martes, 24 de mayo de 2022

Del interinato y los retos del continente

Venezuela ha padecido de constituciones creadas bajo los caprichos del caudillo de turno, con la excepción de la Constitución democrática del 61, que contó con una variada representación.

Venezuela ha padecido de constituciones creadas bajo los caprichos del caudillo de turno, con la excepción de la Constitución democrática del 61, que contó con una variada representación.

Del interinato

El interinato es clave, es más, es la joya de la corona. Gracias a esa figura constitucional tenemos la legitimidad para proteger el país y solicitar ayuda a la comunidad internacional. El interinato responde a una ausencia de poder legítimo y su función es llenar ese vacío. De acuerdo con la Carta Magna, y ante el escandaloso espectáculo de chambonería legal y electoral de este régimen, el 5 de enero del 2019, el máximo poder del país pasó a ser detentado por la Asamblea Nacional del 2015. El presidente interino representa el poder del cuerpo legislativo, y su función es remediar la crisis constitucional.

Cuando escucho quejas sobre la asamblea del 2015, los poderes en el exilio, y cuando se pretende desechar el interinato a cuenta de no tener poder de facto, me recuerda la cantaleta de años contra la constitución de 1961. Venezuela ha padecido de constituciones creadas bajo los caprichos del caudillo de turno, con la excepción de la Constitución democrática del 61, que contó con una variada representación. Lo mismo se podría decir de la de 1999, pero con la enorme diferencia de que su auspiciador era un tirano en ciernes. Prueba de ello es que tanto Chávez como su entorno han quebrado y remendado “la bicha” a su antojo. Pero una Carta Magna no es cualquier texto, es una llave, y gracias a ella el régimen actual no puede legitimarse.

El caso del interinato venezolano puede compararse con el de Noruega ante la invasión de la Alemania nazi el 9 de abril de 1940. Al inicio los noruegos contuvieron ferozmente el ataque nazi, al torpedear y hundir un barco de guerra, y en ese espacio de lucha se movieron rápido: la familia real noruega, el Storting (Parlamento supremo) conformaron lo que sería el gobierno del reino de Noruega en el exilio. Una vez los alemanes capturaron Oslo, el rey Haakon se negó a aprobar un gobierno títere de los nazis y en junio huyó a Londres junto a su hijo Olav, príncipe heredero. El rey nunca abdicó la corona y en consecuencia los alemanes no pudieron legitimar su gobierno títere. Esos detalles constitucionales pesan oro en quilates y Alemania, urgida de refrendar la invasión, no escatimó esfuerzos en torpedear el gobierno de exilio. Los noruegos saben de pesadillas.

Un continente de soledades

Por mucho tiempo hubo inercia respecto a los crímenes y abusos de la dictadura cubana contra la población. Para justificarla, en Latinoamérica hubo quienes aprobaban los insultos del castrismo y del chavismo contra sus oponentes. Sin embargo, si hay algo cierto, es que la opresión de un pueblo es una enfermedad que puede extenderse por más tiempo que la peste.

Cada vez que hay elecciones en cualquier país del hemisferio, anda uno a la expectativa. Después de haber sufrido la era del secretario Insulza, cuando la Organización de Estados Americanos era solamente un club de presidentes, es un respiro tener a Luis Almagro. La organización hemisférica tiene espacio de maniobra, y hasta ahora ha salido ilesa del saboteo. Sin embargo, en un artículo reciente de Danilo Arbilla en este diario, él habla de cómo los dictadores de la región han amamantado y adoctrinado sus correspondientes engendros en la región, y de cómo ahora se abalanzan contra la OEA: “Quieren acabar con ella y con su secretario general”.

Ciertamente no descansan. Obedeciendo la línea de mando de Cristina Kirchner, el canciller argentino Carlos Raimundi desestimó el caso de Nicaragua y dijo que cada país hace elecciones según “sus tradiciones, sus raíces y su cultura”. Y claro está, por ninguna parte mencionó a la Constitución nicaragüense. El tema de “la autodeterminación de los pueblos” y de la “cultura y mentalidad” ha servido de excusa barata para recurrentes atropellos y cobardías. En boca de ellos, las frases son huecas, porque los pueblos no son todos homogéneos, la alquimia social no llega a tanto. Independientemente de las consideraciones culturales, la prueba inequívoca de la intención de una nación está en su Carta Magna, pues ésta recoge su noción de gobierno. Lamentablemente, hay burócratas a quienes sólo les importa decir tres disparates para luego tomar su avión de vuelta a casa.

Hace un par de años una canciller uruguaya dijo que nuestra crisis política se debía a que “éramos caribeños”, y con ello pretendió justificar una abstención similar en la OEA. Estas excusas detestables se han convertido en muletilla. En días recientes la diputada Delsa Solórzano calificó de racistas las palabras de Josep Borrell cuando aseguró que Venezuela no era Suiza y que “el régimen venezolano es el que es”: es decir, bananero. En otros escenarios no se le ocurriría declarar semejantes dictámenes. Ahora mismo hay países con sólido talante democrático que están bajo la amenaza de grupos violentos y fascistas, y a nadie se le ocurre decir que no son suizos. La república de Weimar en Alemania era sólida y contuvo al nazismo, pero ocurrió el descalabro financiero tan deseado por Hitler, y bajo esa circunstancia, una minoría violenta revirtió la Constitución alemana. ¿Eso le cambia la etiqueta al pueblo alemán? Por otro lado, el propio presidente Franklin Roosevelt temía que un fascismo se apoderara del gobierno de los EE UU en los años 30, y aún ahora, la amenaza sigue vigente.

Aspirar al bienestar, ser civilizado, no es cosa de suizos. Las democracias son difíciles de mantener porque a los seres humanos se les salen las raíces, sí, pero de patas de rana, y son las mismas del señor Raimundi y el señor Borrell. A estos ilustres burócratas les parece decoroso abandonar las naciones cuando son atacadas por unos criminales.

Cristina Kirchner insulta a los nicaragüenses como lo ha hecho también con sus compatriotas. De acuerdo con Carlos Humberto Cabrera, muy graves delitos han sido denunciados por años en Argentina y ahora es cuando los escándalos cobran espacio en los medios. Un gobernante que se burla de la Carta Magna de su país, que incumple su juramento ¿va a seguir Latinoamérica tratándolo como normal? Invisibilizar a las víctimas, nos gusten ellas o no, pasa factura tarde o temprano.

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