domingo, 25 febrero 2024
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Del nacionalismo

El Juramento de los Horacios, de 1784, obra destacada en la producción artística del reconocido pintor francés Jacques-Louis David, no solo es una pieza clave y emblemática de la corriente del Neoclasicismo. La principal atracción de la pintura radicaba en su especial composición que contenía un mensaje oculto, que pretendía despertar el nacionalismo francés frente a los gérmenes revolucionarios.

@ngalvis1610

Siempre me ha rondado el pensar acerca del beneficio de los nacionalismos. Ese orgullo por el gentilicio que engrandece y provee a todos de sentimentalismos de razones para el gusto de la música, por la comida, el clima y un determinado paisaje.

Surgen las comparaciones y se engrandecen los egos al juzgar los beneficios de algún lugar y de alguna forma de hacer las cosas. Saludar tiene su propio acento y hay quienes lo hacemos mejor que otros. La solidaridad no se vive con igual intensidad. No todos tienen ni son capaces de entender el humor de la misma manera. Y las diferencias no son bien recibidas.

En algunas y muy esporádicas ocasiones esas diferencias son motivo de exotismo y admiración, pero lo común es que lo extranjero me es extraño, ajeno y me invade, no me complementa. Puede ser una revisión muy extensa pero interesante pensar cómo para occidente ese sentimiento de identidad e identificación cuando se constituyeron las naciones como las conocemos hoy en día. Fue determinante, importante y decisivo para dibujar la geopolítica europea. Pero como acarreó desacertadas consecuencias, acentuaron las fronteras y anularon las fructíferas relaciones.

En el mes de julio se conmemoran muchas fechas, consideradas como emblemas patrios de algunas naciones, cercanas cultural e históricamente hablando. EE UU y Venezuela, 4 y 5 de julio, por nombrar algunas. Sin embargo, me gustaría mencionar algo en relación con el 14 de julio, día nacional de Francia. Hacer este comentario para dedicar unas líneas al significado, al mensaje de una gran obra, grande no sólo por las dimensiones de su formato, sino también por el sitial que ocupa en el panteón de la historia del arte contemporáneo.

Hacemos remembranza de El juramento de los Horacios de 1784, obra destacada en la producción artística del reconocido pintor francés Jacques-Louis David, pieza clave y emblemática de la corriente del Neoclasicismo.

Al culminar el cuadro, David convirtió su taller, por aquel tiempo radicado en Roma, en el espacio que concentraría las más numerosas y especiales peregrinaciones de la época. Pero la atracción que demandaba la pintura no radicaba en su temática tan de moda o en la fidelidad de su composición, de un realismo magistral, que ha sido definido por muchos historiadores como arqueológico. Su notable éxito se debe, más bien, al desatado énfasis de la composición. Una sensación de armonía y equilibrio que seduce la mirada y los ánimos espectadores al observarla.

La obra de Jacques-Louis David que inauguró oficialmente el neoclasicismo está ambientado en la época del Imperio Romano pero indirectamente es una alegoría hacia el cumplimiento del deber. En este caso, el mensaje propone hacer cualquier sacrificio por la patria, enaltecer el gentilicio, avivar las más profundas fibras del nacionalismo. La realidad oculta, es la intención de Luis XVI, quien hace y paga por el encargo. Los franceses debían lealtad a la corona y al rey, no importaban los riegos y compromisos.

Al suscitarse la guerra entre Alba y Roma hacia el 669 a.C., ambos jefes de gobierno, correspondientemente, decidieron no generar una masacre bélica y apostaron por un enfrentamiento entre tres combatientes por cada bando. Esto recayó sobre dos ilustres familias; los Curiaceos, por Alba, y los Horacios, por Roma.

En el relato, el drama se intensifica porque una de las hermanas de los Curiaceos había contraído nupcias con un miembro de los Horacios, coincidencia y casi costumbre para la época que otro tanto ocurría con una de las hermanas de los Horacios, casada con uno de los Curaceos. Así que no habría vencedor, porque fuera cual fuese el resultado, ambas familias resultarían afectadas.

Los lazos familiares, los sentimientos, las emociones pasaban a segundo grado, lo que verdaderamente importaba era el cumplir con el deber, defender la patria, por encima de cualquier cosa, hasta de la muerte misma.

David escenifica de forma extremadamente equilibrada el instante en que el personaje que representa al padre Horacio juramenta a sus hijos, quienes juran con un cruce de espadas ritualista y protagónico. Ese entrelazado de armas y brazos extendidos se convierten en el punto focal de la composición, el foco primero que atrapa las miradas, convirtiendo toda la distribución de los elementos conjugados en una teatralidad serena, sobria y geométrica. También conformaba parte del imaginario que para esa época se evocaba de la antigua Roma. Más que una certeza histórica era el ideal a alcanzar.

Era un mensaje necesario. El pueblo francés vivía momentos convulsos. Estamos en los últimos años del siglo XVIII y el escenario tendía irremediablemente a una de las transformaciones políticas más sangrientas registradas en nuestra historia contemporánea, la Revolución Francesa. Unos años después de la creación de esta obra, Luis XVI perdía su cabeza, su corona, su reino. Intento socavar en el sentimiento patriótico de los franceses con estos mensajes de fidelidad, amor patrio, nacionalismo. Pero los verdugos, por más que paguen, no pueden comprar la lealtad.

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