lunes, 26 febrero 2024
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El equipaje perdido

El equipaje se trata nada más y nada menos que de todo el trabajo colectivo de muchos venezolanos desde antes de la capitanía de Venezuela y después de ella, de la labrada en su vida republicana. Es el edificio de todo lo que hemos construido como nación a lo largo de los siglos.

Un artículo del 2018

En días recientes tuve el placer de dar una conferencia en la UCAB Guayana sobre Rómulo Gallegos el novelista y comunicador, a propósito del día del periodista. En esa ocasión me armé de valor para expresar una de mis más hondas preocupaciones sobre mi país, y es sobre el equipaje de cultura nacional de los jóvenes venezolanos de esta última generación.

Cuando los muchachos de la diáspora hacen sus maletas, donde sus madres colocan algunos enlatados para que se sustenten durante el largo viaje que podría atravesar varias fronteras, hay un equipaje primordial que no se llevan porque no lo tienen. Y no lo tienen porque no se les ha dado o peor, se les ha negado.

Es un equipaje cultural que se lleva en los tejidos, en el habla, en la imaginación, en los hábitos por los que se hacen evidentes. Es denso en vida y liviano en kilos. El equipaje se trata nada más y nada menos que de todo el trabajo colectivo de muchos venezolanos desde antes de la capitanía de Venezuela y después de ella, de la labrada en su vida republicana. Es el edificio de todo lo que hemos construido como nación a lo largo de los siglos.

Abordo el tema del equipaje cultural como consecuencia de esta conferencia sobre Gallegos, porque a través de su novela social, sus acciones y su vida, el insigne escritor manifestó su propósito de darle forma a la cultura venezolana. Es por esa razón que, si podemos hablar de obras o trabajos fundamentales para la construcción de esa cultura, es vital el conocimiento de Gallegos. En ese sentido, por ejemplo, nadie le puede quitar a RCTV de los años 70, el mérito de haber difundido las obras de Gallegos a través de la televisión, y de hacerlo desde las plumas de José Ignacio Cabrujas, Salvador Garmendia, Inés Romero, Julio César Mármol y otros tantos que no logro recordar aquí. Ese canal también llevó a la pantalla obras de Guillermo Meneses, Arturo Uslar Pietri y Francisco Herrera Luque. Y, por otra parte, aunque la televisión pública tenía su adhesión al gobierno de turno, era posible la libertad en la difusión de producciones culturales.

Como esos hubo otros ejemplos en la música, la historia, el arte, porque la cultura nacional es un objetivo de todos. De entes públicos y privados, escuelas y medios de comunicación, la casa y la plaza. Labor de conjunto. Y para hacerlo, como ocurre con la agricultura también, se necesita trabajar y dejar trabajar. Ser y dejar ser. Se necesitan unas reglas de juego de libertad para ser y crear. Y lo que se ha vivido en este país durante lo que va de siglo es la tierra yerma, los medios cerrados o sus dueños perseguidos, la educación muriendo de mengua, porque ha caído la peste. La peste del poder político que busca disecar las mentes y los estómagos por igual.

Hay educadores y políticos de tiempos más favorables que aún no ven o no entienden la dimensión trágica de esa carencia. No la vivieron. Cuando estudié bachillerato en un liceo público en Caracas, hasta los estudiantes más “flojos” aprendían de sus profes, claro, pero era posible entusiasmarlos más por la literatura, la historia, la música, el teatro, la ciencia, la tecnología, gracias a los medios de comunicación y las varias y muy importantes instituciones de la ciudad. Recuerdo a más de uno de mis compañeros de clases imitando a Uslar para reírse. Ya eso era ganancia.

Porque la soberanía de un país es su cultura, donde reside su identidad, no hay otra. Por eso más que nunca hay que pensar en los jóvenes de ahora y entender que ellos deben afrontar un reto muy distinto, puesto que deben recuperar su hechura, su origen. Debo agregar algo más, mucha gente no ha prestado atención a esa carencia ni saben cómo subsanarla. Saben de poner los enlatados en la maleta, pero no se han percatado del otro equipaje vacío.

Por eso, y por tantos otros males, no entendí esas vallas gigantes de Maduro, Falcón y Bertucci, riéndose como si en una portada de la revista Vanidades, durante esta última campaña para la votación del 20 de mayo. Aún están esas vallas desplegadas en vías importantes de la ciudad. No sé de qué se ríen.

Y a los políticos que saben de esta tragedia decirles que, con respeto, profundidad y sinceridad, hay que hablarle a esa generación desencantada de la diáspora. Sin poses, por favor, hablarles con la verdad en la mano y ayudarlos a recuperar el equipaje perdido.

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