sábado, 24 febrero 2024
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En casa con el Nazareno

Al estar obligados a reflexionar solos, nos pasa lo del dicho venezolano del que silba para espantar el miedo. La cuarentena nos ha impuesto a encontrarnos con nosotros mismos, la familia y con la solidaridad.

@OttoJansen

Tiempos de cuaresma para el mundo católico, y dentro de él, para el mayoritario pensamiento religioso nacional. Es, también, recogimiento y aislamiento social por insospechada cuarentena en el mundo, que deriva a la reflexión sorprendida con interrogantes sobre la existencia. Se aproxima una obligada abstracción del pensamiento sobre el impacto económico y político, sobre la pobreza y la orfandad social en todas las naciones, tras un severo examen de muertes y acciones -cuando toque- sobre encarar el futuro luego del coronavirus. La Semana Mayor viene para el planeta en agitados meses de emergencia; donde el tema religioso, a pesar que a sacerdotes y monjas en su obrar ante el virus les ha costado la vida, igual que otros representantes espirituales, tienen las apreciaciones de calificados observadores de insuficiente utilidad. Insuficiencia para enlazar con la mano de la deidad; que encuentre la comunicación a la plegaria del hombre en afán por la trascendencia, en esta era de inmediatez y materialismo, pero también de miedo por los que transita la humanidad.

Nos preguntamos nosotros en Venezuela, aquí en el estado Bolívar, si es posible pensar en el amparo del Todopoderoso, inmersos como estamos en el mayor castigo: el de gobernantes trúhanes, ineptos y corrompidos, que no ha sido posible remover de la jefatura secuestrada con el esfuerzo de ley y con petición a la divinidad que rige a los creyentes. Gestión terrenal de fariseos revolucionarios, que cada día nos hunde más en el hambre y las aberraciones sociales, ahora para completar con la guinda del coronavirus, como si algo nos faltara por pagar. ¿Podemos abordar la espiritualidad, la religión, del mismo modo que el resto del planeta? ¿Podemos pensar en el espíritu, de hablar con el Creador desde nuestra visión provinciana y con el atraso de este país que tiene que buscar la supervivencia, el agua, luz y la comida?

“Abrazar la esperanza”

La pandemia mundial ha puesto a los países a enfrentar la muerte a cada minuto, en la lucha de todo el personal sanitario por salvar vidas, sin medicina conocida. Altas cifras diarias de víctimas, largas filas de ataúdes y apenas segundos para las despedidas familiares, hacen la diferencia, al día de hoy, con nuestro territorio. En tales circunstancias no hay sosiego para el encuentro bienaventurado con el Dios que guarda un largo silencio. Pero los venezolanos hemos venido aguantando la pérdida de la calidad de vida, con matanzas y aberraciones de la violencia, vejaciones del Estado repetidas a lo largo de 20 años: ya casi se aprende a no llorar. Siendo escenarios de presiones desiguales entre el mundo y nuestra particular realidad, sin embargo brotan al unísono angustias: ¿La cristiandad, ha dado la respuesta espiritual adecuada ante el horror y la incertidumbre del Covid-19? ¿Las multitudes que ya no son muchas pero siguen existiendo, son base sustancial de la expresión de la fe en Dios? ¿El declive de la espiritualidad, por ser individual, se comprueba en un mundo materialista y escéptico?

El papa Francisco, el 27 de marzo, en ocasión de la bendición “Urbi et Orbi”, manifestó: “Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente” para exhortar a: “Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza”. Las interrogantes siguen vigentes; la valoración de quedarse solo en la oración es argumento de algunas posiciones. Ante ello, otras explicaciones basan la espiritualidad en que la vigencia humana, a pesar y por sobre la muerte es la dirección de la razón superior: “Todas las religiones invocan la trascendencia; en sus respectivos libros han orientado en todas las épocas sobre la necesidad de cuidar el cuerpo y el espíritu; proteger la creación, la naturaleza y el espacio que nos circunda. Nuestro propio cuerpo. A ello se le ha hecho poco caso y vuelve a suceder ahora”, explica un creyente.

“Tenemos temor a enfrentarnos con nosotros. Al estar obligados a reflexionar solos, nos pasa igual que el dicho venezolano del que silba para espantar el miedo. La cuarentena nos ha impuesto a encontrarnos con nosotros mismos, la familia y con la solidaridad. En el caso de los cristianos, volvemos a la génesis de la iglesia, de donde debemos fortalecer la fe, como lo instruye la parábola de la semilla de mostaza”, añade. Al grito por años en Venezuela sobre dónde está Dios -refiere otro-, la Iglesia Católica ha acompañado a la población en la lucha por los derechos. Prácticamente es el único faro ante el extravío de la dirigencia política. Ahora con el coronavirus y el aislamiento social, recorre con los símbolos lugares como las playas de Margarita; esa imagen del sacerdote postrado en la arena. Recorre Guanare, Coro y se comunica con los feligreses en recorrido del Nazareno de San Pablo, por Caracas y otras ciudades.

Los inmigrantes africanos no tienen grandes discursos sobre el creador, simplemente oyen su espíritu para resistir. Igual los cristianos perseguidos en Asia y África; quizás allí está el detalle: el esfuerzo de escuchar. En la coyuntura global del coronavirus, la espiritualidad potencia la voluntad de vida, tal como el conglomerado de venezolanos que hoy acuden a los mercados buscando qué comer, retando la pandemia. Ellos confían que ante la inhumanidad revolucionaria, de alguna forma su Nazareno les proporcionará fuerzas y les cuidará sus casas.