viernes, 23 febrero 2024
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Del estado de necesidad al pensamiento libertario

El pensamiento cívico, proyectado en obligaciones de ciudadanía con su entorno ha de ser el programa para el estado Bolívar por reconstruir. Base de desarrollo para los anhelos de una sociedad deslastrada del presente mesiánico, militarista y totalitario.

@OttoJansen

Se agudizan los problemas sociales en Guayana y en Venezuela, es nuestra percepción. La situación económica ha creado tantos sub ramales para la supervivencia de la población que viene batiéndose sin rendirse ante las múltiples dificultades que no se detienen. Pero las duras realidades ponen un techo a esos “aliviaderos” y las vías creadas por la gente ante el drama social se extinguen dando paso a nuevos impedimentos. Así se nos va la vida a los guayaneses y de este modo se entroniza el estado de necesidad en el que el Estado totalitario pone de rodillas al ciudadano.

La economía de crisis, como es denominada por los especialistas que aquí en Guayana impulsó el movimiento del oro y de diversas monedas, siempre por las trochas del mercado negro, normalizado, también se extingue. Las mayorías sociales languidecen en sus pequeños aciertos del día a día, y la sociedad se queda sin iniciativas que no sean la que han emprendido algunos de guindarse de las barbas del régimen para saldar su tranquilidad y la ilusión de prosperidad. De esta manera tenemos espacios comerciales que se mueven en Ciudad Guayana, mientras que el resto de los municipios han de conformarse con las escenografías, el circo y pinceladas de gestión pública, verdaderamente ridículas ante el tamaño del desastre y la miseria que padecemos de la mano del modelo político revolucionario. Las protestas se hacen visibles, la inconformidad al detal copa los pueblos de Guayana, quizás sin continuidad o acción multitudinaria, pero con mayor direccionalidad y mejor lenguaje de sus peticiones.

La violencia es el otro acompañante que mantiene su presencia constante, derivada de la situación minera, de la distorsión y aberración de una actividad primitiva que arrasa con los recursos de la naturaleza y permea a la población guayanesa en su conjunto. Los índices son altos y terribles, solo que se ocultan en la opinión pública, aflorando al ojo popular (porque hay estudios demostrativos) cuando es inevitable. En este cuadro que presenta la región en su lenta cotidianidad, en el atasco de impulsos trascendentes a soluciones, a cambios de calidad, al desarrollo de gobernanza útil y significativa. En este mar inmóvil de pobrezas y sufrimiento colectivo que construye la revolución chavista, el pensamiento libertario y civilista, existe en el sentimiento de Guayana, solo que requiere fortificarse, tener el vigor de la confianza en eso de que “no hay nada más poderoso que a una idea a la que le ha llegado su tiempo”, como afirmó en su momento el escritor francés Víctor Hugo. 

El momento propicio

En el estado Bolívar lo hemos venido sosteniendo (sin que sea de particular orgullo), no son los partidos políticos tradicionales, los de más años y los más nuevos, los que puedan constituir escuelas de civilidad como palancas de luchas de resistencia democrática. No por el balance obtenido hasta el presente, que es mucho decir. Es más bien por su desconexión con el sufrimiento de la gente, la falta de relación con lo joven y con el signo de la amplia ciudadanía, protagonista de los tiempos. Por su incapacidad como instrumento de desafío al Estado dictatorial y por el burocratismo y obsolescencia que le ha hecho asumir la vocación de inerte seguidor de las propuestas institucionales manipuladas que el régimen ha fabricado: “No estar consciente de las limitaciones ilegales que imponen quienes hoy mandan es uno de los problemas más graves de la oposición. Una y otra vez cometen la misma equivocación”, remata el sociólogo Ramón Piñango en su cuenta de la red social Twitter.

Por supuesto que los partidos políticos son columna vertebral del sistema democrático, pertenecen a la sociedad civil, pero en relación a impulsar la libertad y la civilidad como un cuerpo creativo y fundamentado de ideas no parecen preparados, regionalmente, a integrar esa vanguardia que hoy otros sectores con gran persistencia se encuentran de turno (ya establecerán su influencia en las organizaciones partidistas existentes o en la creación de otras) para los desafíos del presente y el futuro de la región. El pensamiento cívico, proyectado en los derechos humanos, en obligaciones de la ciudadanía con su entorno, ha de ser eje del programa para el estado Bolívar por reconstruir. Es la gran base de desarrollo para encausar los anhelos y objetivos de una sociedad deslastrada del presente mesiánico, militarista y totalitario.

En cuanto al elemento de la libertad, de más está decir que es el bien preciado que toca su reconquista; objetivo de mayor prioridad del presente. Difundir y orientar su condición indispensable para la existencia de una sociedad próspera; asentada en los vínculos con la República y la democracia, componen el pensamiento que tiene que regir la obligación ciudadana de Guayana, en instantes que el drama de la existencia ahoga sus lamentos. Hacer evidente la importancia de dotar a la población de propuestas para la esperanza, es tarea que persigue proporcionar instrumentos de profundidad ante el panorama dictatorial. Y por sobre todo, trascender al hecho inmediatista del exclusivo activismo, que no negando su importancia se exime de visión y de propósitos. Instrumentos para no continuar cayendo en la conseja manipuladora que ahora dice que hay que esperar el 2024. ¿Hasta cuándo más?