domingo, 21 julio 2024
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El complicado matrimonio entre periodismo y literatura

La literatura y el periodismo lograron unirse para corroborarnos la veracidad de aquel viejo adagio que dice que el todo es mayor que la suma de las partes.  

@diegorojasajmad

No resulta fácil comprender cómo llegó a ocurrir ese complicado matrimonio entre el periodismo y la literatura. Esa pareja nada tenía en común y, aun así, la relación ha sido, durante décadas, escenario de asombro y belleza, reino de reflexión, imaginación y cuestionamiento.

Literatura y periodismo se habían mostrado desde hacía siglos como el agua y el aceite. Por un lado, la literatura gustaba de la libertad, a ratos se sentía incómoda siguiendo los mismos formatos o estructuras preestablecidas, lo que le hacía buscar nuevos temas y lenguajes. La subjetividad y la ficción se volvieron características de su hacer. Por el otro, el periodismo se hacía el fuerte diciendo desde la formalidad y la tradición de sus géneros periodísticos, atado a la realidad, al dato comprobable y al punto de vista objetivo.

Pero como Romeo y Julieta, como Abelardo y Eloísa, como Florentino Ariza y Fermina Daza, literatura y periodismo no pudieron resistirse a su encuentro. O parafraseando a Cortázar, la literatura y el periodismo “andaban sin buscarse, pero sabiendo que andaban para encontrarse”.

Tendría que llegar el siglo XX, con su relativismo, su cuestionamiento a la tradición y su obsesión por la originalidad, para que esa unión fuera posible, alentando a un grupo de periodistas a buscar nuevas formas de decir, que les acercara más a la belleza y a la vida, sin menoscabar por ello el dato y la realidad.

Así nació la crónica, el periodismo narrativo, o llamada también no ficción, como el resultado de esa ingeniosa mezcla del periodismo y la literatura. Ahora el periodista puede seguir contando la realidad con datos objetivos, sí, pero a la vez tiene la libertad de jugar con los puntos de vista de la narración, con el tiempo del discurso, la inclusión de diálogos, emplear figuras literarias… Contar desde otros estilos le permite además hacer visible nuevas realidades, menudas y cotidianas, usualmente opacadas por los grandes personajes de la política, el deporte y la farándula.

Precisamente por ser la crónica una mezcla, una conjunción de diversos elementos dispares, algunos han terminado llamándola como un género anfibio o, como la bautizó Juan Villoro, un ornitorrinco.

¿Quiénes fueron esos primeros periodistas-escritores que se atrevieron a dar nuevas formas a su oficio? Algunos afirman que la crónica literaria, aunque tiene antecedentes desde siglos anteriores, se presentará con partida de nacimiento en los Estados Unidos, durante la década de los años sesenta, con autores del llamado “nuevo periodismo” como Tom Wolfe, Norman Mailer y especialmente con Truman Capote y su A sangre fría, de 1965.

Otros afirman que algunos años antes, en 1957, y en Argentina, nació el periodismo narrativo con Rodolfo Walsh y su Operación masacre, trabajo de investigación, novela-reportaje, que cuenta el fusilamiento de militares y civiles que se habían levantado contra la dictadura de aquel entonces.

Pero no queda ahí la búsqueda del origen de la crónica. Hay también quienes señalan a la serie de reportajes publicados en 1955 por un joven periodista colombiano de 28 años llamado Gabriel García Márquez -y que años después se compilarían en forma de libro con el título Relato de un náufrago– como el verdadero inicio de la crónica o periodismo narrativo.

Sea cual sea el origen del periodismo narrativo, lo cierto es que esos primeros pasos de la crónica, todos ellos, en conjunto, han dejado un saldo a favor de los lectores con obras bellas y profundas como las de Carlos Monsiváis, Tomás Eloy Martínez, Leila Guerriero, María Moreno, Alberto Salcedo Ramos, José Ignacio Cabrujas, Elisa Lerner, Milagros Socorro...

Un matrimonio que se creía imposible y que ha logrado darnos hasta un Premio Nobel de Literatura en el 2015 en la figura de la periodista Svetlana Aleksiévich.

Es cierto, en la unión del periodismo y la literatura siempre el todo será mayor que la suma de sus partes. 

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Un vestido sin cuerpo: Créame. Ningún escritor sincero puede deshonrarse ni se rebaja por tratar temas populares y con el léxico del pueblo. Lo que es hoy caló, mañana se convierte en idioma oficializado. Además, hay algo más importante que el idioma, y son las cosas que se dicen. […] Si usted tiene algo que decir, trate de hacerlo de modo que todos lo entiendan: desde el carrero hasta el estudioso… Que ya dice el viejo adagio: ‘El hábito no hace al monje’. Y el idioma no es nada más que un vestido. Si abajo no hay cuerpo, por más lindo que sea el trajecito, usted, mi estimado lector ¡va muerto!. Roberto Artl

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