martes, 24 de mayo de 2022

El escritor que usó el telescopio para ver dentro de sí

No recuerdo cuál fue el primer libro que leí de Ray Bradbury. De lo que sí tengo certeza es de que, debido a esa experiencia, terminé convertido en un fiel lector de su obra. Ya que celebramos los cien años de su nacimiento, aquí va una breve felicitación en forma de lejano recuerdo juvenil.

@diegorojasajmad

Tendría 16 años cuando en una venta de libros usados encontré dos obras que me cautivaron por sus formatos y portadas. Una, con el diseño menos atractivo, era Fahrenheit 451, de editorial Rotativa. Mostraba el rostro de un bombero hecho de trozos de papel rasgado, que parecía leer en medio de las llamas. El otro ejemplar, de tapas duras y negras elaboradas por la editorial Minotauro, exhibía el cuerpo de un astronauta, hecho con un psicodélico y colorido estilo de los años sesenta, en cuyo casco traslúcido podía verse la imagen de una apacible casa. Este último libro tenía por título Crónicas marcianas y venía con un prólogo de Jorge Luis Borges, autor al que había conocido con anterioridad en mis incipientes lecturas de adolescente. El escritor argentino se cuestionaba en esa breve presentación, quizás con los ojos más abiertos y perdidos que de costumbre: “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?”.

Aquella noche en mi casa, con los dos libros recién comprados, me hice la misma pregunta.

Este “escritor de Illinois” no era otro que Ray Bradbury, quien nació en 1920 y murió hace poco, en el año 2012. Desde el primer momento en que abrí uno de sus libros entendí que estaba frente a una ciencia ficción distinta. Si Borges había leído y prologado Crónicas marcianas entonces ese libro debía ofrecer algo más que platillos voladores y hombrecillos verdes con antenas y fantásticas armas. No sabría decir con certeza qué fue aquello distinto, pero quizás podría acercarme mejor a la idea si utilizo la frase “ciencia ficción psicológica”: con Julio Verne e Isaac Asimov había podido entrever las posibilidades de la técnica y sus repercusiones. Con H.G. Wells y Arthur C. Clarke se me reveló la sociedad en su sincrónico movimiento de asustadizo cardumen. Con Ray Bradbury descubrí al ser humano y sus profundas motivaciones.

Así, no sería un sacrílego indigno de las academias si digo que al lado de Shakespeare, Cervantes y Dostoievski, Ray Bradbury forma parte de ese pequeño grupo de escritores que ha sabido llegar a la médula del individuo para mostrarnos el tembloroso fulgor que se descubre en el sujeto en soledad, en la angustia de las situaciones límites, en el extremo de la sinrazón. Con sus novelas y cuentos podemos internarnos en el horror que supone bajar a los abismos de uno mismo.

El universo imaginativo de Bradbury es inagotable, y hoy solo destacaré uno de sus temas recurrentes: el de la lucha de la civilización contra la barbarie y la gesta de unos cuantos individuos por preservar los legados de la cultura. Esto puede verse en Fahrenheit 451, en el cuento La sonrisa, y en otros muchos de sus relatos. Una fuerza oscura de destrucción que desea acabar con la belleza, la razón y el orden, se asoma de vez en vez en la historia de la humanidad y, como un atisbo de esperanza, unos pocos personajes son capaces de arriesgar su propia vida para experimentar y preservar esas “cosas” que causan extrañas sensaciones y que a ojos de otros pudieran parecer inútiles: el arte, la literatura, la filosofía… Las obras de la cultura son los mayores logros de la humanidad y, recursivamente, son ellas quienes a su vez mantienen viva la llama que nos hace ser seres humanos.

Sí. A mis 16 años conocí a Ray Bradbury gracias al azar de toparme con dos de sus obras en una librería de un apartado pueblo andino. Hoy, luego de varios años, rememoro aquel feliz encuentro para celebrar el cumpleaños 100 de este escritor de Illinois que supo emplear el telescopio para ver mejor lo que llevaba dentro de sí.

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Noventa cadenas: Hace 90 años nació Rafael Cadenas, uno de los más grandes poetas vivos en lengua española. Su obra, tanto la poética como la ensayística y la de traducción, es un monumento a la belleza, a la pasión y a la meditación por el vivir. Curiosamente las redes sociales se llenaron de mensajes de felicitación por el cumpleaños del poeta. Sí, por un poeta, un creador que se ha convertido en el orgullo y la voz amable de este amargo país que la mayoría de las veces no ha sabido valorar lo esencial.

La trágica condición de no leer: “Siempre he creído que todos los que saben leer, leen, así sea al escondido. Sin embargo, me he informado mejor y parece que es cierto lo contrario: hay gente que no lee, personas a las que no les gusta leer. Parece que sí; así como hay gente que no come, los anoréxicos, y gente que es incapaz de disfrutar con el sexo (frígidos, castos, impotentes), también hay seres humanos que no gozan con la lectura. Entonces se me ocurre que lo mejor, en vez de echarles un sermón, será hablarles sobre esa trágica condición que es la incapacidad de leer”. Héctor Abad Faciolince.

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