martes, 16 julio 2024
Search
Close this search box.
Search
Close this search box.

El vacío: ese círculo normal de la crisis

En las comunidades, la “normalización de la crisis” es una dimensión que manejan los vecinos, con destreza e intuición. De ello depende la familia, una economía de utilidad hasta que se produzcan los cambios verdaderos.

@OttoJansen

A los ojos más acuciosos se hace notorio que en las últimas semanas se pretende, en las ciudades del estado Bolívar, presentar una renovada gobernanza. La revolución bolivariana desempolva sus discursos marchitos pero con su agotada narrativa de mitologías épicas, y con emocionalidad que se sobreexpone en los reducidos medios de comunicación tradicionales. Las redes sociales sirven para la confusión, el ataque y el descrédito que pese al mimetismo, están harto identificados por las audiencias. El guión se repite una y otra vez y ya nadie se siente ni aludido, ni afectado, excepto los más fanatizados funcionarios o personajes de algunos sectores que les activa el “catecismo” socialista y reaccionan en búsqueda de la “presa”, cosa que ahora no encuentran como en los primeros tiempos.

En las comunidades desde hace varios años la “normalización de la crisis” es una dimensión que manejan los vecinos con destreza e intuición. De ello depende el sustento, mantener la casa y la familia, proporcionarse una economía de utilidad hasta que se produzca lo que todos aspiran: la posibilidad de cambios verdaderos en las condiciones de calidad de vida y auténtica espiritualidad.

Pero esa salida no parece inminente, aun cuando aquí cualquier cosa pasa y frente a ello la gente “surfea” la cotidianidad. La otra “normalidad”, la que empuja el régimen revolucionario y a la que le imprime matices basados en la trama principal de “salvadores de los pobres”, pone sobre el tapete actividades y eventos de movilización “artificial”, de emociones prefabricadas que encabezan las autoridades locales, y eso es lo que hemos visto por estos meses en Ciudad Guayana, Ciudad Bolívar, Upata y Caicara del Orinoco. Son celebraciones que en principio parecen impactar a todos pero que pasado el jolgorio, vuelve la gente a la ruina de los servicios públicos y a los padecimientos de la inflación, solo por citar dos de las problemáticas más crudas.

Así se refleja la médula del estancamiento y de la crisis integral del país y que en las regiones y en los municipios distantes se hace una verdadera proeza encarar. Por ejemplo, todo el estado Bolívar padece de fallas crónicas en el servicio de agua potable por tuberías: esto ocurre en las comunidades desde hace por lo menos 15 años de manera crítica. Pues bien las noticias recientes es que algunos sectores urbanos, unos pocos, vuelven a recibir raciones en plazos prolongados. El asunto es que han sido años con los que ha contado el socialismo del siglo XXI, que incluso han publicitado obras inexistentes, sin que hayan concretado soluciones definitivas, pero pretenden reconocimientos por la “victoria” sobre “la guerra económica”, ya que parcialmente (hasta que vuelva el problema) otorgan un “alivio” en el caótico servicio. ¿Hay que conformarse con los atajos sin mirar el abismo? Habrá que escoger. 

La náusea 

Los guayaneses administran su bienestar, sus esperanzas y sus luchas. Si hay algo que se observa en las calles, en cada vendedor que porta una nevera de anime al hombro, cada tarantín de venta de comidas, cada pequeño espacio de rebusque para los que limpian los jardines, aires acondicionados, motorizados o los automóviles que hacen de “pisteros”, es que hay mucho sentido común ante la institucionalidad ausente, frente a la manipulación y al engaño oficialista y la falta de construcción de una alternativa democrática de futuro en los grupos opositores vacíos en el mensaje atinado, capaz de traspasar la atmósfera viciada de ritos inamovibles en los burocratismos partidistas, con el conservadurismo político generalizado asociado, además, a las trampas y al beneficio grupal.

¿Es posible o no salir de este secuestro? En uno de los textos dedicados al ingeniero Leopoldo Sucre Figarella, reconocido constructor del periodo democrático, protagonista por excelencia de la inversión en Guayana, leí que en aquellas décadas donde aún esa generación combatía contra los resabios gomecistas y la dictadura perezjimenista, el posterior gobernador, ministro y presidente de CVG, a orillas de las aguas del Orinoco, expresó su sueño de levantar los puentes -que fueron muchos- para el tráfico moderno en la geografía del estado Bolívar. Recientemente, en conversación con el ingeniero Teolindo Yánez, expresidente de Sidor, mencionadas sus perspectivas sobre el porvenir en cifras potenciales y la posible recuperación productiva y tecnológica del sector siderúrgico, se detuvo en un par de consideraciones que subrayo y anexo a la anécdota de Sucre: “Los políticos tradicionales no se están ocupando de un plan para Guayana; se necesita una clase política que entienda (…) Necesitamos un cambio de conciencia que involucre a todos”.

La referencia al sueño de Leopoldo Sucre, y las acotaciones que hace Teolindo, conforman la repuesta positiva ante las interrogantes cargadas de escepticismo. En primer lugar, es menester un ideal para el plan del futuro. Ese es el punto de apoyo que apuntó hace siglos el sabio griego Arquímedes, válido hoy para el horizonte de las transformaciones. Segundo: la apreciación del exgerente sidorista, es igual a la percepción del guayanés sencillo: otra conciencia colectiva es obligatoria y los políticos tradicionales no lo entienden. Señalaría, en lo personal, que al enfoque de los políticos tradicionales (electoralismo, desconexión social, ausencia de compromisos) además de cuestionar su manifiesta inutilidad, es absolutamente imperativo romper con esa visión para las luchas afines al sueño ciudadano de desarrollo, democracia y libertad.