estos días: “Por fortuna, los tiempos cronológicos no coinciden necesariamente con los tiempos históricos. Y cabe advertir que lo que desde las esferas del poder se pretende decretar no por ello termina por cumplirse: “se acata, pero no se cumple”, como reza el adagio colonial. La astucia del venezolano sigue siendo una de sus mayores virtudes. Las grandes rebeliones contra los déspotas comienzan con un parpadeo, un guiño, sotto voce y debajo de la tierra, muy adentro, muy profundo, allá, en las catacumbas desde donde el in crescente movimiento de los cada vez más numerosos latidos de los corazones termina haciendo estremecer la tierra, tal como si se levantaran los muertos”. Las redes ciudadanas, con símbolo del pez, la usaron los primeros cristianos para vencer el imperio romano, acota el profesor. Hoy esas redes,  al lado de organizaciones estructuradas de derechos humanos, son las garantes de determinación de cambio del pueblo venezolano. Otorgarle reconocimiento y organicidad es tarea inmediata antes que siga entre gallos y medianoche actuando, con su voraz saña, la canalla.