martes, 9 de agosto de 2022

El lugar del albatros

Uno de los poemas de Las flores del mal, de Charles Baudelaire, puede leerse como una reflexión acerca de la escritura y en especial del lugar que ocupa el escritor en la sociedad: ¿tiene el poeta solo que dedicarse a sus versos o debe hacer algo más?

@diegorojasajmad 

En un poema de Baudelaire habita una imagen que me ha perseguido con insistencia. Ese poema llegó a mis manos hace muchos años, cuando era un adolescente y, al día de hoy, sigo pensando en sus posibles significados. En El Albatros, poema de 1861, y que aquí reproduzco en traducción de Juan Carlos Villavicencio, el escritor francés describe lo que pudiera ser un suceso cotidiano sobre un barco cualquiera: 

     

 

   

A menudo, para divertirse, suelen los marineros

Dar caza a los albatros, vastos pájaros de los mares,

Que siguen, indolentes compañeros de viaje,

Al barco que se desliza sobre los amargos abismos.


Apenas los arrojan sobre las tablas de cubierta,

Que estos reyes del azul, torpes y avergonzados,

Dejan que sus grandes alas blancas se arrastren

Penosamente al igual que remos a su lado.


Este viajero alado, ¡qué torpe y débil!

Él, otrora bello, ¡qué feo y qué grotesco!

¡Aquél quema su pico con una pipa,

Otro imita, cojeando, al inválido que una vez voló!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No deja de impactarme la descripción de esa escena. Los marineros combaten el tedio del mar con un albatros cazado y echado sobre la cubierta. El ave, bella en el aire, es ahora objeto de burla por su torpeza al caminar sobre las tablas de la embarcación. Los navegantes se ríen del animal, lo torturan, imitan su cojera, y la saña se descarga sobre el albatros cuyas alas blancas son ahora inútiles y estorbosos adornos.

Pero el poema se resuelve con un giro inesperado, un símil que abre las puertas a una reflexión mayor y es la razón por la cual aún hoy, después de varias décadas, siga pensando en este texto del opiómano maldito. Cierra El Albatros con estos cuatro versos: 

     

 

   

El Poeta se asemeja al príncipe de las nubes

Que frecuenta la tormenta y se ríe del arquero;

Exiliado sobre el suelo en medio de las burlas,

Sus alas de gigante le impiden ya marchar.

 

 

Decir que el poeta es como ese albatros es pensar en el lugar del escritor y el de la poesía. Para Baudelaire, la realidad es el exilio del poeta, la tierra extraña donde se le marcará con la señal de la incomprensión y la inutilidad. Por eso la burla, por eso la tortura, por eso la huida del creador, por eso la incomodidad del escritor cuando baja al amargo abismo del mundo.

Por eso también la continua representación del escritor como un ser atormentado, que no logra encajar en la vida y al que se le ve con extrañeza y se le juzga cuando se inmiscuye en las sandeces habituales del negocio o de la política. ¿Debe el poeta por estas razones quedarse, como el albatros, impávido en sus cielos de arte?

He tenido la fortuna de conocer a algunos escritores albatros. Demiurgos y orfebres de la palabra, algunos ya fallecidos, que parecían caminar entre nubes, con sus cabezas en otros asuntos, muy ajenos a los enredos de los negocios del día a día, y que sin embargo tenían su mirada muy bien puesta sobre los tratos de lo cotidiano: Rafael Cadenas, Carlos César Rodríguez, Armando Rojas Guardia, Ángel Eduardo Acevedo, José Barroeta, Gregory Zambrano, Aladym, Francisco Arévalo, Carlos Yusti… Escritores que han sabido frecuentar la tormenta y reírse del arquero, que incansablemente hacen piruetas con sus enormes alas blancas, y que siguen atentos a los movimientos de la cubierta que se desliza por el mar.

Ellos, príncipes de las nubes, con sus obras y sus actitudes me han enseñado cuál debe ser el verdadero lugar del escritor y el de la poesía: siempre del lado de la honestidad y la belleza, sin por ello dejar de echar una mirada de vez en vez a aquel barco a la deriva que somos….

Otras páginas

La escritura como destino: “No sé cuándo me hice escritor. Creo que fue apenas a los cuarenta años cuando supe –con alegría y horror– que ese era mi único destino. Ni siquiera se trataba de un destino de elección, como tampoco se elige, por ejemplo, el color de los ojos. De lo que sí estoy seguro –y orgulloso– es de haber sido siempre un fanático lector”. Ednodio Quintero

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