viernes, 12 julio 2024
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El aburrimiento como derecho

El socialcomunismo tiene e impone el ojo avizor que no parpadea. También estar, andar y sobrevivir en estado de alerta permanente impide que nos aburramos.

 A mi amiga Alejandra Mudarra

Claro que es diferente estar aburrido en el imperio, en Francia, España, Corea del Sur o Chile, que en Cuba, Venezuela Nicaragua, Corea del Norte o Haití. En los primeros hay una oferta inabarcable de TV por suscripción, tienes plena libertad para elegir series, películas, documentales para matar el tiempo. Están los videojuegos y las redes sociales con un internet de calidad, para seguir pegado a la pantalla hasta que el cuerpo aguante. El poder adquisitivo permite invitar a la familia y amigos a una cena fuera de casa y conversar, divinamente, mientras disfrutas de la música que te plazca. Puedes ir al cine de noche, a un concierto o al teatro porque hay seguridad en las calles. Casi todo aquello podía hacerse en la Venezuela democrática. Pero el socialcomunismo nos despojó del entretenimiento, del encuentro afectuoso-espirituoso, del esparcimiento, de la sana diversión, de los viajes, etc. Vale decir de los más elementales placeres, entre los que está el saludable aburrimiento.

Los jóvenes pueden pasar mucho tiempo sin emitir un monosílabo, lo que no significa que se sientan aburridos, porque están en su mundo interconectado. Por eso cuando les hablamos nos hacen sentir como intrusos. En lo personal me siento fuera de ese microcosmos en el que habitan. Allí hibernan con sus audífonos enchufados al tímpano. Cuando salen de sus ínsulas, sus teléfonos inteligentes los salvan de intercambiar cualquier frase volandera con algún adulto presente. Mientras comen o permiten que su cuerpo se desprenda de toxinas y otras excrecencias no dejan de ver la pantalla, para “crear o consumir contenidos” o consultar cuántos “me gusta” han sumado. Porque muchos sueñan con ser parte de la fauna que monetiza en esa selva tecnológica, mientras ven y vuelven a ver la vida ejemplar de Pablo Escobar o de cualquier otro narcotraficante mil billonario. Esos que pesan los dólares en vez de contarlos, convertidos en verdaderos ídolos de la muchachada de estos tiempos.

Para los adultos el aburrimiento tiene otras connotaciones. Pues la responsabilidad de hacerle la vida más cómoda a quienes les rodean ocupa gran parte de su tiempo, y pertenecer a la galaxia Gutenberg los coloca en otra dimensión. Aquí quiero citar lo que le dijo Fernando Savater a Juan Arias en El Arte de vivir. Una interesante entrevista en la que el filósofo bilbaíno habla de varios temas, entre otros del ocio y la cultura. Afirma Savater: “…cuando una persona es culta necesita menos dinero para sus vacaciones o para pasar un día feliz. Y cuando menos cultura se posee, más derroche, más gasto, más pirotecnias se necesitan. Más ritos, porque no es fácil intentar amueblar un vacío. Y el interior de nuestra conciencia -por pequeñito que seamos- es tan infinito que por más cosas que le echemos dentro nunca se llenará… Uno de los temas por los que se recurre a la droga es porque se ha convertido en la sustitución del pensamiento para quien no es capaz de pensar”.

Aburrirse tendría que ser un derecho para la raza humana. A fin de tener tiempo para mirarse íntimamente, para bajar las revoluciones por minuto de nuestra psiquis y para estar con nosotros mismos. Aprender a manejar el tedio resulta conveniente, entre otras cosas para incursionar entre las páginas de un libro, disfrutar de la buena música, así como también para conversar, charlar, dialogar, discutir, chismear o quedarse en silencio. Para lo cual se requiere muy poco del vil metal, pero resulta indispensable la libertad.

Los que tenemos edad suficiente para comparar la vida que teníamos antes con la que tenemos ahora, hemos experimentado un giro de 180 grados en materia de aburrimiento. Pues el hermetismo, la incertidumbre, el miedo al poder omnímodo de la élite dominante y la pobreza como formas de control, hacen que nuestra subsistencia sea una montaña rusa que no se apaga nunca. Tanto que hasta el derecho a aburrirse le ha sido conculcado a las mayorías. El socialcomunismo tiene e impone el ojo avizor que no parpadea. También estar, andar y sobrevivir en estado de alerta permanente impide que nos aburramos. Tal cual el hombre de las cavernas que no tenía sosiego: siempre protegiéndose de las fieras o buscando qué comer.

Agridulces 

781.321 organizaciones se adhirieron al referendo consultivo. Es una cifra descomunal para tan corto tiempo. De aquí al 3-12 los 30 millones de venezolanos, incluida la diáspora, estarán convencidos que deben votar por el sí. ¡El Amoroso Elvis y el psiquiatra se anotaron un triunfo morrocotudo y garrafal!