lunes, 22 julio 2024
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El beso en España  

Irene Montero ha elevado a leyes sus más retorcidos dogmas feministas. La ley de “sólo sí es sí” ha sido su éxito más clamoroso -que en un efecto boomerang probablemente calculado- ha beneficiado hasta la fecha a 1.205 delincuentes sexuales, violadores y pederastas, con reducciones de sus penas.

Una canción se deja escuchar en mi memoria, activada por las inusitadas consecuencias de un beso en España. País primermundista atrapado en las garras del más peligroso feminismo del que tengamos información. Lo que fue un imperio se ha convertido en un territorio dominado por una manada de femicomunistas, que lo han convertido en una lamentable caricatura, que sólo provoca una risa lastimera. Incluso desde una dictadura decimonónica como la venezolana, lo que ocurre en la madre patria resulta doloroso e inexplicable. Me pregunto cómo es posible que algo tan valioso y una de las fuerzas contramayoritarias -Isaiah Berlin dixit- como es la institución de la libertad de expresión, sea usada e instrumentalizada para trajinar tanta banalidad.

Cuando Luis Rubiales le picoteó los labios a Jenny Hermoso jamás pudo imaginarse que la política, el poder judicial, el rico y omnipotente fútbol, los medios de comunicación, las redes sociales y hasta sus colegas lo someterían al escarnio público, espoleados por el más recalcitrante de los feminismos de los que tengamos noticias. Pocos se atrevieron a ofrecer algún apoyo a Rubiales, porque el miedo le corroe los huesos a la mayoría de los españoles cuando se trata de este tema.

Los juicios sumarísimos -como en todo comunismo- están a la orden del día. Judicializan lo que condena la cúpula, pero miran para los lados cuando alguno de los suyos o de sus protegidos perpetran delitos sexuales. Imagínense que hasta se cambian de sexo para no ser juzgados. Esto no lo podía entender, pero ocurre y ha ocurrido en aquel país europeo.

En España, sin embargo, un piropo puede ser penado con cárcel. Porque hasta las palabras son una amenaza para la piel de algodón de la progredumbre dominante. El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) legitima las atroces necedades de Estado de Irene Montero, ministra de igualdad y pareja de Pablo Iglesias. Insaciable chupóptero de la teocracia iraní, que también succiona al régimen venezolano y miembro del procerato de Podemos, en proceso de extinción, afortunadamente.

Irene Montero ha elevado a leyes sus más retorcidos dogmas feministas. La ley de “sólo sí es sí” ha sido su éxito más clamoroso -que en un efecto boomerang probablemente calculado- ha beneficiado hasta la fecha a 1.205 delincuentes sexuales, violadores y pederastas, con reducciones de sus penas. Las víctimas están aterrorizadas y han denunciado, pero poco se ha hecho desde el gobierno feminista para protegerlas. También los medios de comunicación independientes han realizado campañas para mostrar los peligros de esta ley, pero no han sido escuchados.

Desde los cenáculos de poder de un gobierno en funciones se siguen generando memeces verborrágicas, que atentan hasta contra las formas tradicionales de saludo. Un lardoso personaje que asesora a la ministra Irene Montero, Ángela Rodríguez Pam, concluye que existe una “cultura de impunidad en el saludo con dos besos”. Seguro legislarán para convertir el saludo español en delito.

Visto lo visto resulta obvio que el beso en España se ha degradado a instrumento, usado por los zurdópatas ibéricos para imponer su punitiva ideología. Sobre el beso existe una suerte de vigilancia, en especial sí es entre un hombre y una mujer. Un espontáneo e inocente ósculo puede llevar al varón a los tribunales e incluso a la cárcel, tal como ocurrió con Rubiales. Un piquito, aparentemente consentido, se convirtió en delito y dejó al presidente de la Federación Española de Fútbol sin trabajo, y a un paso de ser encarcelado. Por ahora es un delito exclusivamente masculino, pues ninguna mujer ha sido señalada, denunciada o imputada por un morreo espontáneo a varón alguno.

Un beso en particular -el de Rubiales a Hermoso- ha provocado una crisis institucional en España, con su respectivo terremoto social y político. Ha sido una sacudida violenta de creciente intensidad, debidamente rentabilizada por el zurdaje que parasita aquella monarquía parlamentaria. Dominada por lo políticamente correcto, el multiculturalismo, movimientos identitarios, grupos minoritarios y un feminismo amenazante, oprobioso y excluyente, que imponen su relato y formas de comportamiento a una sociedad, dispuesta a obedecer ciegamente.

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